Cuando deambuló José López Portillo por la presidencia de México, la oposición, cernida al criterio de cuestionar pero sin capacidad para decidir los asuntos coyunturales, elevó voces y sentencias contra el nepotismo del titular del Ejecutivo y su displicente manera de hacer política. Por cierto, nada alteraba más al personaje que ser señalado por su frivolidad cuando era ésta su condición más evidente. Acaso los hombres públicos temen y por ende intentan evitar ser señalados por sus mayores debilidades.
No hubo descalificaciones más sonoras contra el nepotismo de Don José que las provenientes de los miembros de Acción Nacional, en plena exigencia de cambios sustantivos y hasta radicales, por cuanto devenía de una conducta amafiada cuyas vertientes sólo podían explicarse por los altos decibeles de la corrupción institucionalizada. Combatir a ésta se convirtió en proclama a la par con el propósito general de ampliar los cauces de la democracia para frenar los excesos presidencialistas, esto es la dictadura simulada o”casi perfecta” como señalaron las voces de la intelectualidad.
Durante ese tiempo se denunció, pese a las reticencias de los medios comprometidos con las líneas gubernamentales o temerosos de alterar las interrelaciones redituables financieramente, que el nepotismo se extendía igualmente a los esfínteres. Es decir que el mandatario sabía acomodar y premiar espléndidamente a quienes compartían con él el lecho en la lejanía de un matrimonio destruido tiempo atrás y sólo sostenido por el imperativo de las apariencias. (José Luis Becerra, quien fuera director de comunicación y vocero en esos tiempos, me confió que los desencuentros del mandatario con su mujer, Carmen Romano, resultaban semánticamente devastadores e influían en el ánimo del emotivo Don José).
Pues bien, este referente, por demás significativo, ha sido superado, sin matices, por el nepotismo panista que se extendió por todo el país. Es decir, los acusadores de antaño acabaron por desplazar y superar a sus aborrecidos antecesores como si la finalidad del combate político fuera no la reconstrucción nacional sino la ambición por obtener los antiguos privilegios tantas veces criticados cuando estaban en manos de otros. Tal es el signo de la demagogia más ruinosa de que se tenga memoria porque implica, sin recovecos, la traición a cuantos creyeron honestamente en el cambio y atestiguaron, en vez de ella, una versión corregida y aumentada de los viejos vicios estructurales del sistema. Sólo que para éstos habrá un mayor rigor histórico en la hora de los juicios definitivos.
Si con Vicente Fox el”nepotismo hormonal”, una derivación de los escarceos de alcoba a favor de las parejas del mandatario en turno, se elevó a su máxima expresión con la grandilocuente ambición de la señora Marta, suspirante del icono de”Santa Evita” que con tanta efectividad atesora ahora Cristina Fernández en su Argentina natal, con Felipe Calderón la relevancia de los cuñados incómodos, Hidelbrando y Juan Ignacio sobre todo, no admite réplica. El primero, con el carácter de asesor honorario –si bien con jugosas remuneraciones laterales-, y el segundo elevado como el gran vengador detrás de las bambalinas del poder presidencial. Calderón aseguró que no designaría a sus hermanos políticos para ningún cargo público pero no dijo que soslayaría su notoria influencia desde posiciones laterales claves, sobre todo en cuanto toca a cumplimentar los ajustes de cuenta a la manera de las mafias de todos los tiempos.
Es, sí, el nepotismo flagrante y ostensible, sin el menor pudor. Esto es como si el sexenio fuera eterno y sin posibilidad alguno de confrontar a la opinión pública supuestamente vencida por las simulaciones y la demagogia que van de la mano. Vamos, como si se percibiera que la impunidad, como ha sido hasta hoy, se extenderá más allá del inexorable lazo constitucional. Quizá por ello Fox sigue sonriendo y Calderón se cubre las espaldas para merecer trato similar. Es decir exactamente igual a cuanto sucedió bajo la férula del priísmo insondable. De engaño en engaño vamos. ¿Y con Peña Nieto?
Debate
El caso de Juan Ignacio Zavala, hermano de Margarita, la discreta primera dama –de entre toda la parentela, insisto, es quien mejor ha sabido desempeñar su papel-, es el más ilustrativo. Cuando su cuñado, Felipe, dirigió al PAN él fungió como director de Comunicación Social encargado, claro, de mantener vínculos y alianzas con medios informativos claves para cumplimentar objetivos. Abrió brecha, sí, con los machetes que le proporcionó Calderón, el más joven de cuantos han llegado a la presidencia nacional panista, ocultando a su verdadero as, el propio Felipe. Quizá por ello la remontada de las cuestas no fue tan dura como se observó en principio porque, en todo caso, la mancuerna había allanado las sendas abruptas gracias a la siembra de compromisos y valores entendidos.
Luego, durante la campaña presidencial, fue Juan Ignacio el encargado de sondear y fondear, maquillando estadísticas y encuestas, hasta asegurar el uso de la parafernalia oficial y la efectividad de la campaña negra en contra de un viraje hacia la izquierda bajo el prurito de exaltar al”menos malo”, con el supuesto agregado de ser manejable dada sus escasas dotes de liderazgo. El anzuelo era por demás tentador. Y lo lanzaron sin el menor recogimiento de conciencia.
Fue tan relevante el papel de Juan Ignacio, célebre además por sus histriónicas apariciones en televisión al lado del lópezobradorista Federico Arreola, que su cuñado, el señor Calderón, se vio obligado a declarar que, por convicción personal, no tendría ocupación alguna en su administración. Lo dijo, claro, al tiempo de reiterar que sería otro el papel de la”primera dama” para contrarrestar las deplorables herencias de la consorte de Vicente atrapada por sus ambiciones. En la superficie, el mandatario en funciones cumplió; no así en cuanto a la actividad paralela del influyente cuñado.
Y llegaron, de nuevo, los pretendidos conquistadores. El grupo ibérico”Prisa”, accionista principal del cotidiano”El País” –un diario con connotaciones de izquierdista convertido en oficialista a la vera de la victoria del PSOE en 2004-, reclutó a Juan Ignacio al tiempo de obtener trato preferencial para elevar su posicionamiento en los medios de comunicación mexicanos, incluyendo una buena parte de las acciones de la XEW en donde, por ley, no puede ser mayoritario… salvo por sus amarres subterráneos. De eso se trata, precisamente, el valor entendido entre la nueva clase política y los afanosos empresarios de allende el océano listos a extender tentáculos hacia la Nueva España. A falta de caballos cuentan con las ondas electrónicas y las concesiones de la oficialidad. Para que ahora comencemos a hablar de justicia es necesario tener muy presente esta historia reciente.
La Anécdota
El”nepotismo hormonal” tuvo en México condición institucional durante el régimen de López Portillo. Entonces se resumía el día del mandatario con una crónica casi perfecta:
-El presidente vive con una rosa, se duerme con luz y se levanta con alegría.
Rosa Luz Alegría, ahora en el retiro, quien primero desposó al hijo mayor de Luis Echeverría y después tuvo la habilidad para incorporarse al gobierno de quien sucedió a éste en el poder presidencial, es bastante más que un tópico.























