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Mientras no se vaya de allí –como sí se fue, en 1994, Manuel Rocha Díaz, presunto autor intelectual del crimen contra José Francisco Ruiz Massieu, de San Antonio… al olvido–, hay esperanzas de iniciar la senda de la justicia; de cobijarlo bajo la impunidad, taimen Peña perdería toda autoridad moral.

–Lo tenemos localizado en Miami, en una consultoría privada.

 

 

-¿Dónde está ahora Genaro? –pregunté recientemente a uno de mis asociados en materia informativa-.

La justicia debiera tener como prioridad investigar, a fondo, las tareas extralegales del sexenio de la violencia y, en particular, a Genaro García Luna, ex secretario de Seguridad Pública, quien se daba el lujo de mandar, por instrucciones presidenciales, a los titulares de Defensa y Marina en un quebranto del mando institucional muy severo.

La Anécdota

De ello se desprende que la Gendarmería tendrá tareas d inteligencia como antes las tuvo la Federal de Seguridad bajo la férula de Gobernación. Pero, en cuanto al ejército no hay movimiento alguno por ahora. Nos quedamos a medias como en tantas otras cosas. O Peña olvida pronto; para recordarle lo que él dijo, lo reproduzco ahora cuando es el momento de su arranque presidencial aún. Falta mucho, es cierto. Pero ya es el momento. Ni un día perdido más, por favor. Y menos, mucho menos vacaciones.

–Hay que reorganizar al Estado. Primero, el ejército no puede ser policía. Tampoco creo que una policía binacional resuelva el problema en la frontera. Me inclino más a crear una organización especializada en el ramo, específicamente con las características de la DEA estadounidense. Ésta es mi propuesta.

–¿Y la violencia que ya está aquí…?

–Lo primero, abrir un sendero para poder alcanzar u8n mayor desarrollo social –esta es, anoto después, la misma propuesta que hizo Andrés Manuel López Obrador cuando fungía como jefe del gobierno defeño y fue tan cuestionada por la derecha por impracticable según dijeron los voceros foxistas-. No es lo único: hay que inhibir el consumo de estupefacientes, no legalizándolo –en esto señalo cierto desacuerdo del columnista-, sino a través de campañas efectivas… como la que hicimos durante la crisis de la “influenza porcina”.

–Ante este panorama, ¿qué hacer?

–No hablemos del futuro –respondió automáticamente-. Mejor sería hablar de lo que yo haría ahora mismo –marzo de 2010-, para atender los nuevos fenómenos delincuenciales. Porque todo este clima se deriva por la disputa de mercados para las ventas de drogas. Los cárteles tienen funciones distintas a las de antes. Ahora los cárteles estadunidenses pagan con especie, por ejemplo.

–¿Qué propondría usted, de alcanzar la Presidencia, para abatir la violencia?

Enrique Peña Nieto sabía, perfectamente, cuál sería el camino a seguir. Nos lo confió cuando platicamos con motivo de los trabajos para mi libro “2012: La Sucesión” –Océano, 2010-. Estábamos en la sala de juntas del despacho de la representación del Estado de México en la ciudad de México, en Las Lomas naturalmente. Y le solté la pregunta a quemarropa:

Debate

Lo lamentable es que quienes queden fuera, entre los policías en saneamiento, tendrán la ominosa opción de integrarse, como lo han hecho cientos de ellos, a las organizaciones del crimen organizado con conocimientos profundos adquiridos en los búnkers de la extinta Secretaría de Seguridad Pública, minada por una derecha irresponsable por complaciente. Recuérdese que calderón –minúscula- señaló que sólo seis de cada diez policías eran “confiables” en su época; ¿cuántos más se contaminaron?¿y habría algunos que se redimieran? Más bien lo primero como sello evidente del “sexenio de la violencia” que todavía arece haber extendido una especie de prórroga mientras Peña tomaba sus vacaciones. Lo siento, presidente: ya no hay tiempo para el descanso si pretende cumplir con su deber… menos si se prolongan dos semanas a unos cuantos días de su asunción a la Primera Magistratura. ¿Eso quería no? Pues, entonces, asuma las consecuencias.

¿Cuántos de los amables lectores saben, por ejemplo, que en Ciudad Mante, Tamaulipas, los enfrentamientos entre los “Zetas” y el Cártel del Golfo, mantienen en jaque a esta población y sus aledañas desde hace años?¿Y que, con descaro absoluto, circulan las camionetas con logotipos que dicen “C. del G.”, para identificarse de los que sólo presentan la letra “Z”, sin que las patrullas oficiales o militares las persigan o, peor aún, para identificarse ante ellas y no ser motivo de detenciones inoportunas? Huele a muerte por la frontera, por las sendas por donde no transita el patrullaje castrense y que los narcos consideran suyas para justificar sus acciones violentas contra quienes se animan a pasar por allí? Entre ellos, por cierto, figuran algunos funcionarios de dependencias como la SEDESOL, hoy en manos de la ex perredista -¿será priísta ahora para marcar los tiempos?-, Rosario Robles Berlanga, quien hasta comentarista de radio resultó con tal de parecer crítica hasta de sus propios orígenes. ¿Y para cuándo las denuncias de verdad?

Para este columnista no fue novedad la decisión presidencial con pretensiones de aglutinar a todas las policías y evitar que el concepto de soberanías estatales les impida funcionar por todo el país con el argumento de perseguir al flagelo multinacional del narcotráfico y el triángulo del terror entre Colombia –en donde se produce cocaína aunque los cárteles de Cali y Medellín hayan sido desmantelados-, Guatemala –una nación sin capacidad de defensa ante las mafias-, y México cuyo territorio se disputa ferozmente por cada región de la patria, sobre todo en el norte y los litorales del Pacífico y el Golfo.

A él, sobre todo, sucesor de Manuel Ángel Núñez Soto quien, refugiado en la más nauseabunda impunidad, jamás fue investigado, siquiera, por las múltiples evidencias sobre la muerte violenta de su esposa, María Elena Sañudo de Núñez, quien fue hallada, por el propio marido, colgada de la ducha de su casa, ahorcada con sendas corbatas del entonces mandatario estatal que le había obsequiado una de las amigas de su hija. Un triángulo más que perverso nunca indagado con el rigor necesario. (En “Destapes”, Océano, 2004, planteamos las diversas irregularidades de la procuraduría local encargada de investigar el caso). El continuismo pudo más que la justicia. ¿Y la autoridad moral? Se la llevó, como siempre, la amnesia colectiva. Y Osorio Chong dispuso cerrar los expedientes. Al respecto cabe agregar que quien fungía como Procurador General, Rafael Macedo de la Concha, hidalguense, pretendía en aquel momento la candidatura panista al gobierno de la entidad; y no le convenía, por tanto, enfrentarse a los poderes estatales en manos del priísmo cómplice.

No han cambiado gran cosa los métodos. El orondo secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, gran cabildero que si no se aceptan sus condiciones sube el tono de la amenaza –por ejemplo como sucedió con el también belicoso Manlio Fabio Beltrones quien no aceptó su propuesta de sumarse al gabinete menos en el Palacio de Bucareli-, asume que las evaluaciones de las policías “en todo el país” alcanza ya más del cincuenta por ciento. Lo dice y debemos creerle, faltaría más.

¿Y quiénes serían esos?¿Los funcionarios ambiciosos o los policías cuya eficacia habría de medirse a través de los trabajos sucios?¿Los de la entonces “secretísima” Dirección Federal de Seguridad, moralmente en la sima, que ahora regresa con denominación de origen, la priísta, y otra designación, Gendarmería Nacional, por obra y gracia de los cambios administrativos propuestos por el Presidente Peña Nieto quien debió esperar cuarenta días, como el ayuno del Señor, para contar con la aprobación de un Congreso chantajista? A esto, amables lectores, le llaman hacer política con la sociedad como rehén permanente.

–No se preocupe por lo que le pueda ocurrir por parte del gobierno; nosotros no le haremos nada. Pero cuídese, por favor, de aquellos que nos quieran hacer un favor con su cabeza –yucateca de origen, por cierto, aunque nací en Tampico-.

Recuerdo, en la misma línea, la “sugerencia” de un elevado miembro del gabinete de Miguel de la Madrid, huésped ya del inframundo, quien me advirtió con serenidad pasmosa:

Para efectos del establishment, claro, es más trascendente la seguridad del presidente que la perspectiva y futuro de miles y hasta de millones de mexicanos en estado de indefensión, cautivos de la improductividad y la inseguridad evidentes, muertos vivientes igualmente por la postración y el silencio al que se obligan para “no meterse en problemas”. Es la dolorosa parte de la complicidad para intentar permanecer en esta perspectiva olvidándose de las afrentas a cambio de evadirse, hasta donde sea posible, de la realidad amarga. ¿Cuántos, a lo largo de la República, lo prefieren en vez de alzar las voces como los jóvenes valientes a quienes se ha infiltrado para ensuciar sus ideales de redención?¿No sucedió lo mismo en 1968?¿Y en 1971? Este columnista no pierde la memoria y acaso por ello se ha vuelto tan incómodo para algunos de los grandes represores con fuero constitucional que culpan de todo, de todas las muertes, al crimen organizado tantas veces fomentado y protegido por la clase política.

–Tiene mucha razón. Pero si los corro…¿quién me protegerá de ellos cuando estén en la calle? Recuerde que saben todos los movimientos, los míos y los de mis familiares, los de la residencia oficial y los de Palacio Nacional; vericuetos y hasta pasillos que ni siquiera yo conozco. Pondría mi vida bajo severo riesgo.

El titular del Ejecutivo escuchó sin mover siquiera las pestañas –no era sólo un mito que dormía con los ojos abiertos para aguantar las largas jornadas de discursos por él propuestas hasta la saciedad-, y al final del monólogo del mandatario estatal, poniéndose de pie, exclamó:

Alguna vez, allá por la ya lejana década de los setentas en el siglo pasado –suena terrible haberla vivido en plena juventud-, un gobernador se quejó ante el presidente, entonces luis echeverría –pongámoslo en minúscula también-, sobre los excesos de los miembros del Estado Mayor Presidencial quienes, además de distribuirse los residuos de los portafolios del paternalismo –en donde se llevaban billetes a mares para repartir entre los pobres casi yacentes a voluntad discrecional del mandatario-, copaban los erarios estatales y descaradamente los saqueaban so pretexto del periplo presidencial; dejaban, de hecho, vacías las arcas aduciendo que requerían contratar personal para proteger al visitante… tantas veces indeseable por eso mismo.