Desde la semana anterior, con los barruntos de por medio en la Unión Americana, los estudiosos de las finanzas mundiales comenzaron a preocuparse, ahora sí en serio, por los efectos que podría causar a la economía mexicana la recesión estadounidense que algunos apenas avizoran aun cuando ya se dejaba sentir desde tiempo atrás. En el escenario de las grandes simulaciones, el ocultamiento de los fenómenos en etapa inicial, tanto políticos como económicos, ha sido estrategia sostenida por quienes requieren ganar tiempo, tomar providencias y especular a sus anchas.
La alarma sonó cuando los voceros del gobierno mexicano no parecían dispuestos a reducir las expectativas de sus cantaletas optimistas sobre la estabilidad nacional en sostenidos desfogues demagógicos. Suele ocurrir, más desde la victoria de la primera alternancia en 2000, que quienes se empeñan en gobernar sin saber como hacerlo insistan en su torpe pretensión de ocultar el sol con un dedo en ausencia de opciones y salidas viables. Así sucedió con el régimen anterior. El asunto se agudiza cuando, además, quienes integran el primer nivel de la administración pública carecen, por completo, de visión de Estado.
Desde hace tiempo insistimos en que debiera aplicarse la teoría del Nóbel Robert Mundell, a quien escuché de viva voz en La Habana en 2002, acerca de la necesidad de resguardar las reservas monetarias nacionales con distintas divisas, sobre todo dólares y euros pero también yens, para evitar así los sacudimientos especulativos extremos como los que se están dando en la actualidad. Curioso, en sentido contrario a esta propuesta, el Banco de México mantuvo sus líneas y atesoró dólares hasta alcanzar niveles récord. Durante el lapso foxista, sobre todo en la fase final, se abrió incluso la posibilidad de maniobrar para cubrir la deuda externa histórica en vez de almacenar reservas. Para ello, claro, se requerirían dar pasos complejos, si bien no imposibles, para disponer de las garantías del banco central. Nada se hizo, naturalmente, bajo el prurito de que lo mejor era ganar tiempo, perdiéndolo.
Suele ocurrir también que cuando las cuestiones políticas no marchan de modo adecuado, o se entrampan por las tácticas opositoras, no sólo en México sino en cualquier parte, se establezcan los equilibrios económicos como el factor dominante de una buena administración pública. Esto es: el discurso oficial se vuelca en las bienaventuranzas financieras para conservar la buena imagen de los gobernantes aun cuando no sean capaces de conciliar ni destrabar los candados de la vida pública cerrados por los contrapesos democráticos. Observo el mismo fenómeno en España, bajo un régimen de izquierda, y México, atenido a un gobierno de derecha.
Las filiaciones partidistas y las tendencias ideológicas no resuelven, por sí, los severos amagos de la economía con los cuales los poderosos imponen sellos y condiciones e incluso sancionan a los despistados y a cuantos no parecen someterse. Con la recesión en los Estados Unidos el oxígeno del exterior, tan demandado por las naciones tercermundistas –suena mejor el término “en desarrollo”, usado casi como un eufemismo-, no servirá para paliar las demandas generales. Peor todavía: mermará además la tradición del salvamento a los tantos damnificados por los desastres naturales, toda una cultura acrecentada por la dependencia descarada y la sed de injerencia y dominio por parte de las potencias del orbe. Políticamente, no puede haber una peor noticia para quienes apostaron todo a favor de Washington.
Por desgracia, insisto, a pesar de que se avizoraban los nubarrones desde tiempo atrás, ninguna precaución tomaron los responsables de las finanzas nacionales. Ni siquiera el titular de Hacienda, Luis Videgaray Caso, validado por sus excepcionales relaciones con el presidente Peña Nieto, parece estar listo a tomar una senda alterna a la vista de los riesgos previstos por la recesión en la gran potencia del norte. Todos se inclinaron hacia el optimismo ramplón para asegurar que la legitimidad política se había alcanzado gracias a la tranquilidad económica. ¿Y si ésta cesa entonces cabría analizar las cosas en retrospectiva?
Debate
Los expertos consideran que la crisis económica primermundista no podrá extenderse por mucho tiempo. Menos mal. No obstante, en estos momentos no puede preverse cuáles serán los verdaderos efectos que cause sobre la economía mexicana, tan dependiente y vulnerable. Máxime que el reacomodo de los grandes especuladores no se basa solamente en este factor sino también en las permanentes sacudidas provenientes de los escenarios violentos con el narcotráfico como elemento central.
En el ámbito internacional se evidencia que la paulatina devaluación del dólar no conviene siquiera a la consolidada Unión Europea que comienza a medir las trampas de los estadounidenses, sobre todo una: ampliar la competitividad de sus productos abaratándolos artificialmente. Las consecuencias de ello comienzan a sentirse en el viejo continente en donde la inflación se ha desatado en este enero, aunque apenas se cumple la primara mitad del mes, con el consiguiente malestar colectivo, tanto más preocupante en donde el gobierno está por someterse al escrutinio popular como en España.
Si se observa hacia Asia, el gigante en crecida imparable, el análisis global no puede ignorar que las reservas de los grandes gigantes del continente, China y Japón, están en dólares y en proporción diez veces mayor a las de nuestro país. Los nipones cuentan, de acuerdo a la estadística más reciente, con más de 800 mil millones de dólares en su banco central y los chinos ya poseen un billón. Es claro, por tanto, que una barata desmesurada de los mismos podría ponerlos en predicamento. La reacción de tales mercados, fundamentales en la perspectiva moderna, será por demás ilustrativa para comprender a cabalidad las dimensiones de la crisis anunciada.
Y por lo que toca a los Estados Unidos, en donde el desarrollo de la contienda preelectoral ha elevado las confusiones con la consiguiente incertidumbre entre quienes proyectan sus movimientos bursátiles adelantándose a los hechos, los precandidatos de los dos partidos en pugna, republicanos y demócratas, tendrán material de sobra para exponer sus propias lecturas y proponer soluciones al calor de las palabras encendidas. Siempre en los mítines es factible despejar los malos signos concentrando los milagros en la figura del redentor en potencia. Creerles a los jilgueros políticos es, desde luego, otra cosa.
El gobierno mexicano, como es costumbre, marcha a la zaga como si esperara lo que harán otros para proceder con el menor riesgo posible sin entender que los peligros ya están aquí y deben enfrentarse antes de una catástrofe de proporciones mayores. Más ha regido la noción de los damnificados perennes, esto es en espera de los auxilios foráneos, que la política de la autonomía para regir nuestro destino sin tutores de por medio.
El Reto
Desde luego, nada sería más ruinoso para las naciones satélites de la gran potencia –entre las que nos encontramos, desde luego-, que la amalgama de la crisis económica con la crisis política estimulada por las resistencias enfermizas de la Casa Blanca.
Los elementos están dados para un lapso de inquietantes signos.
La Anécdota
Se dice, allá por la frontera:
–“Cuando El Paso estornuda a Ciudad Juárez le da una pulmonía”.
El nombre de las ciudades cambia de acuerdo al posicionamiento geográfico y se agiganta en la perspectiva de las naciones: si Estados Unidos tiene un pequeño malestar, en México puede avizorarse una enfermedad grave. El gracejo se confirma cada que llegan los temporales políticos.
Podríamos complementar el cuadro con un nuevo ingrediente:
Cuando en la Casa Blanca se pudre un arbolito, en Los Pinos se quedan chaparros y pelones.























