Meses antes de que Felipe Calderón concluyera su gestión como presidente de la República hizo pública su intención de ser recibido como académico visitante por la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la Universidad de Harvard, en Massachusetts, Estados Unidos, tras concluir su responsabilidad el primero de diciembre pasado. Allí se había refugiado durante un tiempo cuando dejó la presidencia de su partido en 1999 para cursar una Maestría en Administración Pública.

El anuncio de Calderón sobre sus intenciones de salir del país al concluir su mandato no sorprendieron a nadie. Dos de sus últimos tres antecesores en esa importante posición hicieron lo propio al terminar sus respectivas funciones. Así lo hizo Carlos Salinas de Gortari, cuando a principios de 1995 se autoexilió en Dublín, capital de la República de Irlanda, lugar donde permaneció durante varios años. Así lo hizo también, aunque de manera más discreta, Ernesto Zedillo, quien tras dejar el poder tomó posesión en el consejo ejecutivo de algunas empresas estadunidenses, entre las que destacan Procter and Gamble, Alcoa y Union Pacific (beneficiaria de los activos y concesión ferroviaria de Ferrocarriles Nacionales durante su gestión como presidente), y asumió la dirección del Centro para el Estudio de la Globalización, de la Universidad de Yale.


Vicente Fox prefirió fundar un centro de estudios en su natal Guanajuato y dedicarse a la promoción de actividades semiacadémicas y culturales desde esa posición.

Seguramente las motivaciones de cada uno fueron diferentes, aun cuando uno de los ingredientes que indujeron tanto a Salinas, como a Zedillo y Calderón a buscar salir del país debe haber sido el alejarse de la crítica interna y cuestionamientos a sus respectivos mandatos que preveían se les vendría encima al concluir sus funciones como presidentes.

En el caso de Calderón, es previsible también que uno de los motivos que lo deben haber animado a buscar una posición de trabajo en el extranjero fuera la de alejar a su familia, y a él mismo, del riesgo de posibles represalias de parte de  los grupos delincuenciales a los que combatió a hierro y fuego durante su mandato presidencial.

A una proporción importante de los mexicanos nos dejó insatisfechos el desempeño de Felipe Calderón como conductor de los destinos nacionales durante los pasados seis años. Dejó al país en una situación mucho más grave de la que prevalecía cuando lo recibió: la inseguridad en sus niveles más altos desde la Revolución armada de 1910, 60 mil muertos en seis años de violencia derivados de una errática estrategia de lucha contra la delincuencia, 260 mil desplazados, 18 mil migrantes secuestrados cada año, crecimiento económico nulo en términos reales, ineficiencia recaudatoria, una deuda interna multiplicada varias veces durante su gobierno, que se disparara 122 por ciento según la Secretaría de Hacienda y Crédito Público; concentración de la riqueza en unas cuantas manos y crecimiento en los índices de pobreza de las grandes mayorías, incremento del desempleo y subempleo; el país en el lugar 33 en el índice de corrupción a nivel mundial, según Transparencia Internacional; el último lugar en calidad educativa, según la OCD. En fin, una profunda crisis estructural, con frustración entre la población y desesperanza hacia el futuro.

Sin embargo, todo lo anterior no le quita a Calderón su condición de  ex presidente de la segunda economía de Latinoamérica; una de las diez más importantes del mundo, y su vecindad con la primera potencia global.

En ese contexto, aun cuando resulta comprensible que miles de mexicanos agraviados por el estado en el que Calderón dejó al país deseen de corazón que la Universidad de Harvard suspenda el acuerdo de abrir un espacio al ex mandatario mexicano como catedrático visitante en la escuela de Gobierno John F. Kenendy, para los directivos universitarios la petición resulta improcedente.

La misma sería equivalente pedirle a una universidad mexicana que se abstuviera de contratar como investigador o catedrático, si estuviera dentro de sus posibilidades, a un ex presidente estadunidense –por más dañina que su función hubiera resultado para nuestros intereses–, o a un ex presidente latinoamericano, como Luis Inacio Lula da Silva, Fidel Castro, César Gaviria, Álvaro Uribe, Alfonso Portillo, Alan García, o cualquier otro.

Me parece que más que solicitarle a los directivos de la prestigiada universidad estadunidense que se abstengan de abrirle un espacio dentro de su plantilla de académicos a Felipe Calderón, cuestión que en nada resolvería los agravios al pueblo de México, habría que sugerirle a los integrantes de la comunidad universitaria de esa institución (profesores y alumnos) que evalúen objetivamente y con sentido crítico  el desempeño que tuvo como presidente de México. Para los efectos habría que acercarles información detallada sobre los beneficios, si los hubo, y los daños causados al país durante su mandato. Así contarán con la información que les permita analizar no sólo las cifras alegres que el ex mandatario seguramente manejará en su función académica, sino los resultados reales de su gestión en materia económica, social, en la lucha contra la delincuencia y de efecto en los niveles de seguridad del país y su población.

De lo que se trata es de que la evaluación del gobierno calderonista sea objetiva, amplia, profunda; que llegue a todos aquellos que pueden incidir en los modelos de gobierno y desarrollo futuros, para el mundo y para México. No sólo de cobrarle en lo personal las cuentas por los agravios sufridos y el daño asestado a los mexicanos, cuestión que cualquiera que resultara la decisión de los directivos de la Universidad de Harvard  no resolvería.