.

La  popular expresión “Chivo expiatorio” se utiliza para nombrar a quien, siendo totalmente inocente, se le imputa determinada acción, por lo general delictiva.  La no siempre confiable Wikipedia nos informa que la expresión proviene de un ritual del antiguo pueblo de Israel para el cual se elegían dos chivos; uno de ellos destinado a ser una ofrenda a su dios, y era sacrificado por un sacerdote; y otro  llamado “chivo expiatorio” mismo que era simbólicamente cargado con todas las culpas del pueblo judío y entregado al demonio abandonándolo en mitad del desierto acompañado de insultos y pedradas.

Y a propósito de “chivos expiatorios” tenemos el reciente caso de los “perros asesinos del Iztapalapa” episodio que ha dado la vuelta al mundo, colocando al México en el nada envidiable nivel de algunos países bananeros.

El asunto es ridículo por donde se le vea,  digno de una de las surrealistas películas de Juan Orol o de las excelsamente absurdas películas del tipo “Santo contra la invasión de las mujeres marcianas”.

Resulta que una jauría de 25 o 50 famélicos perros, la cifra varia según la fuente, fueron acusados de dar muerte, a mordidas, a cuando menos cinco personas, evento ocurrido  en las inmediaciones del cerro de la Estrella, delegación Iztapalapa. Enterados tardíamente del hallazgo de los cadáveres, la policía capitalina detuvo inicialmente a un total de 25 desnutridos perros callejeros acusándolos de haber sido los responsables, posteriormente la cifra se amplió a 57

Las fotos de 25 escuálidos canes atrapados cerca del lugar de los asesinatos, generaron  de inmediato una ola de simpatía por los animales y un enardecido debate en las redes sociales  sobre dos temas, primero, la incompetencia e ignorancia de las autoridades y segundo sobre el cuidado de las mascotas, en una ciudad donde abundan los perros y son notoriamente desatendidos por los irresponsables dueños.

Rápidamente las autoridades dijeron que realizaban pruebas en el pelaje de los perros en busca de rastros de sangre y que examinaban el contenido de sus estómagos para determinar si en efecto habían matado y devorado a las víctimas. Después de sesudas investigaciones y profundas deliberaciones las autoridades policiacas y su cuerpo de “peritos forenses”  concluyeron que las personas habían muerto por mordeduras de perro.

En México, la credibilidad de la policía anda por los suelos, solo esta peor calificada la credibilidad de los diputados.  Esta falta de credibilidad no es gratuita; es sabido que en México no existe  propiamente  una investigación policiaca, las detenciones se basan en “soplones” y no en líneas de investigación. En este caso, imagino, existió algún can delator.

Y la credibilidad de los peritos a sueldo de la policía tampoco anda muy bien. Recordemos el llamado “Caso Belmar”, acaecido cuando el señor Bernardo Bátiz, de triste memoria, era el procurador del DF. La tarde del 18 de octubre del 2006 el Ing. Luis Alfonso Belmar fue asesinado a balazos mientras circulaba sobre el Viaducto por los escoltas de un hombre que viajaba en un BMW. El mismo día, la Procuraduría que encabezaba por el mencionado Bernardo Bátiz, obtuvo las placas del auto, cuyo dueño era tal Jorge Alfredo Rodríguez Camargo y vivía en el Estado de México. Pero cuando las autoridades fueron a buscar al domicilio que estaba registrado ese auto, resultó que no existía. Los papeles eran falsos.

Para poder cerrar el caso  la Policía detuvo a un tal Noé Martínez Nápoles y los peritos de balística de la Procuraduría juraron y aseguraron que su arma había sido usada para  matar a Belmar. Obviamente los familiares de Noé no creyeron semejante cuento. Lograron encargar un dictamen externo, por peritos del FBI en los Estados Unidos; el dictamen fue que esa no había sido el arma utilizada, los peritos mexicanos se habían equivocado o mentían. Ni modo, hubo necesidad de dejar en libertad al acusado, eso sí,  después de 8 meses en la cárcel.  El verdadero asesino, al parecer una persona cercana a grandes personajes de la política, sigue libre.

Otros ejemplos de investigaciones con fabricación de culpables son los del conductor Paco Stanley, caso manejado por Del Villar  y los del joven Martí y el “Caso Cabañas”, enturbiados  por la ¿incompetencia?  de Miguel Ángel Mancera.

En el caso de los “perros asesinos” choca lo evidente; los perros no actúan en manadas para matar humanos, va en contra de su naturaleza como lo saben los expertos. Los que si podrían hacerlo serian perros entrenados para atacar, como los perros usados por la policía. En este caso los indicios apuntan a dueños de criaderos clandestinos de perros de pelea, animales que la demencia de algunos humanos han convertido en un peligro. Por ahí sí puede ir el asunto.