Son muchas las palabras que decimos y, quizás, demasiado pocas las que callamos, pero siempre están ahí, las necesitamos para vivir, para comunicarnos con los otros, cuyas palabras muchas veces alimentan las nuestras y, otras, las silencian.

Son imprescindibles, quizás no por ellas mismas, sino porque solas y, más aún, combinadas con otras expresan pensamientos y sentimientos. En realidad son un signo, el significante que encierra lo que realmente queremos decir que es el significado.

Hay palabras de amor, de odio, de aliento, de desesperación, de sinceridad, de traición, de entusiasmo, de decepción, de alegría, de tristeza, de dolor, de alivio, de triunfo, de derrota, de miedo, de confianza, de interés, de indiferencia, de libertad, de opresión, de democracia, de arbitrariedad.

Pablo Neruda en Confieso que he vivido nos dejó el testimonio de lo que para él significaban las palabras: “Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan… Me prosterno ante ellas… Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito… Amo tanto las palabras… Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se escuchan, hasta que de pronto caen…”. Y más adelante, cuando se refiere al conquistador español, dice: “Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras”.

Y sin embargo, a veces, da la impresión de que tenemos miedo a las palabras. Esto me llevó a buscar la definición: Miedo es “perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario”. “Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea”. Un sinónimo es temor: “Sentimiento de inquietud y angustia que mueve a rechazar o a tratar de evitar las cosas que se consideran peligrosas, arriesgadas o capaces de hacer daño”.

Existe el miedo o temor a la palabra propia, pues muchas veces tendemos a evitar pronunciar aquello que nos inquieta o nos asusta. Existe también el miedo a la Palabra que, para los creyentes, está en el libro base de nuestra religión y ese temor lleva a evitarla, quizás porque pensamos que puede encerrar algo contrario a nuestros deseos o puede pedirnos algo que nos exija demasiado.

Y aún nos queda el miedo a la palabra de los otros, las que se dirigen directamente a quien escucha o lee y las que se refieren a quien escucha o lee, pero tiene múltiples destinatarios y suele producir una cadena de comentarios y reflexiones sobre lo que se dice. Cuando es mucha la sensación de riesgo “real o imaginario”, se suele recurrir a acciones tendientes a evitar que esas palabras sean dichas o escritas, pues se considera que podrían lograr “que suceda algo contrario a lo que se desea”. Entonces se recurre a la disuasión, a la advertencia, a la amenaza, a la penalización. Pero ¿es realmente la palabra lo que se quiere silenciar o es el pensamiento que esa palabra expresa? O, más allá, ¿el temor es a que lo dicho sea verdad?

Cuando es mucha la sensación de riesgo “real o imaginario”, se suele recurrir a acciones tendientes a evitar que esas palabras sean dichas o escritas, pues se considera que podrían lograr “que suceda algo contrario a lo que se desea”.