Hace cinco años, al visitar el Museo del Holocausto en Israel, el entonces presidente de los Estados Unidos, el junior George Bush, se dijo conmovido con las exposiciones del horror nazi y se permitió una sentencia:
–Esto demuestra –dijo- que el mal existe.
Por supuesto, en tal perspectiva él pretendía representar al bien. Fuera de esta escena los valores están cambiados y Bush es observado, todavía ahora, como el engendro de la perversidad que se proyecta hacia las invasiones, las guerras y los amagos con los que la gran potencia universal domina la perspectiva universal. La misma visión fatalista desde extremos opuestos para sostener el dilema más arraigado de la humanidad: ¿en dónde reside el bien y en dónde el mal?
Hace poco menos de nueve años, Teresa de Kerry, la esposa del aspirante demócrata a la Casa Blanca que fue derrotado por el reelecto Bush, John Kerry, ahora nuevamente rehabilitado por Barack Obama al designarlo como próximo secretario de estrado en sustitución de Hillary Clinton a partir del inminente 20 de enero, aseveró que el origen de la postulación de su marido debía cernirse al imperativo de romper con un círculo vicioso: extender el belicismo para asimilar las reservas petroleras mundiales, esto es el verdadero origen del conflicto en Irak y el consiguiente descabezamiento de su gobierno tiránico. No eran los excesos de Saddam Hussein los que impulsaban la falsa demanda de justicia para justificar la invasión estadounidense sino la ambición por asegurarse el crudo y el poder real, por un siglo más cuando menos, lo que impulsaba a los estrategas del Pentágono alentados por un clan desorbitado.
John Kerry perdió aquellos comicios sin que pudiéramos conocer si, de verdad, entre los demócratas existían opciones reales para adecentar la perspectiva mundial salpicada por las ejecuciones, los atentados suicidas, el cobro incesante de víctimas inocentes y la despiadada exaltación de la tortura en las cárceles y bases norteamericanas. Todos los días, sin cesar uno solo, la contabilidad de los muertos de Bush aumentaba. Pese a ello, el personaje no desperdició oportunidad para subrayar su fuerza incluso en los territorios convulsos. Por ejemplo, durante una de sus giras al Medio Oriente, todos los contrastes tuvieron lugar.
En Jerusalén, colapsado por aquella visita, el gobierno decidió mantener a oscuras a un amplio sector de la ciudad, el este, para que el mandatario pudiera disfrutar, desde su palaciega suite, el luminoso amanecer que tanto evocaba en sus recuerdos. El destino se interpuso: el día previsto para la contemplación amaneció con una niebla espesa tal que la agenda del mandatario se vio afectada por no poder utilizar siquiera el avión de la Fuerza Aérea Estadounidense marcado con el uno emblemático. Y debió proseguir por tierra encontrándose con los deplorables retenes israelíes dispuestos para aislar a los palestinos.
En el año 2000, este columnista atravesó la misma ruta y pudo observar las tales aduanas militares para llegar a la bíblica Belén. Una pareja de jóvenes, de origen vasco, fue sometida, sin otra razón que su origen, a ofensivos interrogatorios antes de permitirles el paso. Ella, muy molesta, no pudo contener una sentencia final:
–No puedo comprender por qué en donde nació Jesús priva tanto odio y hay tanta violencia.
Nadie se atrevió a esbozar una réplica. Los hechos confirmaban el doloroso panorama que, ocho años más tarde, es más denso y complejo, más amenazante, aun cuando el pretendido cancerbero universal se acercara a la Basílica de la Natividad, de culto ortodoxo por cierto, para encender velas por una paz que él ha sido incapaz de proveer en su desbordado afán por asegurar los intereses estadounidenses a cualquier costo.
¿Habrá alguien, en su sano juicio, que considere a Bush junior un pacifista marcado por el idealismo?¿Le propondrán, ya en su retiro, para el Nóbel de la Paz ahora que el galardón ya tomó sesgos estadounidenses al premiar al ex vicepresidente Al Gore por sus afanes sobre el cambio climático que él fue incapaz de atajar cuando desempeñaba funciones públicas específicas y ni siquiera se animó a signar el llamado Protocolo de Kyoto a favor del medio ambiente?
Las distorsiones no cesan bajo la férula de los poderosos de hoy.
Debate
La línea de las grandes simulaciones encuentra en México dos vertientes excepcionales. En realidad los espejismos se han mantenido siempre si bien en sendos casos desbordaron todas las expectativas.
El primero se dio durante el régimen de Ernesto Zedillo a quien no ha alcanzado la justicia. En este renglón, entre los ex mandatarios, sólo Luis Echeverría fue exhibido para solventar el magro expediente de la “fiscalía especial” sobre los crímenes del pasado. Los demás, con cargas mayores, siguen recibiendo el calor de la impunidad aun cuando existen testimonios de sobra para proceder contra los ex presidentes predadores.
¿O no hay evidencias sobre la infección sufrida por las instituciones, infiltrada por los “cárteles”, durante la deplorable administración de Miguel de la Madrid cuando, además, se produjeron casi ochenta asesinatos de periodistas jamás resueltos a satisfacción?¿Y acerca del uso de la parafernalia oficial en los magnicidios de 1993 y 1994 que modificaron, acaso con el aliento de Carlos Salinas, el perfil histórico del país? Las revisiones ni siquiera se atreven a incomodar a estos grandes protagonistas de la vida pública.
Sobre ellos, sin embargo, privan quienes navegan con aire de triunfadores al sentirse intocables. El primero, a quien nombré el “gran simulador”, es Ernesto Zedillo, quien habilitó la consumación de la primera alternancia ofreciéndosela a la Casa Blanca con tal de ser protegido por ésta mientras dure su existencia. No faltan, entre los dirigentes de la derecha, quienes asumen que el papel de este personaje fue “fundamental” para el buen aterrizaje “de la democracia” en 2000.
De haber sido así, ¿por qué nadie se refiere al telefonema de Zedillo al entonces embajador norteamericano, Jeffrey Davidow, al mediodía del 2 de julio de 2000, solicitándole avisar al presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton, que intentaría frenar el curso de los acontecimientos, acaso anulando unos comicios que se le habían salido de control? La versión sobre este incidente fue publicada en 2002 –“Confidencias Peligrosas”, Grijalbo-, bajo mi autoría, y jamás ha sido desmentida. Ya tiene fe pública, al cumplirse seis años de su divulgación, como suelen asentar los notarios.
Pero nadie osa inquietar al ex mandatario que sigue acumulando salarios en las compañías, como la ferrocarrilera Union Pacific, a las que sirvió durante su periodo deleznable. La simulación resulta extrema y vergonzosa.
Y otro tanto abona el jilguerillo de San Cristóbal, Vicente, alentado por su entrañable consorte –quien no cesa de reclamarle por no haber logrado para México la exaltación presidencial del primer matriarcado sin más consumación que la ambición por el poder-, en sus imparables periplos por los foros empresariales que gustan de escucharlo y tener motivo para el divertimiento institucionalizado. La fraseología del señor Fox es abundante en anécdotas que luego son convertidas en los elementos sustantivos para alegrar las densas reuniones de los prohombres del dinero. Un bufón, digámoslo sin eufemismos, cortado con la simpleza del siglo XXI. La aristocracia universal sigue procediendo igual que la del medioevo.
Pues bien, el señor Fox también aduce ser demócrata cuando cayó en el garlito de imitar los vicios del priísmo hegemónico, tantas veces denunciados por él, con tal de asegurar la continuidad de la derecha en el ejercicio presidencial. Y no sólo eso: proveyó de condiciones para que la rectoría política quedara en manos de cuantos ostentan el poder económico y se presentan como los intocables, los mismos que fueron cómplices del viejo régimen para el aseguramiento de una “estabilidad” centrada en los valores entendidos, entre ellos la permanente especulación que los provee de ganancias multimillonarias cuando los demás, el círculo rojo formado por quienes sobreviven al día, enfrenta la paulatina merma de su poder adquisitivo.
Tales simuladores, como Bush, saludan con sombrero ajeno y dicen ser exactamente lo contrario de cuanto son.
La Anécdota
En noviembre pasado se cumplió un año desde la asunción presidencial del franquista Mariano Rajoy Brey al gobierno de España.
Un economista, amigo de esta columna, previó un desenlace más que complicado que no se dio aunque sí la crisis asfixiante que mantiene a cinco millones de parados en las calles. Cuando no hay pactos poselectorales, la Constitución hispana señala que el Rey, de no formarse gobierno con el aval de una mayoría parlamentaria definitoria, puede inclinarse por estructurar un régimen de coalición… sin las dos figuras centrales de cada uno de los partidos más votados.
Una suerte de tercería, muy similar a la que se está dando en Venezuela, en el otro extremo de la democracia. Y México ni siquiera llega a este nivel.
























