En San Miguel de Allende, en el verano de 2001, conocí a Pedro Cruz,  jefe de obra, precisamente en una remodelación de la casa que yo acababa de habitar.            A él y sus jóvenes obreros siempre bonachones les recuerdo en la hora del almuerzo dado que yo solía acercarme a ellos para llevarles una jarra con agua fresca bajo el pretexto  de pedirles una tortilla de maíz hecha  a mano.

A Cruz  y su gente les volví a ver  en el año de 2006 para otro arreglo necesario de mi casa. En la primera oportunidad,  a la hora de su almuerzo, les acerqué una  jarra con limonada, empero, ellos bebían  coca colas de a litro y habían sustituido las tortillas con su salsa molcajateada, por bolsas de fritos Barcel y unos submarinos Marinela.

 

Les pregunté si en eso consistiría  su almuerzo a fin de ofrecerles algo de mi parte, pero la respuesta de Cruz fue contundente: “Como cree doña aquí ya todos fuimos a gringolandia  somos rete modernos con nuestra coca cola”.

Aquello me pareció un espejo de la realidad social en la  que el  ser humano crea hábitos, cambia sus costumbres, también dependiendo de las modas, importando usos de otros lugares y siguiendo tendencias.

México con ese mosaico humano enorme y variopinto por supuesto que no puede estar exento de la enorme influencia de Estados Unidos, su vecino incómodo.

En buena medida, en los últimos veinte años tanto la población adulta como fundamentalmente la joven, han modificado muchos de sus hábitos relacionados con su alimentación.

Lo han hecho no precisamente para comer mejor, más bien para comer peor. Además de la comida chatarra también sobresale la presencia de las bebidas azucaradas casi todas gaseosas,  donde la coca cola reina.

Como cuentan los abuelos, en la década de los setenta, se le solía llamar “las aguas negras del Imperialismo” ese mismo que, en la actualidad, le ha ganado la partida a todas las horchatas y aguas de sabores.

Con la coca cola y su penetración en la población aunado al cambio en gustos, modas y tendencias en materia de alimentación, no es de extrañarse que México ocupe los primeros lugares en obesidad del mundo;  pésima alimentación y nutrición; falta de ejercicio y destaque en  consumo per cápita de bebidas gaseosas.

Quizá por ello la propuesta del Ejecutivo de gravar con un peso adicional  todas las bebidas gaseosas y azucaradas que circulan en territorio nacional; una propuesta que, de ser aceptada y votada en el Congreso de la Unión, entraría en vigor a partir del primero de enero de 2014.

Este “impuesto de los pobres” pasará directamente al bolsillo de gente como Cruz que por imitación dejó un hábito saludable, por otro, dado que considera  una especie de “avance” incorporar a su dieta lo que publicitan los comerciales de la televisión con una indiscutible influencia americana.

El peso adicional implicará que el precio promedio de los  refrescos y bebidas azucaradas, de 12 pesos el litro, costará entonces, 13 pesos el litro.

Si una familia de cuatro miembros consume diariamente dos litros, en lugar de desembolsar 24 pesos, pagará 26; a la semana, el gasto en refrescos  pasará de 168 pesos por 182 pesos; al mes, de 672 pesos subirá a  728 pesos; y al año, esa familia habrá destinado 8 mil 736 pesos en comprar dos litros diarios de refresco, esto es un,  8.33% más al año.

Tampoco menguan las críticas por el gravamen propuesto porque es obvio nadie quiere pagar más impuestos, ni directos, ni indirectos, pero a veces se atiende una razón de ser: también a través de la política fiscal puede el gobierno intentar modificar cierta conducta en los ciudadanos máxime cuando se considera que tiene un impacto en la salud pública.

Por ejemplo, en Europa, comprar una cajetilla de cigarros cada vez cuesta más caro; cada año, la industria tabacalera experimenta más regulaciones, nuevas imposiciones y mayores impuestos que el consumidor paga directamente de su bolsillo.

No obstante, la gente sigue fumando, es verdad que la curva muestra una menor frecuencia y una menor cantidad. Pero quien quiere y puede pagarlo lo seguirá haciendo por más que en las propias cajetillas sean incluidas todo  tipo de leyendas y fotografías a fin de desestimular el consumo de tabaco.

¿Qué pasará en México de aprobarse? La gente seguirá consumiendo, lo esperado es una reducción en el consumo del litro per cápita, recordemos que la Organización Mundial de la Salud maneja cifras que señalan un consumo en México de 163 litros per cápita anual de refrescos.

Lo deseable para los propósitos de la salud pública es que la gente tome conciencia y cambie sus hábitos, deje  las bebidas gaseosas azucaradas por otras más naturales y menos dañinas para la salud.

PD. *Economista y presidente de Consultores en Economía y Educación Financiera.  [email protected]