Todos los días parto de mi casa y camino durante quince minutos para llegar al punto en donde espero al transporte que me lleva hasta la universidad. Unos cuantos metros por la calle, veinte minutos en transporte público y es posible palpar el difícil escenario laboral y económico al que se enfrentan los mexicanos. En la parada del camión aguardan madres que acaban de recoger a sus niños de la primaria, obreros que se trasladan a sus respectivos trabajos, uno que otro personaje pintoresco y un servidor que espera llegar a su casa de estudios. Pero no somos los únicos. El mismo lugar de espera es objeto de transacciones económicas informales y semillero de toda persona que desea ganarse alguna moneda por interpretar alguna canción a media entonación. Aquí lo más preocupante no es la posible pérdida de audición por la baja calidad de las melodías, sino que el grupo que realiza dichas actividades pertenece a lo que en el mundo se le conoce como el futuro de toda sociedad, los jóvenes.
¿El futuro del país no debería estar en las aulas y prepararse para los retos laborales del futuro? ¿Acaso no deberían estar laborando en el sector formal para ser más productivos y obtener mejores remuneraciones? Los escenarios anteriores quizás representen la opción óptima para todo joven, pero quizás esas opciones no existen y nunca existieron para una parte de los jóvenes mexicanos. Un vistazo detallado hacia la población que compone al desempleo nacional nos revela una narrativa en la que los jóvenes y, peor aún, los jóvenes que están preparados forman una gran parte del ejército de los desocupados.
Según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) la tasa de desocupación a nivel nacional se ubicó en 5.0% (2.6 millones de personas) para el segundo trimestre del año en curso. Al descomponer la cifra anterior encontramos que el 35.7% (931 mil personas) del total de los desocupados tiene entre 14 y 24 años de edad. Casi un millón de jóvenes que son incapaces de encontrar alguna ocupación. ¿Qué opción les queda? Una de las opciones será engrosar la población de los informales que hoy asciende a 14.6 millones de personas. Entonces ahí los veremos vendiendo golosinas en los semáforos u ofreciendo discos MP3 en el metro de la Ciudad de México. Una vez sumergidos en la informalidad entramos a un mundo complicado porque entre la informalidad y la ilegalidad existe una línea muy delgada que no conviene cruzar. El panorama anterior resulta desolador pero no es el más oscuro. Si analizamos el componente de los desocupados pero ahora por nivel de instrucción se observa que el 37.98% (990 mil personas) de los desocupados cursó educación media superior y superior. Dicha tasa ha sufrido un incremento de más de tres puntos porcentuales durante los últimos tres años. Casi cuatro de cada diez personas que han accedido al más alto nivel educativo en el país no encuentran una posición para poner en práctica su talento. Esto no sólo significa un frustración en cuestión de los recursos públicos y privados asignados para la educación sino que puede conducir a pensamientos y preguntas perversas como: ¿Para qué estudiar si no hay oportunidades? ¿Cuál es el incentivo?
Lamentablemente, el fenómeno anterior más que subsanarse será agravado en el corto plazo por el debilitamiento que la economía mexicana ha sufrido durante los trimestres anteriores. La baja actividad económica ha impactado de manera significativa las variables reales de la economía y el empleo es un claro ejemplo ello. De enero a julio del presente año sólo se han creado 256 mil empleos registrados ante el IMSS, lo cual representa una diminución de -39.12% si se compara con el mismo intervalo de tiempo del año previo. El debilitamiento de la economía mundial así como la poca o nula intervención del gobierno para frenar la caída de la economía nacional ha desembocado en una diminución significativa del bienestar en términos laborales. Ante este panorama la historia de la desocupación seguirá en matices oscuros y, probablemente, los jóvenes que buscan una posición laboral tendrán que toparse con pared, no encontrar un empleo formal y enfrentarse a la siguiente encrucijada: ¿Informalidad o crimen?
Fuente: INEGI e IMSS
























