Hace 4 años aproximadamente, me reuní con un alcalde al cual estaba asesorando para tratar de ayudarlo en su estrategia electoral, puesto que se quería postular para gobernador.

Dicho personaje es accesible y me pidió nos reuniéramos en un lugar público, un bonito restaurante construido sobre un muelle que da a la bahía, al cual acude mucha gente. Estábamos él y yo inmersos en una útil e interesante conversación, cuando de pronto se escucharon varias detonaciones de armas de fuego. No sobra decir que el político traía varios elementos de seguridad que se desplazaban en dos vehículos, además del cual él mismo se transportaba.

 

Segundos después de escuchar los disparos, llegaron dos de esos escoltas hasta nuestra mesa, para ordenarnos que nos resguardáramos bajo la misma. Allí estábamos el alcalde y yo, vergonzosamente en cuclillas, esperando a que las cosas se calmaran. Menos de un minuto después, todos vimos desde el restaurante que tiene también vista a la avenida principal de Acapulco, la Costera Miguel Alemán, que unos sujetos, pistola en mano, arrastraban a otro hombre hasta que lo subieron a un vehículo, para luego huir. Algunos escoltas del funcionario público que se encontraban afuera del establecimiento, petrificados, tan sólo observaron los sucesos, al igual que nosotros.

Otro minuto después, y el alcalde se despedía de mi presurosamente, algo alterado, lógicamente asustado, no sin antes tener que pasar por todas las mesas del restaurante que se encontraba completamente lleno. La gente, mayoritariamente acapulqueños, le recalcaban lo terrible de nuestra situación, pidiéndole que hiciera algo al respecto, a lo que el respondía con una sonrisa nerviosa. Obviamente, dicho incidente no se narró en la prensa ni en los medios electrónicos, únicamente lo supimos los que lo presenciamos.

Al salir del restaurante, y al casi subirme a mi camioneta, un vehículo desconocido, con varios hombres armados al interior, se me emparejó sin que nadie de ellos dijera nada. Tan sólo me observaron echándome miradas de odio. Yo sentí que se me helaba la sangre, pensé que me iban a hacer algo, pero afortunadamente fueron segundos los que transcurrieron, para luego marcharse sin que algo más ocurriera.

Ayer, fue asesinado en plena calle afuera de su negocio, un joven de 27 años, con tres hijos pequeños. Un comerciante, honesto, trabajador y buen amigo. A esta dolorosa historia, se suman la de 625 homicidios dolosos más -y contando- que han sucedido en los nueve últimos meses, tan sólo en Acapulco, la segunda ciudad más violenta del mundo, que lleva alrededor de 5 mil personas ejecutadas desde el año 2005.

Aquel lejano día del 2010, fui testigo de como un “poderoso” alcalde huía despavorido de la inseguridad. Todos sabemos que la mayoría de los presidentes municipales del país han sido amenazados y medio centenar de ellos asesinados. También, que casi todos tienen a sus familias, para su seguridad, fuera de México.

¿Y los demás?, los que no tenemos como obtener o pagar escoltas. Nos queda parafrasear a un popular personaje ficticio de la televisión mexicana… «Chanfle, ¿y ahora quién podrá ayudarnos?».