Parece que sólo recordamos que existe una crisis en el sistema educativo cuando aparecen notas periodísticas y reportajes sobre los chavos que buscaron sin éxito tener un lugar en una universidad pública en el país, pero poco hacemos realmente para remediarlo.
Este lunes iniciaron las clases en la mayoría de las universidades del país, tanto públicas como privadas y como cada año, un gran número de jóvenes en edad de estudiar se quedan sin un lugar dónde estudiar una carrera. Año con año, el mismo drama se repite. En algunos años son más de 50 mil, en otros llegan a alcanzar los 100 mil chavos que no pudieron pasar el examen de admisión y por tanto, se quedaron sin poderse inscribir en una carrera en alguna universidad pública.
También, como cada año, los que se quedaron fuera y no pudieron matricularse, organizan marchas y plantones de protesta y le exigen a las autoridades educativas que abran más plazas para que puedan acceder a un lugar. ¿A caso será así de simple? ¿Cuál es la razón por la cual estos chavos no pueden alcanzar el puntaje mínimo para ser aceptado en alguna universidad pública? ¿Deben ser aceptados a pesar de no contar con los conocimientos y las habilidades mínimas para poder cursar una carrera universitaria? ¿No aceptarlos por su bajo rendimiento en el examen de admisión constituye un acto discriminatorio? ¿Es culpa de ellos de no contar con los conocimientos mínimos para ser aceptados en un centro universitario? ¿Debemos invertir los contribuyentes en financiar la educación de todos los jóvenes que deseen estudiar a pesar de que carezcan de las herramientas mínimas necesarias para hacerlo? ¿Qué opciones tendrán a futuro? ¿La universidad es la única opción de desarrollo profesional y personal? ¿Existen otras opciones para los chavos que no puedan o quieran cursar una carrera profesional?
Parece que sólo recordamos que existe una crisis en el sistema educativo cuando aparecen notas periodísticas y reportajes sobre los chavos que buscaron sin éxito tener un lugar en una universidad pública en el país, pero poco hacemos realmente para remediarlo. Como cada año, preferimos invertir en otras cosas como sociedad, subsidiar groseramente la gasolina por dar un ejemplo, en vez de invertirle a la educación, no sólo desde el punto de vista financiero, sino también a la calidad de la educación. El que estos chavos no encuentren espacio en un centro universitario no sólo es su fracaso, también es fracaso de toda la sociedad mexicana. Esto, porque no hemos sabido crear las condiciones mínimas para garantizar que los jóvenes, nuestro jóvenes, puedan acceder a una educación integral, donde no sea parte de sus labores cotidianas el memorizar fórmulas y datos históricos; o repetir una y otra vez hasta el cansancio, información fuera de contexto, sino de aprender a pensar, a razonar, a analizar. Uno de los responsables de que estos chavos no hayan podido completar el examen de admisión de manera exitosa es el propio sistema educativo, el otro, la sociedad entera, incapaz de exigir mejores maestros, mejores contenidos, mejores instalaciones, mejores alumnos. Nos hemos conformado con aprender a memorizar, a repetir procesos, a ser entrenados para ser excelentes obreros, no para innovar, no para crear, no para pensar.
El que los chavos se hayan quedado fuera de la universidad no es el mayor de nuestros problemas, es tan sólo el reflejo de otro mayor: nuestro pésimo sistema educativo y los dogmas de los que se alimenta. Destinarle más lana a la educación no es la solución, sino replantearla de raíz. Estamos desperdiciando demasiado talento que a la larga nos va a costar mucho en términos de crecimiento, competitividad, productividad y bienestar. ¿Cómo queremos reducir la pobreza si carecemos de los suficientes talentos para generar propuestas útiles, prácticas, viables, realistas? De nada me sirve que le digan a un joven cómo hacer bien su currículum o que tiene que escoger bien su carrera o que tiene que empezar a trabajar desde que está estudiando una carrera, si las bases de su educación son débiles, insuficientes.
Creo que estamos en un excelente momento de replantearnos qué es lo que realmente queremos y también cómo lograrlo. Para ello debemos hacer una transformación de fondo de nuestro sistema educativo básico, medio y superior. Debemos esforzarnos por replantear los programas universitarios y conectarlos verdaderamente con las necesidades del sector productivo. Ya no podemos perder más tiempo. De nada sirve producir más profesionistas si no tendrán dónde trabajar, si serán incapaces de realizarse profesionalmente. En este momento lo importante no son los conocimientos, sino las habilidades desarrolladas. Memorizar es cosa del pasado cuando se tiene a la mano infinidad de información vía internet, lo relevante es cómo usar las distintas herramientas analíticas, para entender, innovar y cambiar.
Ese es el verdadero reto.
























