En un mundo ideal, los padres desearíamos tener una varita mágica, para hacer la vida de nuestros hijos llena de experiencias positivas, libre de toda molestia y de negatividad. Pero lo ideal no existe y los padres lógicamente tampoco tenemos esa varita mágica. En realidad, es posible que para nuestros hijos fuese perjudicial que tuviésemos esa varita mágica.

Lo que sí podemos tener los padres es la capacidad de compartir con nuestros hijos las habilidades y herramientas para gestionar los conflictos y desafíos que sin duda se encontrarán a lo largo de la vida. No siempre podremos estar con ellos. Por lo tanto,  es nuestro papel y responsabilidad capacitar a nuestros hijos con herramientas, habilidades y estrategias para afrontar con éxito estos retos de la vida por sí mismos, eso sí, en el momento adecuado.

Lo más importante que podemos enseñar a nuestros hijos es a salir adelante, cuando sean mayores, sin nosotros.

Lo primero que deberíamos los padres hacer para ayudarles en los conflictos es  guiarlos hacia la comprensión de su propio potencial individual. Comprender el concepto de que no podemos controlar los pensamientos de otra persona o sus acciones es la base de todos los conflictos en cualquier edad.

Cuando tu hijo tiene el conocimiento de que él no tiene ningún poder sobre lo que alguien le hace, comienza la conciencia de que lo que otros deciden no es de su incumbencia. Conociendo su falta de control y el impacto en las decisiones de los demás disminuye su deseo de centrarse en la otra persona. Por lo tanto, culpar a los demás se convierte en inútil. Un buen ejemplo de ésto es la rivalidad entre hermanos.

El siguiente paso es llevar a la práctica ésta información, basándose en ella, y agregar que lo que podemos controlar es cómo reaccionar. Por lo tanto, inculcar un sentido de responsabilidad personal por sus propias acciones. Este paso les inspirará a mirar siempre dentro, asumiendo el control de sus decisiones y entender con qué opciones puede jugar en cualquier conflicto. Es que él me pegó primero.

También hay que aprender a tener en cuenta las diferencias de los demás y aceptar el derecho que todos tenemos de elegir ser lo que queremos ser. Enseñar a los niños a valorar su individualidad promueve una percepción en los demás de la aceptación de sí mismo. Esto no sólo crea un modo de pensar que todos somos iguales y merecedores de nuestra singularidad, sino que también fomenta un aprendizaje en el arte de dejar ir y olvidar.

La raíz de todo esto es el entendimiento de que todos debemos elegir nuestras acciones y no tomar lo que otros eligen como algo personal. Una gran parte de la resolución de los conflictos se obtiene cuando se han logrado estos conceptos. Lo que cada uno de nosotros decida hacer es reflejo de nuestros propios deseos e intenciones.

Cuando un niño crece lo suficiente como para comprender esto, se le proporciona un concepto claro del hecho de que cuando alguien elige una acción negativa, la opción que han elegido les afecta más a ellos que a ti.