Es normal el deseo de conocer por qué los demás actúan de una o de otra manera. Muchas veces ese deseo se mueve entre sombras: el otro aparece ante nuestros ojos como un misterio. Otras veces suponemos, con fundamentos buenos o con suposiciones bastante temerarias, que somos capaces de entrever la forma de pensar y la psicología de quien se ha convertido en centro de atención para nuestros juicios.

De este modo, nos convertimos en “psicologizadores”. Algunos llegan a serlo con una insistencia y con una seguridad asombrosa: aseveran como si se tratase de matemáticas que el político AA defiende ese proyecto porque en su familia sufrió maltratos por parte de su padre; que el literato BB refleja en sus novelas una frustración amorosa que habrá tenido durante la adolescencia; que el vecino CC nunca usa el ascensor del edificio porque tiene un escondido complejo de superioridad respecto de los que sí usan este instrumento del progreso técnico.

Cuando nos encontramos ante un psicologizador “profesional”, puede surgir en nosotros el deseo de psicologizarlo: ¿por qué el psicologizador psicologiza a los demás?

Aquí las respuestas pueden ser muy variadas, algunas con un fundamento sólido y otras basadas simplemente en suposiciones vagas y temerarias, como dijimos arriba. Es decir, el psicologizador no piensa ni juzga desde las nubes, sino desde una experiencia personal, unas ideas, unos estudios, unas reflexiones, que pueden ser mejores o peores, más equilibrados o llenos de prejuicios, más empáticos o más antipáticos.

Psicologizar al psicologizador no es fácil, como no es fácil psicologizar a los demás. Cada ser humano encierra en su corazón tantas experiencias y tantos misterios que ni siquiera somos capaces de comprendernos a nosotros mismos. Pero entonces, ¿por qué ese deseo de encapsular y de desentrañar lo que hay en el alma de los demás?

No es fácil responder. En el corazón del hombre hay un deseo inmenso por conocer la verdad, por descubrir las causas de lo que ocurre. Pero al llegar al terreno de lo humano, son tantas las variables y las incertidumbres, que causa miedo reconocer que no sabemos con certeza si el jefe de la oficina mañana nos dará la mano o nos entregará un certificado de despido…

Por eso buscamos psicologizar al otro, como una especie de seguridad que nos permita tener ante nuestros ojos los datos esenciales sobre el otro, de tal forma que luego podríamos intuir qué actos realizará en el futuro, quizá para estar prevenidos ante los mismos o para aprovecharlos si llegan a sernos favorables.

Muchas veces, sin embargo, el otro nos sorprende. Porque más allá de las etiquetas que hayamos pegado a su chaqueta y a su corazón, cada ser humano tiene una libertad y una mente abierta a la verdad, a la belleza, a la justicia, con capacidades casi infinitas para el bien y para el mal.

Entonces, ¿no es bueno, en ocasiones, psicologizar menos y acoger al otro en todas sus riquezas y misterios? ¿no llega la hora de vivir con una actitud prudente para evitar juicios erróneos que no permiten comprender a los cercanos o a los lejanos?

Por eso, ni siquiera es correcto psicologizar al psicologizador. Porque su modo de pensar y de ver al otro nace de un mundo interior que sólo es conocido plenamente por Dios. Como también mis actos no son abarcables ni por los mejores psicologizadores, ni siquiera por mí mismo.

Con san Agustín, vale la pena reconocer que somos para nosotros mismos un gran misterio. Y que un misterio no puede quedar atrapado en tablas, en palabras ni en etiquetas psicologizadoras más o menos ingeniosas pero muchas veces carentes de verdad.

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