La sociedad actual a pesar de los avances que vive, ha perdido la capacidad de asombro, ante comportamientos irracionales en que actualmente nos desenvolvemos en el país y particularmente en nuestro estado, tal parece que hubiésemos perdido la capacidad de indignación porque nos limitamos a la simple resignación de enfrentarnos todos los días a marchas, bloqueos, gritos ofensivos, pintas, mantas con leyendas torpes, etc., etc.   Quienes lo hacen y simulan el cumplimiento de la ley porque desconocen los valores que la sustentan, simulan también  el cumplimiento de la misma, simulan la voluntad de servicio, porque su formación y vocación parece sinónimo de deformación.  Se estimula la ineptitud, en un estado, amenazado, chantajeado y vulnerado, por quienes deberían ayudar a fortalecerlo con sus conocimientos y orientación a la sociedad, pero NO,  porque ellos engrandecen y repiten el error sin temor alguno.

El descredito de la política provoca que la legalidad pase a segundo plano, carecemos de elementos creativos, de elementos coercitivos que condicionen a la delincuencia, carecemos de congruencia política porque el engaño de las exigencias de los padres del marchometro, padecemos de la soberbia que evita la aceptación de nuestras limitaciones, padecemos de respuestas institucionales por falta de recursos,   confundimos la explicación sensata con la justificación inmediata que refleja prudencia o incapacidad para ejercer la autoridad.

La dimensión política en nuestro estado, no puede estar sujeta a la coyuntura y caprichos de grupúsculos, que aterrorizan al núcleo social donde se desenvuelve y que incluso lamentablemente pagan sus desmanes.

La policía debe ser una actividad, flexible y conciliadora que incentiva la movilidad social para construir  un estado fuerte y unido, con objetivos claros de beneficio común y no solo de individuos alejados de la norma jurídica, esta debe ser capaz de mantener una deliberación abierta y una interlocución activa, y no contradecir la realidad con percepciones que distorsionan la magnitud de los conflictos.

La percepción genera engaño y el engaño omisión.

El problema del estado no se ubica solamente en la instancia de combatir el delito, también se origina en la falta de capacidad, vocación de servicio y de operación política, por lo que el responsable del ejecutivo, se encuentra solo, también se origina en las instancias responsables de prevenir.

Nuestro estado requiere de una política de altura, de unidad, de conciliación ajena a los hábitos heredados para así reencontrar el futuro.

¿Y las denuncias?