Como hace 24 años, cuando dio origen la fuerza política de izquierda más importante que haya tenido México, producto de la lucha de miles de hombres y mujeres en contra del fraude electoral cometido en las elecciones de 1988 y la imposición de Carlos Salinas de Gortari como presidente de la nación, el Partido de la Revolución Democrática cumple un año más de su fundación -el primero dentro del cuestionado gobierno de Enrique Peña Nieto- con el reto de aprovechar en beneficio de todos los mexicanos y mexicanas el capital político que representa ser la segunda fuerza electoral del país.
Ante la disyuntiva de aislarnos políticamente o aprovechar nuestra posición como partido opositor frente al gobierno de Peña Nieto, que busca legitimarse ante los millones de electores que no votaron por él, nuestro dirigente nacional firmó hace unos meses el llamado Pacto por México, que en los hechos ha demostrado ser un instrumento que le ha servido más a los intereses del gobierno federal que a los que ha perseguido por décadas el Sol Azteca.
Una buena parte de los perredistas de todo el país siguen esperando ver plasmados en dicho plan medidas que satisfagan las banderas de justicia social, defensa de la economía popular, democracia plena, igualdad de derechos y equidad de género por los que el perredismo siempre ha venido luchando.
Para lograrlo, las elecciones locales en 14 estados de la República, el próximo 7 de julio, deben ser aprovechadas por nuestro partido para marcar, como hace tres años, una diferencia a favor de la democracia y en contra de los cacicazgos regionales, que a fin de conservar sus privilegios han puesto en marcha una estrategia de coacción del voto por medio de los programas sociales que maneja Rosario Robles desde la Sedesol.
Sin duda, el reto que el PRD tiene frente a sí es igual o mucho mayor que el que se tuvo en 2010, cuando por medio de las alianzas tácticas que se conformaron logró importantes triunfos que sirvieron para acabar con la idea del partido único y avasallante que hoy ha tenido que recurrir a la negociación para sacar adelante sus propuestas.
De los triunfos o derrotas que tenga el Partido de la Revolución Democrática en julio próximo dependerá el futuro que puedan tener las reformas estructurales que el gobierno de Peña Nieto tiene pensado presentar al Legislativo durante el próximo periodo de sesiones del Congreso de la Unión.
Si logramos acabar con la idea del partido ganador que presume el PRI tras los comicios presidenciales de 2012, el PRD estará mejor preparado para organizar de mejor manera la defensa de nuestros recursos nacionales y para echar abajo la pretensión gubernamental de aplicar impuestos a los alimentos y a las medicinas, que hasta el momento están exentos de gravámenes, y que de aprobarse constituiría la última puñalada a la ya de por sí deteriorada economía popular.
A casi un cuarto de siglo de vida, ante dicho escenario el Partido de la Revolución Democrática debe demostrar que sigue siendo el partido que se encuentra de lado de las causas de las mayorías, de la defensa de los derechos de todos los mexicanos y las mexicanas y que sigue pugnando por alcanzar mejores niveles de bienestar que ha venido enarbolando como sus banderas desde la primera vez que se constituyó como fuerza de oposición capaz de dirigir los destinos de nuestro país, que el fraude electoral y los arreglos cupulares no han permitido.
























