Atendiendo a su propia definición, la principal pretensión del Plan de Concertación Mexicana es lograr un acuerdo marco, para impulsar la solución de los principales retos del país relacionados con el proceso de la transición mexicana, hasta culminar en la generación de un nuevo sistema político.
El afán por lograr un acuerdo político para sacar adelante al país viene, cuando menos, desde los prolegómenos de la alternancia del año 2000, cuando se pretendió un acuerdo entre “izquierda y derecha” que podría haber culminado, incluso, con un candidato común. Nunca se llegó a la conclusión de quién podía ser ese abanderado de la coalición de todas las fuerzas en contra del PRI, Vicente Fox Quesada o Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano. Quizás, otra sería la historia de México si entonces se hubiera llegado a un tal acuerdo.
Después de la alternancia no sólo no se perfeccionó la negociación entre “izquierda y derecha” sino que Cuauhtémoc Cárdenas se negó a que algunos perredistas formaran parte del gabinete panista, en el esfuerzo que impulsó el presidente Fox por constituir un gobierno combinado de ambas fuerzas.
Lo demás también lo sabemos: Fox trató de negociar la gobernabilidad con el PRI que nunca le cumplió, y el sexenio se desgastó en una serie de propuestas fallidas del PAN. Por parte de la sociedad civil, hubo también varios intentos frustrados de lograr un acuerdo nacional para trabajar todos juntos en lo esencial.
Aun cuando su inquietud por lograr un acuerdo pluripartidista durante la próxima administración sexenal, para alcanzar la gobernabilidad necesaria y los cambios indispensables en el país, sea plausible, los tres personajes Camacho, Fox y Espino parece que se equivocan, tanto en la oportunidad como en la forma de sus propuestas y reacciones.
Eso provoca que aparezcan, justificadamente, en el entorno político, como enredados en un pragmatismo huero, individualista, que desdice de su verticalidad como hombres de principios y como políticos distinguidos. Podrían preparar una negociación futura, pero difícilmente se justifica que impulsen ahora el voto por otro candidato diferente al de su propio partido.
Cuando Espino se excusa diciendo que lo mismo hizo en el 2006, se equivoca, porque entonces promovió el voto útil para su candidato que era Felipe Calderón, quien por cierto nunca le ha agradecido el apoyo, ni a él ni a nadie, porque el Presidente pareciera estar convencido de que todo lo que alcanza se debe exclusivamente a sus propios méritos.
Esas han sido las razones que, cuando menos en parte, explican la indignación de Espino, misma que ha venido creciendo hasta convertirse en un profundo resentimiento por el maltrato y la persecución sufridos posteriormente.
Una situación semejante a la anteriormente descrita podría haber originado la animadversión al presidente Calderón, por parte del ex presidente Fox, porque está consciente de que sin su apoyo nunca hubiera ganado el PAN en 2006, mérito que jamás le ha reconocido el Presidente.
Por otro lado, esa actitud de apoyo prematuro al candidato opositor al propio partido, en plena campaña, porque va a ganar, es un absurdo desde el punto de vista político: en todo caso lo que convendría es que cada quien apoyara con todo a su propio candidato para que, aun cuando perdiera, lograra el mayor número de votos posible, porque ese resultado le daría el peso político, la fuerza, para negociar el famoso acuerdo que se busca, pero después de las elecciones.
Parece una tontería darse por rendido de antemano porque entonces, ¿cuál sería la razón del ganador para negociar, después, con quien se ha dado por derrotado desde antes?
Sin ninguna duda, los problemas que tiene el país y que estarán presentes al comenzar el nuevo sexenio, en diciembre de 2012, son arduos y requieren un esfuerzo concertado del gobierno, los políticos y la sociedad, de muy buena envergadura, para resolverlos satisfactoriamente:
La gobernabilidad, que implica una nueva reforma política y una lucha efectiva contra la delincuencia organizada, especialmente el narcotráfico.
Un desarrollo con crecimiento suficiente que se apoye en el equilibrio macroeconómico, que afortunadamente se ha mantenido hasta la fecha, pero que también pueda generar las empresas necesarias como fuentes de empleo y la riqueza suficiente repartida con mayor equidad para satisfacer las necesidades legítimas de toda la población, erradicando la miseria o pobreza extrema, y reduciendo significativamente la pobreza, en el entorno de la crisis financiera global más grave que se ha presentado en el mundo desde 1929, con el objetivo de fortalecer la conformación de una amplia clase media.
Y el desarrollo social que implica una profunda reforma educativa para lograr una educación de calidad en todos los niveles, liberándola de obstáculos absurdos como la resistencia del sindicato de maestros y la falta de inversión suficiente en infraestructura, como una base imprescindible para promover el desarrollo de las familias y la productividad indispensable para competir exitosamente, como país, en el entorno de la globalización. Todo eso aunado a la implantación de formas institucionales que abran nuevas vías de participación social en la definición del rumbo del país.
Por último, aun cuando no al final, una transformación ética que ayude a superar el grave cáncer que padecemos de la corrupción y de la impunidad aneja. Es decir todo lo que requiere el diseño y la implantación de un nuevo sistema político, con una reforma del Estado que oriente los esfuerzos de todos los mexicanos para la consecución del bien común de la nación.
@yoinfluyo
























