A veintisiete años de la muerte del mejor gobernador que ha dado Yucatán y periodista de una pieza, vanguardista en la crítica y el análisis de fondo sobre el presidencialismo asfixiante, Carlos Loret de Mola Mediz, mi padre y cuya estirpe he procurado conservar –mi orgullo mayor es tener pasado y futuro por encima de maledicencias y torpes descalificaciones viscerales más cernidas a la envidia y al egoísmo gremial-, el mejor de mis a mis amigos además, no sabemos con precisión cuanto ocurrió el instante final, entre el lunes 5 y el miércoles 7 de febrero de 1986. Tampoco es dable asegurar que cayó vivo, dentro de su Mercedes 1964, uno más de sus hijos, a la Barranca del Filo Mayor, a cien kilómetros de Zihuatanejo, Guerrero, porque se tiene la certeza de su paso por el retén “El Güirindalito” en donde un destacamento de militares, posiblemente enmariguanados, confiscó su arma –una Smith&Weson calibre .38, regalo de su amigo Alfonso Martínez Domínguez, ex gobernador de Nuevo León por esos días recientemente incorporado a sus actividades particulares luego de su gestión gubernativa, y posiblemente le agredió, lo mismo que a su acompañante, Rosa Elena Jasso Rico, quien igualmente perdió la vida bajo mil sospechas.
Me niego a creer que algunos de los principales protagonistas, siniestros todos, mantienen fueros o influencias políticas suficientes –acaso la protección del crimen organizado en algún caso-, todavía después de medio siglo de inútiles pesquisas que, eso sí, demostraron con evidencias irrefutables la improbabilidad de un simple “accidente” de carretera. Veamos:
1.- Don Carlos, contra lo que manifestó entonces la torpe pesquisa de la Policía Judicial de Guerrero, no bebía alcohol, mucho menos cuando salía a carretera. No había sitio cercano, además, en donde pudiera haberse detenido a tomar…salvo el mencionado puesto militar.
2.- El automóvil no podía ir a más de sesenta kilómetros por hora, de acuerdo a los propios peritajes, antes de llegar, tras una larga y empinada cuesta, a la curva fatal. No guiaba un coche “deportivo” como sostuvo el secretario de la Defensa Nacional sino un Mercedes, ya viejito, con veintidós años de servicio.
3.- El coche en cuestión, como demuestran varias gráficas en mi poder y que he exhibido en algunos programas de radio y televisión con resultados estremecedores y la ignominia del silencio oficial, fue cambiado de posición y, sobre todo, fue fotografiado en plena caída hacia el abismo, lo que se constata por una secuencia en donde se observa al vehículo con las llantas hacia arriba y la última como quedaron: hacia abajo y con sus placas en perfecto estado lo mismo que el tablero, sin huella de incendio, comprobándose la ausencia de combustible, esto es que no había cargado lo suficiente para llegar a su destino, Ixtapa-Zihuatanejo. Eso evidencia que “alguien”, experto por supuesto, esperaba el drama desde una posición estratégica.
4.- Los cadáveres fueron enterrados en una misma fosa común, en el cementerio de Vallecitos de Zaragoza, como desconocidos a pesar de que Don Carlos llevaba todas sus identificaciones consigo, incluyendo la credencial que le acreditaba como editorialista de Excélsior y el permiso para portar armas. Pese a ello, antes de exhumarlos, Manuel Bartlett Díaz, entonces secretario de Gobernación al servicio de Miguel de la Madrid –ya extinto-, aseguró que habían encontrado los cuerpos horas antes de proceder a la excavación y el rescate correspondientes. Apenas los cadáveres fueron colocados fuera de la burda tumba, del pantalón del periodista cayó su cartera con dinero en efectivo y sus credenciales y tarjetas de crédito. Además, en la cajuela, había maletas con su nombre y objetos personalizados. No había duda de quien se trataba y, sin embargo, durante siete días se ocultó a la familia la muerte del mismo. Una aberración suficiente para exhibir a quienes pretenden “hacer justicia” burlándose de la dignidad de las víctimas.
No creo en la justicia, es decir en la correlación entre ésta y las decisiones judiciales supuestamente plegadas a la ley –como en el penoso caso de la francesita secuestradora, libre por errores de procedimiento acaso intencionados como armas de chantaje de Genaro García Luna, el rey del montaje-, porque algunos de los protagonistas que ensuciaron los expedientes del crimen –como tal lo reconoció, en abril de 1989, el ex presidente De la Madrid, con el atestiguamiento del editor Rogelio Carvajal, el más importante de nuestro país, y de mi hijo Carlos, entonces un jovencito de doce años, avispado y con gran retentiva-, no sólo están vivos sino que siguen teniendo presencia pública e incluso fuero, en algunos casos, alentados por dos corrientes partidistas supuestamente adversarias: el PRI y la amalgama oscura de la izquierda. A saber:
1.- Manuel Bartlett Díaz, ex gobernador de Puebla y ahora senador representante del Partido del Trabajo en la Cámara Alta pero listo a integrarse a MORENA para hacer “más grande” a Andrés Manuel López Obrador, supuesto defensor de las causas “justas”; éste, por cierto, conoce muy bien la historia porque yo se la conté en varias ocasiones y no tiene pretexto alguno para deslindarse de su ceguera tremenda al hacerse acompañar por Bartlett en la cruzada del presente dirigida hacia un abismo similar al del “Filo Mayor”.
2.- Emilio Gamboa Patrón, actual coordinador de los priístas en la misma Cámara Alta, nacido en el Distrito Federal y d ascendencia yucateca como este columnista quien conoce muy bien sus orígenes y siniestras triquiñuelas y cobardías, quien fungía en 1986 como secretario “muy privado” del hoy muerto De la Madrid cuyo fallecimiento, en silencio, fue un punto final acorde con su actitud de doblez moral permanente. Gamboa supo los pormenores y ha callado hasta hoy, metido en la ambigüedad de una carrera burocrática y legislativa sin otro merecimiento que sus cercanías muy particulares con algunas figuras claves. Él sabe pero nadie se atreve a sentarlo ante un juez, como tantas veces he solicitado.
3.- Antonio Nogueda Carvajal, cuyo cargo en esos días era el de jefe del Departamento de Averiguaciones Públicas del gobierno guerrerense, encabezado por Alejandro Cervantes Delgado –ya muerto con fama de haber sido miembro distinguido de la “cofradía de la mano caída”-, y quien luego se convirtió en prófugo de la justicia tras el asesinato de uno de los dirigentes del Partido Socialista de los Trabajadores al que pertenecieron figuras como Jesús Ortega y Carlos Navarrete Ruiz. Alguna vez, cuando se desempeñaba como procurador general, el doctor Jorge Carpizo MacGregor –fallecido hace poco-, me dijo: “siempre que lo tenemos a tiro, se esfuma… como si alguien, muy poderoso, le avisara. Digamos igualito que cuanto sucede con “El Chapo” Guzmán.
4.- René Peláez, por entonces agente de la nefasta Dirección Federal de Seguridad, y posible ejecutor material de Don Carlos de acuerdo a varios testimonios recogidos por este columnista y el director de la revista Contenido, por esos días, Armando Ayala Anguiano, en cuyo despacho se desarrolló un encuentro calve entre él, quien esto escribe y el informante principal quien había participado en el horror de aquel montaje bajo las órdenes de Nogueda.
5.- Y, finalmente, nombro a un fallecido que debiera ocupar el primer sitio en la relación, el general Juan Arévalo Gardoqui, secretario de la Defensa Nacional, quien me devolvió la pistola “confiscada” al periodista en el retén militar y mandó peinar la zona, además de filmar la exhumación del cadáver, y no permitió que pudiera sacar copia al respectivo parte que sólo me permitió leer en la presencia de José Ángel García Elizalde, jefe del Estado Mayor de la dependencia. En éste se explicaba que Don Carlos no iba conduciendo, sino lo hacía su acompañante ya citada, y se registraba algún barrunto tormentoso en el momento del aseguramiento del arma.
Debate
¿Existe la justicia en México? Rotundamente, no. Lo explicamos durante largos años de indagatorias sobre el crimen contra Carlos Loret de Mola Mediz. A veintisiete años de este hecho ominoso, no existe, siquiera, voluntad política para esclarecerlo porque podría afectarse a varios execrables funcionarios, entre ellos los turbios legisladores Manuel Bartlett y Emilio Gamboa –quiero abstenerme en estas línea de mencionar el apellido materno por obvias razones-, y comenzarse acaso a tejer los hilos conductores con los magnicidios de 1993 y 1994 que modificaron los perfiles de la República.
No se olvide que fue durante el sexenio del señor De la Madrid, quien ya no puede hablar porque si viviera, además, se retractaría como lo hizo en su personal disputa con Carlos Salinas, cuando se dio el primer gran “boom” del narcotráfico y la infiltración de los mandos militares y políticos se hizo patente. No había espacio, por tanto, para quienes señalaban la podredumbre. No por otra cosa este período y el de calderón –minúsculas- se identifican por sus respectivos récords de periodistas asesinados, obviamente aquellos que conservaban pruebas comprometedoras de las conductas desviadas de los hombres del poder. Por supuesto, la lista comienza con el crimen contra Manuel Buendía en mayo de 1984; por cierto, Carlos Loret de Mola Mediz fue quien escribió el severo editorial de Excélsior luego del artero asesinato, en un estacionamiento de Insurgentes, en la ciudad de México, del autor de “Red Privada” del mismo cotidiano, a la cabeza aquel año de las publicaciones nacionales.
No es ficción; es una realidad. Si los panistas, durante doce años, fueron incapaces siquiera de resolver los asesinatos de sus iconos principales –digamos “Maquío” Clouthier y dos secretarios de Gobernación en funciones-, ¿harán lo propio los priístas para seguir tirando tierra sobre casos como el narrado además de los homicidios contra Luis Donaldo Colosio, el Cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo y Francisco Ruiz Massieu? Esta interrogante sólo pueden responderla el presidente de la República, Enrique Peña Nieto, y el procurador general, el hidalguense Jesús Murillo –Morío- Karam.
Sigo esperando una respuesta digna y convincente mientras los cobardes continúan cobrando en el erario.
La Anécdota
En abril de 1989, cuando entrevisté al ex presidente Miguel de la Madrid, éste, nervioso, sabía que no podría eludir el caso sobre la muerte de mi padre:
–Yo instruí al secretario de Gobernación –me dijo- para que legara al fondo sobre el asesinato de su padre.
–¿Y qué pasó? –pregunté-.
–Que mis buenas intenciones… me las empañaron en Gobernación.
Por eso, cada vez que me encuentro con el execrable Bartlett le miro a los ojos y le digo, en su cara, lo que de él pienso. Jamás ha repelido porque se sabe culpable… ahora bajo los pantalones de López Obrador.
























