Decena trágica. Así se registra en la historia la consumación de la traición de Victoriano Huerta al demócrata y revolucionario Francisco I. Madero en febrero de 1913 que culminó con el asesinato de éste y la aparente victoria de la contrarrevolución. Luego llegaría Carranza a sanear, con la Constitución de 1917, los escenarios infectados a costa también de su propia vida. Las secuelas posteriores alternarían magnicidios y traiciones jamás resueltas del todo. La impunidad y la disciplina ante la voluntad suprema complementan la historia de las instituciones gubernamentales.
Madero, según la espléndida versión de José Vasconcelos –”Ulises Criollo”-, confió en Huerta incluso hasta cuando los cañonazos, provenientes de la sitiada Ciudadela, acertaban sobre el Palacio Nacional sin que se hiciera daño alguno a las sublevadas tropas de Félix Díaz, el sobrino del autócrata quien soñó en reinstalar la dictadura como si le perteneciera el derecho por herencia y estirpe en un esquema similar al de las monarquías. ¿Habrá quienes todavía busquen a los descendientes de Agustín de Iturbide, quien se proclamó emperador tras la consumación de la Independencia, para ofrecerles el trono de México? Por el momento se conforman con otros legados digamos financieros.
Detrás de la traición al caudillo sobresale la mano del Tío Sam. Animoso, entrometido, intrigante, el embajador estadounidense de entonces, Henry Lane Wilson, representa la imagen del injerentismo y confirma que, en materia de política exterior, su país nunca ha tenido amigos sino intereses. Lo mismo si han sido demócratas o republicanos en aparente permanente bajo la investidura de una democracia que cercena a las corrientes “inconvenientes” para asegurar la continuidad de los grupos dominantes que, como en México, ni se alteran con las alternancias sino simplemente se adaptan a ellas tras muy breves sacudimientos controlables. Y cuando las aguas se salen de cauce también aparece, como en noviembre de 1963 al ser asesinado Kennedy, la barbarie.
Me temo, amables lectores, que los paralelismos de aquellos hechos con la actualidad están servidos aun cuando, claro, los tiempos sean otros y la propia geopolítica nacional ofrezca algunos matices por el gigantismo de su estructura y la somnolencia política de las mayorías acribilladas por los lugares comunes como si se tratara de los públicos cautivos dentro de un estadio futbolero limitados a expresar injurias al árbitro sin poder alterar resultados y escenarios.
En este punto, por supuesto, obliga la reflexión sobre la tesis de la cronología fatal. En cada centuria se perfilan las epopeyas aun cuando también conduce a la sinrazón de las guerras fratricidas por la incapacidad de ganar la historia civilizada y razonablemente. Como no creo en fatalismos más vale analizar los contextos en donde se reproducen algunas de las condiciones incendiarias acaso alimentadas por la mismo mano, la de quienes expanden intereses aun cuando, como en el Medio Oriente, tengan un elevado costo en vidas humanas.
No hay soberanía que valga cuando el gran poder del continente decide fungir como “policía” discrecional en pro de una democracia sólo funcional si está avalada por el gobierno de Washington. No olvidemos el amargo episodio de septiembre de 1973 cuando uno de los mayores demócratas latinoamericanos, Salvador Allende, cayó más en razón a los intereses de la multinacional ITT que por las balas de la traición de Pinochet. Tal vergüenza, evidente además hasta para quienes siguen defendiendo aquel burdo golpe de Estado porque sumaron capitales especulando, sigue salpicando con la misma fuerza histórica del crimen contra Madero y la breve exaltación del “chacal” como mandatario, un episodio, por cierto, que la casta militar quisiera borrar de la memoria colectiva.
La historia enseña y, desde luego, alerta.
Debate
Cuando asumió la Presidencia Vicente Fox en 2000, aclamado hasta por sus adversarios de izquierda que también saludaban lo que se presentaba como el derribo del muro priísta, el torpe retiro de las imágenes del Benemérito Juárez de la residencia oficial y la exaltación de Madero como el gran demócrata de nuestra historia hicieron presagiar que habría una importante revisión histórica para ponderar los hechos fundamentales y colocar cada episodio en su sitio.
Sin embargo, la discrecionalidad con la que solía actuar el personaje central de aquella trama, Vicente claro, sin consensos y guiado sólo por su instinto sin el menor recato cultural, alertaba sobre los procedimientos, esto es como si todo se resumiera a bajar de las paredes las esfinges de los héroes para abrirles nichos a los iconos religiosos como la Virgen de la Caridad del Cobre, refugio de los cubanos, y la reverenciada de San Juan de los Lagos que concita, cada año, multitudinarias peregrinaciones, uno de los más redituables negocios para las parroquias del Bajío y el occidente de México. Tal me confió, desde luego, un jerarca católico avergonzado. Por algo, claro, los Fox tienen su ranchito en San Cristóbal, en el municipio de San Francisco del Rincón ahora, por cierto, conquistado por los orientales que comienzan a erosionar la industria del calzado. ¿Solamente casualidades?
No hubo revisión ni cambio alguno. Al contrario, aquel ex presidente terminó su administración exaltado los peores defectos de sus antecesores a quienes tanto fustigó: violentando los cauces democráticos sirviéndonos un proceso electoral infectado, esto es fraudulento para no utilizar más eufemismos, y exaltando su riqueza personal, y la de los suyos, reflejada en el templo faraónico que construye para asegurar la reverencia a su figura –situación ésta que le daría ventaja sobre quienes también fueron predadores sexenales-.
Por supuesto, como bien dice el arriero, tropezar con la misma piedra no es señal de inteligencia. Y desde el poder revela los compromisos soterrados, inconfensables, que se afianzan a la estructura gubernamental para someter cada intento de transformación política. Con Fox no hubo necesidad de muchos empeños para ello: él mismo validó, desde el inicio de su régimen, el modelo neoliberal para asegurarse la socorrida estabilidad financiera como parangón de un gobierno negligente y paralizante. Tal es, sin dudarlo, el verdadero legado del locuaz ex mandatario -¡cómo se parece a echeverría –minúsculas- quien también mandó construir, si bien con mayor discreción su “salón del sexenio” en el patio de su casa!- a quien tanto se protege para honrar la inveterada costumbre de la impunidad, otra de las joyas de la vieja hegemonía priísta.
Estamos, sí, varados en el mismo punto.
El Reto
Madero insistía, en las semanas previas a la traición, que su mayor legado era la democracia y no la lucha armada. No pudo, claro, avizorar su destino ni ponderar cuanto aportó la debilidad de su carácter, aun cuando hubiesen promovido una Revolución, a la asonada huertista. De haber actuado a tiempo y con energía, su liderazgo también se habría extendido hacia las fuentes militares y no habría sido llevado a la emboscada sin salida.
Esta reflexión cabe, insisto, ahora. No bastan las buenas intenciones ni las lisonjas ligeras a los mandos del ejército, ni la declaratoria del secretario de Gobernación sobre el “éxito” gubernamental en la campaña contra la delincuencia organizada, para paliar los hechos incontrovertibles: la crecida de las mafias y la extensión de las vendettas por buena parte de la geografía nacional. En esta línea se inscribe, como la peor amenaa, la reciente explosión en la Torre B-2 de Pemex, en la ciudad de México, sobre la cual –hipótesis de más- se observa la mano negra del terrorismo aunque el vocablo parezca proscrito por la demagogia. La imagen de un mandatario copado, de nuevo atrapado por las emergencias estructurales, no sirve para estimular la versión de que la amenaza está superada sino más bien explica la angustia colectiva.
Es un buen momento, creemos, para que el titular del Ejecutivo federal repase las páginas y las enseñanzas de la historia, incluso la reciente. Siquiera para que no sirva de refugio a los predadores beneficiados por la extensión de la impunidad.
La Anécdota
Pascual Ortiz Rubio, otro michoacano –solemos sólo detenernos en la figura del general Cárdenas- que llegó a la Presidencia si bien sólo pudo mantenerse dos años, entre febrero de 1930 y septiembre de 1932, asfixiado por el “maximato” callista y su propia inoperatividad e intrascendencia políticas, fue llamado “el nopalitos” porque se decía que la “baba” del cactus parecía señalar el perfil del mandatario acotado.
Atemorizado, bajo una incesante presión, este personaje, quien fue gobernador de su entidad y diplomático, sencillamente se rindió a los hechos y acabó en el basurero de la historia aun con todo el bagaje de su cultura.
Andado el tiempo, el mote infamante, “nopalitos” sirvió también para señalar otras limitaciones. Hace tiempo, una joven periodista, todavía muy ingenua en los menesteres de la vida y recién casada, llegó a la redacción de un periódico con varios kilos de “nopalitos”:
–¡Es que me han dicho que sirven mejor que los preservativos!
Una sola sílaba marcó la diferencia: “no-palitos”. Todavía sonrío al recordar su expresión.
























