Estar en lo cierto, el sentimiento de saber que uno tiene razón, obedece a un proceso mental que no es muy distinto del que ya hemos descubierto que existe entre el pensamiento supuestamente consciente y la ansiedad o el miedo. Al estudiar la inteligencia, descubrimos no hace mucho ese mundo misterioso dominado por la emoción. No tenía nada que ver, o muy poco, con la razón; y llegamos a darle un nombre propio: inteligencia emocional. Sin embargo, hasta ahora apenas hemos profundizado en el sentimiento de saber que uno sabe, en qué pasa en nuestro cerebro cuando se está convencido absolutamente de algo. Tendemos a creer que «lo que sabemos a ciencia cierta» lo sabemos de verdad. Ahora bien, si evaluamos algunos de los últimos avances neurológicos, no parece que ésa sea la realidad. Debiera habernos alertado de nuestro error el observar a tanta gente negarse, en redondo, a renunciar a una disonancia cognitiva; es decir, a rechazar una convicción como la prodigada por una secta misteriosa «¡el planeta Tierra se va a inundar!, afirman esos falsos profetas, por ejemplo, en contra de todas las evidencias».

Al contrario, cuanto mayor haya sido la visibilidad del compromiso adquirido, más terca es su resistencia a abandonarlo. ¿Quiere decir esto que hay algo biológico e incontrolable incluso en el sentimiento de saber que sabemos algo de veras? Lo que voy a sugerir debería sacudir en su pedestal a los convictos y confesos, a todos los dogmáticos, a los que están convencidos de que han llegado a una conclusión determinada después de pensarlo mucho y que están tan cargados de razón que van a seguir detrás de esa bandera cueste lo que cueste. La neurología moderna está sugiriendo que el sentimiento de certidumbre de que hace gala mucha gente no es el fruto de una elección consciente ni tampoco un proceso puramente mental. La certeza o estados similares a «saber lo que sabemos» son el fruto de mecanismos cerebrales involuntarios que, al igual que la rabia o el amor, funcionan independientemente de la razón. Ciertas convicciones propias pueden expresarse o mantenerse sin ningún razonamiento o pensamiento consciente. Son formas de pensar que no pueden clasificarse con las emociones, ni con los estados de ánimo ni con los pensamientos. La convicción de haber acertado, de tener razón, no es realmente una conclusión, sino pura sensación mental que nos afecta en un momento dado. Estos estudios recientes pueden ser interpretados de muy diversa forma, pero lo cierto es que no tendremos más remedio que incorporar en la vida cotidiana los límites del conocimiento que nos muestra el análisis del cerebro.

Hará falta en el futuro ahondar en el papel que las simples sensaciones mentales «que no son ni emociones ni conclusiones racionales» desempeñan en la formación de nuestras convicciones y pensamientos. La ciencia nos ha otorgado un instrumento valiosísimo: el cálculo de probabilidades. Ahora contamos con métodos para analizar y priorizar las opiniones de acuerdo con la probabilidad de que sean correctas. Esta aproximación nos debería resultar suficiente y renunciar para siempre a las catástrofes provocadas por los que creen estar absolutamente en lo cierto. Da pena y miedo constatar que más de medio mundo sigue convencido de que «arropado por el credo o la razón» debería aplastarse al otro medio convencido de lo contrario. El sentimiento de saber y de estar convencido, poseído por la convicción y la certidumbre, son meras sensaciones mentales que nos acaecen de vez en cuando. Vale la pena estudiarlas y aquilatar su impacto, pero no creerlas del todo, todo el rato.

Eduardo Punset