Desde hace varios sexenios, considerando dos alternancias cargadas hacia el retroceso y sin cambios estructurales –sea por temor a los mismos o por incapacidad para llevarlos adelante-, dos son los elementos insustituibles en los discursos oficiales: la constancia del hambre entre los más depauperados de los mexicanos; y la reiteración de los símbolos que aglutinan a la sociedad por efecto de una obcecada rendición de cultos cívicos, desde niños, y la prolongación del presidencialismo como elemento esencial para preservar la unidad nacional. Como si las instituciones y nuestro destino pudieran depender de una sola, suprema voluntad. Y de este rincón no salimos, quizá atrapados por nuestros consabidos y mal enfocados traumas históricos, pese a los esfuerzos por considerarnos, de vez en cuando, ganadores: “sí se puede”.
El presidente Enrique Peña Nieto, infiel confeso –así nos lo dijo cuando escribíamos “2012”: La Sucesión”, Océano, 2010-, aseveró que, durante 2011, once mil personas murieron a “por causas asociadas a la desnutrición” entre los mexicanos. Esto es, una cifra bastante similar a la de las víctimas de la absurda “guerra de calderón” –minúscula-, que convirtió a las fuerzas armadas del país en intocables bandas de salteadores, violadores y explotadores de las comunidades abandonadas a la buena de Dios. Las denuncias de los gobernadores por estos reiterados abusos, como en el caso del coahuilense Humberto Moreira Valdés, más allá de las deudas injustificables, fueron las que propiciaron la desgracia política de los mismos, es decir de quienes se atrevieron a plantar cara a los altos mandos, eso es el secretario de la Defensa Nacional y el mandatario visto como “comandante supremo”. Hablamos, claro, de la administración anterior aunque, por desgracia, no se han corregido el rumbo ni la estrategia.
Pero, ¿de verdad es un símbolo el presidencialismo o se trata de exaltar la jerarquía como hacían los aztecas con el “gran teocalli” o el “halach huinic” entre los mayas: una figura central, inalcanzable y mítica, con derecho a disponer de las existencias de todos y del futuro de acuerdo a los intereses de la elite gobernante, influyentes sobre la suprema voluntad, sobre todo cuando ésta, hastiada o medrosa ante la soledad del poder, recurre a otros sin la responsabilidad histórica pero ávidos de mantener el estatus reflejo de la autocracia simulada. En esta hora, por ejemplo, la disputa hacia las candidaturas en 2018 ya comenzó entre dos funcionarios de Gobernación y el titular de Hacienda; y para conservar la vanguardia, los involucrados saben cuándo deben rendir pleitesía para hacerse notar y ganar el favor del llamado “primer mandatario” erigido más bien en el mandante de los mexicanos. La sumisión es herencia de la deplorable conquista que no fue…
De lo anterior parten casi todos nuestros males. Hasta la cruel y devastadora “influenza española”, que se llevó a millones de seres humanos, emplazó al mundo entero con aquella “influenza porcina” que estigmatizó a los mexicanos en 2008. Comencemos por señalar una tesis que, sostenida en Madrid, convocó al asombro y hasta a la creencia sobre nuestra ingratitud hacia la cultura europea que se nos impuso como lo hacen siempre los invasores de territorios ajenos. Digamos que México, pese a acechos muy graves y derrotas que posibilitaron la deshonra de ver ondear el pabellón de las barras y estrellas sobre Palacio Nacional y también el francés en el Castillo de Chapultepec, no ha sido jamás conquistado como tal o en la línea sostenida por los españoles quienes distorsionan ciertos hechos para seguir observándonos con la quijada arriba y sin interés alguno por comprender nuestra integración nacional.
México, señores, surgió, en 1821 y no antes, sobre los rastros de una identidad que devino del mestizaje, sobre todo, aunque algunos de los guías de la Independencia fueran criollos –esto es hijos de españoles nacidos en este territorio-, y, por ende, a quienes vencieron los arcabuces, jinetes y jamelgos ibéricos no fueron los “mexicanos” sino a los pueblos indígenas divididos por cuestiones tributarias. Los tlaxcaltecas no fueron, en sí, traidores sino que reclamaron su derecho a la emancipación respecto al imperio azteca que dominaba vastas heredades y fue vencido, más que cualquier otra cosa, por las leyendas y las premoniciones sobre la llegada de los hombres blancos y barbados. Luego comenzaron los centauros a cruzar por la noble Tenochtitlán cuya belleza cautivo a los invasores por su perfección urbana desde las laderas del Popo y el Ixtla, en lo que hoy es llamado “Paso de Cortés”.
Esto es: no se pudo conquistar lo que no existía en 1521 cuando cayó la urbe asombrosa que no estaba debidamente preparada para repeler las modernas armas europeas, además por el contenido de las profecías, exaltadas por el politeísmo de aquellos pueblos de Mesoamérica. Pasaron encima de razas a las que luego se estigmatizó por los sacrificios humanos, aun especulativos pese a los descubrimientos posteriores de las “piedras de los sacrificios” –no necesariamente de seres racionales sino posiblemente de animales convertidos en ofrendas a sus respectivas divinidades-, y una ferocidad salvaje en medio d la selva maya como retrata la burda cinta “Apocalipsis” de Mel Gibson tan propagada por el mundo como una especie de propaganda disfrazada para exaltar a los anglosajones… que devastaron a los pueblos indígenas que se encontraron a su paso. Siquiera en el caso de los españoles existe la atenuante de su fusión –por las calenturas habituales de la carne-, con los pobladores atávicos.
Si hoy, con motivo del Día de la Bandera, vamos a hablar de símbolos no nos detengamos en el lábaro, el Himno –que debe corregirse sin deterioro de su marchosa musicalidad, para adaptarlo a la conciencia pacifista de la mayor parte de los mexicanos, sobre todo ahora cuando la violencia es látigo y estigma contra nosotros-, sino hablemos igualmente de cuanto ya no puede representarnos, como el presidencialismo asfixiante ni el fanatismo religioso ni el jacobino. ¡Cuánto nos han perjudicado los extremismos inútiles, la soberbia gremial y los afanes de caciques y caudillos al paso de los años! La sabiduría del Constituyente pretendió blindarnos contra éstos pero no fue suficiente: por ejemplo, el fin de los caudillos, señalado con precisión en el momento mismo de la extradición de Plutarco Elías Calles –quien después volvió para integrarse a los proyectos de Manuel Ávila Camacho-, aun cuando comenzó de inmediato el presidencialismo al consolidarse, como líder único, ya sin el “maximato”, el venerado general Lázaro Cárdenas del Río. Acaso éste no lo sabía, ni lo pretendió, pero fue él quien legó la fuerza presidencial como la primera entre los mexicanos… hasta alcanzar los niveles de la autocracia. Y así, hasta hoy, bajo la batuta de Enrique Peña Nieto.
El verde de la esperanza, el blanco de la pureza y el rojo de la sangre no parecen amalgama feliz al paso de nuestra historia cuajada de contradicciones. Pero es nuestro lábaro, el que nos identifica como muralla a los propósitos expansionistas desde las grandes potencias del norte, unidas por un tratado que nos convierte en la cola sucia del león bélico. ¿No sería mejor, como reza el dicho popular, ser cabeza de ratón oteando hacia las saqueadas repúblicas hermanas del sur, ahora convertidas en escenarios de reelecciones y juegos de poder que incluyen las extrañas enfermedades de sus líderes –extrañas por lo recurrentes-?
Mirador
Quienes han metido aguja para sacar barreta son los banqueros intocables. ¿No les parece extraño, amables lectores, que el único banco creado durante la gestión de la derecha en el poder presidencial, haya sido precisamente el Azteca, encabezado por Ricardo Salinas Pliego, bajo sociedades ocultas con la clase política? Hablamos, claro, de las aportaciones de Raúl Salinas de Gortari, el hermanjo incómodo, y de la propensión de Marta Sahagún por defender a Televisión Azteca, extensión del grupo financiero, contra las arbitrariedades que incluyeron la toma de instalaciones del Canal 40 por medio de una policía privada a la que NADIE fincó responsabilidades creando un peligrosísimo antecedente?¿Acaso no derivan de ésta las actuales “policías comunitarias” –iniciadas en Oaxaca pero con tendencia a expandirse-, ante la ausencia de credibilidad social frente a las corporaciones de fuerza pública profundamente contaminadas por las mafias?
Nada es casual sino consecuencia de errores fatídicos de quienes nos han gobernado con simplismo increíble y la magra idea de ser intocables hasta después de muertos: esto es, hay quienes pretenden que el “daño moral” debe detener hasta a los historiadores por cuanto lastiman a los familiares de quienes protagonizaron, con paso devastador, la crónica de nuestras tragedias. ¡Qué nadie hable, por ejemplo, de Díaz Ordaz o López Portillo a pesar de sus tremendos yerros!¡Mucho menos de Salinas, Zedillo, Fox y calderón –minúscula-¡O de echeverría –minúsculas también-, y De la Madrid, el autor intelectual del primer “boom” del narcotráfico a falta de liquidez para proveer infraestructura básica! Por favor, seamos sensatos siquiera para no caer en la mofa de los “primermundistas” deseosos de que seamos vistos como “estado fallido” para poder regir sobre nosotros. ¿Es esto lo que queremos los mexicanos y pretenden quienes nos dirigen mediante “pactos” que no sirven ara poner fin al nefasto corporativismo ni a los dirigentes falsamente vitalicios en una era en la que ni siquiera el Papa Ratzinger, próximo a su retiro, obtiene ya esta condición?
Mientras tanto, los banqueros, esto es la casa de bolseros, ganan, llevándose divisas que acreditan las utilidades obtenidas en México como las más importantes de sus respectivos corporativos rociados con vinillos de la Ribera o cauces de Manhattan. Es a ellos a quienes más convienen nuestros desastres.
Por las Alcobas
Dicen que en ausencia de órganos judiciales autónomos y democráticos, la justicia divina impera. No faltan quienes otean hacia el venezolano Chávez, sin habla luego de haber sido tan locuaz e impertinente hasta para guerrear contra cualquiera que “meneara la espinita que en la sabana florea”.
¿Y en México? Ya hablamos de la tragedia de López Mateos –a quien se acredita soterradamente el triunfo de la carrera espacial de los Estados Unidos por espiar las naves rusas que sirvieron para una exhibición en el Auditorio Nacional-, y ahora es menester ocuparnos de la actualidad. La infidelidad manifiesta de Peña –como el alcoholismo de calderón –minúscula-, exhibe no sólo la vulnerabilidad humana sino la torpeza de considerar un símbolo intocable a la Presidencia. Vamos, mejor, hacia el parlamentarismo. ¿No creen ustedes? Aunque el exceso de verborrea nos atosigue.
























