En la ya lejana década de los sesenta, cuando Adolfo López Mateos proclamaba su internacionalismo con el fin de diversificar los lazos políticos y comerciales del país, esto es no concentrándolos en una sola olla, la estadounidense, visitaron México algunos de los grandes caudillos de la Gran Guerra, entre ellos el francés Charles de Gaulle y el Mariscal Tito, presidente de Yugoslavia. El primero le hizo notar a su anfitrión la condición voluble de los pueblos que nunca quieren a sus líderes, sólo los necesitan. El segundo, a su vez, no dejó de considerar que su figura unía, como amalgama simbólica, a una región convulsa y cuya inestabilidad frecuente había dado cauce a las dos confrontaciones universales.
Tito, en compañía de López Mateos, acudió a una corrida de toros nocturna en la Plaza México montada ex professo. El cartel lo integraron Joselito Huerta, el “León de Tetela de Ocampo”, y Diego Puerta, apodado “Don Valor” como otro inolvidable diestro azteca, Luis Freg, quien terminó sus días, cosido a cornadas, ahogándose tras el naufragio de una “panga” frente a las costas de Ciudad del Carmen. El hispano Puerta cortó un apéndice arrancándolo, de hecho, por su temeridad; y el mexicano hizo lo suyo si bien no con la contundencia de su adversario. Fue entonces cuando el juez de plaza guardó su pañuelo hasta que el presidente, Don Adolfo, se puso en pie y reclamó el trofeo para el compatriota. Un decreto inapelable que el usía atendió, naturalmente, bajo el estruendo de los tendidos. Tito, testigo de la escena, resumió:
–Para unificar criterios nada mejor que el poder.
Y siguieron sendos personajes en lo suyo. No era difícil predecir, en tales circunstancias, que la muerte del dictador yugoslavo comenzaría, de hecho, la desintegración de su nación aun cuando sólo hasta la década de los noventa iniciara las segregaciones oficializadas. Desde hace cinco años, este mismo territorio, conviven, a regañadientes y sin poderse desprender de la vecindad geográfica como algunos desearían contra toda lógica, siete distintas soberanías: además de Serbia, Eslovenia, Bosnia Herzegovina, Montenegro, Macedonia, Croacia y Kosovo que de manera discrecional y contrariando al gigante ruso, declaró su independencia. Ya ni siquiera se habla de un frente común por la honda crispación falsamente “nacionalista” y hondamente xenófoba que pervive en una zona, insisto, inestable por antonomasia. Igual que en Cataluña, la antihispana.
El factor más negativo, en una geografía hollada por las exacerbaciones regionalistas, ha sido la postura del gobierno estadounidense postulado como mediador oficioso que oculta sus verdaderas intenciones: esto es asegurar su presencia, y con ella as bases necesarias para ,mantener los “equilibrios”, extendiendo su dominio territorial muy cerca de la Unión Europea y no muy lejos del continente asiático en donde las invasiones norteamericanas generan matanzas a diario. Nadie ha guerreado más, desde el final de la II Guerra Mundial, que el Barack Obama, empeñado en mantener el terror como sustento de una política con demasiadas conexiones con el fascismo. Esto es: con su mandato el mundo retrocede, como con los Bush, hasta los escenarios encendidos por los fanatismos, hoy los llaman fundamentalismos para remarcar los extremos exaltados, que le han arrebatado a la comunidad mundial la esperanza de vivir y convivir en paz.
Y, claro, la desintegración de la antigua Yugoslavia, atizada por la Casa Blanca sin detenerse en los ríos de sangre inocente cuyas fuentes parecen inagotables, le viene más que bien a la gran hegemonía universal aun cuando las amenazas del cuestionado mandatario de Rusia, Vladimir Putin, vuelvan a colocarnos, a todos, frente al aparador de la larga “guerra fría” en la que las amenazas y asechanzas cubrían perspectivas y destinos de la mano de dos imperios sin fronteras aparentes. Quizá esto, como gran paradoja, sea lo único rescatable. Ahora, claro, entre dos hemisferios: el oriental y el occidental con el sello de la renuncia de Benedicto XVI.
Nos queda claro que la hegemonía estadounidense sólo ha servido para extender el belicismo a costa de hollar las idiosincrasias ajenas. En buena medida ello se ha debido a la ausencia de contrapesos. No ha habido paz sino guerra bajo la férula de la Casa Blanca y en ese sentido urge un amortiguador.
Debate
España, inmersa en el proceso de desintegración optó por no reconocer a Kosovo, mirando hacia Cataluña y el País Vasco, pero también a Galicia y Navarra. Y es explicable: los espejismos pueden dar lugar a lecturas de alto riesgo contra la integración, a sabiendas de los álgidos retos de vascos y catalanes contra la unidad española. Ni unos ni otros se perciben españoles, en buena medida, arguyendo sus diferencias de origen, desde la conformación histórica hasta los idiomas, y soslayando cuanto les es entrañable y común en un amplio abanico cultural que incluye también sabores, olores y, por supuesto, geografía.
Los rescoldos de la dictadura encienden los localismos hispanos como si, por ejemplo, el centro, con Madrid erigida como capital del reino, no hubiera sido víctima igualmente del franquismo. Esto es, desde Cataluña y el País Vasco pretende situar “en España”, es decir de Castilla y Aragón hasta el sur, los orígenes del mal como si las regiones separatistas estuvieran vacunadas contra el mismo.
De allí los rencores, atizados con la hoguera de los reproches interminables, que van evolucionando hasta situarse en la línea de las intransigencias frente a las decisiones políticas globales. Ahora mismo, por ejemplo, los arrebatos forman parte de una extensa gama de chantajes listos a hacerse efectivos en cuanto se finiquite la jornada electoral, el 9 de marzo, y el partido vencedor, el Socialista o el Popular, se vea obligado a sostener pactos con las minorías, entre ellas los partidos con rubro regional, para formar y hacer posible un gobierno suficientemente consensuado. LA izquierda y la derecha, seguirán periódica y permanentemente crispados.
La reconciliación en tales términos se antoja más que lejana, imposible. Y, sin embargo, como están dándose las cosas, la única salida más o menos viable para atemperar las presiones de los regionalismos extremos sería una alianza entre los dos partidos con mayor presencia y fuerza para superar los diferendos en aras de un proyecto común que implicara respeto a la lista con mayor número de sufragios. Lamentablemente, los antecedentes asfixian.
No se olvide que en Cataluña hace años, Convergencia y Unión (CiU) ganó pero no pudo gobernar porque quienes quedaron desplazados, los socialistas catalanes, reunieron a las demás fuerzas políticas y acabaron rebasando al primero al punto de integrar un “tripartito” que negó el principio democrático a favor del más votado. Ahora CiU y los extremistas socialistas de Eskerra Republicana, unidos, avanzan hacia la escisión.
De allí que los catalanes observen con especial interés el derrotero mundial porque sus dirigentes ya han establecido sus propias reglas: de vencer demandarían un gobierno soberano para la Generalitat con un peligroso efecto retroactivo que, sin duda, marcaría la vulnerabilidad de la estructura política española ante las otras autonomías que no se conforman con el ejercicio de la misma sino requieren más.
Por ello, claro, la declaratoria unilateral de Kosovo como nación independiente en 2008 fue la peor noticia que pudieron escuchar, en vísperas de la definición política, los partidos españoles con coberturas nacionales y sus dirigentes atrapados en la simpleza de los permanentes forcejeos de sombras.
El Reto
Para infortunio general, los malos ejemplos cunden y se expanden. El “lehendakari” del País Vasco hace cinco años decidió recorrer algunas ciudades estadounidenses en demanda de la aceptación internacional al plebiscito que pretende realizar para subrayar el propósito soberano de sus gobernados. El gobierno de España se negó, explicablemente, a aceptar semejante consulta por considerarla ilegal e inoportuna: no se puede avalar los intentos de desintegración porque tal sería, a la larga, un suicidio. Además es bastante absurdo separarse de España para luego asimilarse a la Unión Europea como pretenden los ponentes de la segregación. Lo mismo catalanes y vascos quienes, además, quieren anexarse Navarra y parte de Francia. Absurdo.
Sin duda, esta amenaza es de tanta o mayor envergadura a la latente de terrorismo que tanto ha lastimado a la Hispania de nuestra época desde que la dictadura franquista entró, por la decrepitud del “caudillo”, en etapa de finiquito. Extinguida la tiranía no se abatieron los movimientos independentistas a manos de elementos cuyos métodos criminales desplazan cualquier posibilidad de raciocinio. Y tal, sin duda alguna, los califica manteniendo el “síndrome de Cortés” sobre sus antiguas colonias, entre ellas México.
Para unos, España está rompiéndose; para otros, es simplemente una nube pasajera. Pero los riesgos están muy a la vista. Abundaremos.
La Anécdota
En materia de integración artificial, no hay mayor ejemplo que el de los Estados Unidos, la mayor potencia del orbe. Hablamos de un largo proceso en sentido contrario al excesivo regionalismo que mina a no pocas naciones de la pujante Europa. En los territorios del norte se fueron sumando estados hasta la consolidación de uno de los mayores territorios del orbe, incluso buena parte del mismo arrebatado a mansalva a los mexicanos. (Para algunos la emigración ilegal es una forma de ir recuperando lo perdido; cuando menos ahora las “minorías hispanas” ya están convertidas en un factor de grande importancia para los diferendos electorales).
Cuando un joven estudiante planteó, en un centro de estudios superiores de Texas, que Estados Unidos debiera devolver la superficie segregada a México, recibió una respuesta contundente:
–Si la Unión Americana retornara cuanto se ha adjudicado, a través de la historia, sólo le quedaría la Estatua de la Libertad, en Nueva York, que fue regalo de Francia.
Es, sí, el otro lado de la moneda. ¿Cuál es más efectivo?

























