En cualquier época del año, pero aún más en estas fechas, cuando camino por la calle no puedo evitar escuchar ese grito revolucionario que todos hemos enarbolado alguna vez frente a nuestros padres. Y es que, con razón, ellos no entienden por qué un niño que aún no llega al medio metro pide una consola portátil, un ordenador o un Mp3 por navidades. Ellos no entienden que lo que antes era divertido, como el bote-bote, el escondite o la gallinita ciega, ahora aburre hasta a las moscas; no comprenden que lo de llevar faldas por debajo de las rodillas es cosa de monjas amargadas; no se enteran de que la hora a la que ellos regresaban al hogar es justo el momento en el que ahora la peña se reúne. Efectivamente, hay cosas heredadas del siglo XX que, por algún motivo, no encajan en la actualidad, pero nuestros “viejos” siguen atrapados en su mundo bicolor, carcamonía frente al High Definition y el Blu Ray que llevamos en el móvil táctil que sacamos por puntos. Lo de antes ya no mola.

Padres, ahora, los jóvenes son todos muy progresivos y liberales, no como vosotros, que estáis muy anticuados. Parece mentira que os opongáis a que cojamos el coche para ir a comprar tabaco al estanco de la esquina o a que os pidamos dinero para llenar el depósito de la scooter dos veces por semana. Es increíble que os enfadéis por que gastemos ochenta eurillos en el último juego de PC o incluso que nos impidáis ducharnos durante media hora… una vez por la mañana y otra por la tarde. Resulta incomprensible que os moleste ver los centenares de botellas de plástico y cristal que dejamos esparcidos por el campo y las calles los fines de semana -¿es que no hay barrenderos?-, pero aún más que nos pidáis colaborar en el hogar cuando la casa es vuestra y no de nosotros.  Nunca os preocupáis por  los problemas y necesidades que tenemos. Con tantas exigencias, no nos dejáis vivir la vida. Padre, madre, ahora todo ha cambiado, eso de la dictadura era antes.