REPERCUSIONES.

Finalmente, la falsa percepción que millones de gente teníamos sobre la existencia de una guerra en México ha sido confirmada como una realidad, precisamente por quien declaraba o negaba en todos lo medios oficiales y noticiosos la existencia de la misma.

Miles de policías federales o de soldados vestidos de policías judiciales federales, así como elementos de la Secretaría de Marina, han asentado sus reales en diversos estados de la República y en el Estado de Michoacán y de conformidad a las órdenes publicadas en diversos medios, arrasan comunidades y asaltan hogares diversos, en la búsqueda de elementos pertenecientes a la Familia Michoacana, con la instrucción final de “no parar hasta acabar con ellos”. Familias enteras púes, sufren el acoso policíaco – militar y, como sucede en cualquier guerra, pagan más culpas los que son menos pecadores. Es una guerra de exterminio, en la que como en todo conflicto militar se vulneran los derechos humanos.

Hoy, una parte de esa familia que es, de conformidad con todos los antecedentes conocidos, certificadamente fuera del orden social, nos remite a recordar a famosos  “héroes revolucionarios” que a principios del siglo pasado eran perseguidos con gran tenacidad por ser considerados como importantes piezas de caza por parte de las autoridades dictatoriales;  de entre ellos hubo un destacado personaje conocido por su bravura, o salvajismo, que había asolado a hacendados,  caciques y autoridades civiles, conocido posteriormente como El Centauro del Norte. No sobra decir que nos referimos a Doroteo Arango, mejor conocido como Francisco Villa.

En años recientes, el índice de criminalidad se dejo crecer con pleno conocimiento y concupiscencia de pasadas y múltiples autoridades de todos los niveles y fue incrementándose como resultado de la falta de atención y desarrollo del país y por la gran corrupción que vivimos. Sin duda alguna factores que han incidido en este grave problema lo es la falta de empleo y la adecuada remuneración del mismo, pues con el salario mínimo actual, lo único que pueden esperar las autoridades nacionales es el incremento del crimen organizado.

La Revolución Mexicana tuvo su cepa en la enorme expoliación que se hacía del territorio nacional por extranjeros y potentados. Todos conocemos de la gran concentración de las tierras productivas en unas cuantas familias y de la enorme masa de campesinos e indígenas a quienes les fueron arrebatadas sus tierras y que trabajaban como esclavos en las grandes haciendas azucareras o productoras de henequén, con nulas posibilidades de un crecimiento personal y familiar y sujetos permanentemente al abuso constante de autoridades y hacendados. ¡Todo lo anterior  fueron los ingredientes necesarios para cultivar el malestar y provocar la manifestación armada en esos años “revolucionarios”!.
Cabría por lo anterior preguntarnos que fue lo que impulsó, en forma particular a unos maestros rurales a dejar las aulas y abandonar lo que antes era considerado como un apostolado y apostar a la construcción de una “familia michoacana” y meterse en una actividad económica ilegal, que todos sabemos, era solapada por las propias autoridades en la materia  ¿Sería acaso el pretexto para dejarlos operar, la necesidad de contar con millones de dólares para evitar un mayor déficit financiero o, en otras palabras, mantenerlo en un porcentaje oscilante entre el 1 o el 2% del presupuesto federal, o el de sacar una “raja” para beneficio de las autoridades?

Es sabido por miles de maestros y ciudadanos el poco interés de las autoridades nacionales en la materia, de buscar acabar con los cacicazgos sindicales del egresado de Escuela Rural de Ozuluama, Jongitud Barrios o el de la maestra Elba Esther Gordillo y de la negativa o imposibilidad gubernamental de realizar una revolución educativa que en verdad cambie sustancialmente las condiciones del magisterio y de la calidad de la educación pública y no solamente la privada. ¿Cuáles serían pues las razones de esos maestros y de un sinnúmero de jóvenes más a participar en un negocio de grandes millones de dólares, en los que constantemente están poniendo en riesgo no solamente la vida de ellos sino las de familiares, paisanos , vecinos, soldados, marinos, policías y la de transeúntes que accidentalmente se cruzan, precisamente por donde pasan las ba-las?

Durante años las autoridades federales dejaron hacer y pasar y ahora los mexicanos todos estamos pagando las consecuencias de tanto dejar hacer, pasar… y tomar.