ESCRITORIO DEL EDITOR.

“Es muy importante que las nuevas generaciones participen en la vida política; que la política ilusione a los más jóvenes y atraiga a los mejores. Esa será la manera más efectiva de inyectar ideas nuevas y cambiar esa impresión más bien deprimida, desmoralizada, que se está extendiendo en la opinión pública respecto a la política.”: Mario Vargas Llosa

¿Los partidos políticos mexicanos están identificados con una ideología? Lanzó la pregunta un expositor norteamericano en un curso de campañas políticas para jóvenes. Tenía estructurada su exposición en una clara lógica de dos partidos – “el malvado y el estúpido”, los catalogaba con sentido del humor – en la que se entienden las diferencias ideológicas, aquellos temas innegociables para cada uno de ellos pero, también, fundamentalmente, el enorme piso cultural que comparten por el hecho de ser norteamericanos los dos partidos políticos: la libertad.

Sin ánimo de caer en reduccionismos, además de otras cuestiones, la diferencia fundamental de los bandos políticos estadounidenses se resuelven en la pregunta ¿más Estado o más sociedad? Mientras que unos se avocan a frenar al Estado – defender la libertad individual, pugnar por la menor injerencia del Estado, que los particulares resuelvan la mayoría de sus problemas en la medida de lo posible, mínimas regulaciones necesarias –, otros defienden la importancia de un Estado grande y poderoso, el impulso de más programas gubernamentales, subsidios, intervención gubernamental mayor en el modelo económico de mercado, entre otras cuestiones que aclaran que en la pugna Estado vs Sociedad, la balanza se recarga más, nunca de manera absoluta, del lado del Estado. Un sistema político partidista en el que no predominan las modas para ser “de izquierda” o “central o “de derecha”, sino una serie de convicciones de los ciudadanos, ante las cuales no titubean para decirse auténticos conservatives o liberals en apoyo a sus respectivos partidos por las políticas públicas que defienden.

Aunque, insisto, los matices son infinitos y, para distinguir las diferencias verdaderas entre las derechas y las izquierdas norteamericanas, nos podríamos tomar tantas horas como tiempo tuviéramos disponible.
Nos parecería irónico, en nuestra herencia masónica y un tanto comecura que la historia nos ha tatuado, a los mexicanos, que en el modelo norteamericano partidista las ideologías en disputa tengan una convicción común: la libertad, no obstante que uno de los bandos la lleve por nombre. Auténticamente, en el sentido amplio del término, el bipartidismo norteamericano comparte la base liberal sobre la que fue fundada su nación.

Este concepto amplio del liberalismo se entiende, sin duda, mucho mejor en palabras de Mario Vargas Llosa, quien ha ocupado un lugar central en mis últimas columnas, en reconocimiento de su premio reciente:
“Como el liberalismo no es una ideología, es decir, una religión laica y dogmática, sino una doctrina abierta que evoluciona y se pliega a la realidad en vez de tratar de forzar a la realidad a plegarse a ella, hay, entre los liberales, tendencias diversas y discrepancias profundas… Estas discrepancias son sanas y provechosas, porque no violentan los presupuestos básicos del liberalismo, que son la democracia política, la economía de mercado y la defensa del individuo frente al Estado.”

(No olvidemos que a este personaje se le cataloga, a menudo, por “las izquierdas”, por ser “de derecha” – utilizo las comillas con toda la intención: no creo en esa distinción maniquea de la filosofía personal).
La pregunta del expositor norteamericano dejó dudoso al auditorio, que no terminaba de digerirla, cuando la primera mano se alzó para contestarla. El participante, con cierta miopía analítica, redujo el problema al ejemplo de las recientes alianzas electorales tan cuestionadas. Eran prueba firme, dijo, de que no existía una ideología en los partidos políticos mexicanos.

Padecemos la sentencia de haber tenido al frente, predominante en el siglo XX luego de nuestra revolución, a un partido político oficial por el que militaron toda clase de ideologías y bandos, sin más definición ideológica que la del efectivo reparto del poder. Padecemos el infortunio de que nuestras “izquierdas” hayan sido producto de una escisión política del partido central, que actualmente son incapaces de autodefinirse y los lazos que mantienen unidos a sus integrantes son cada vez más endebles. Padecemos la maldición de que en nuestro partido “de derecha”, se haya cometido el error fatal de identificar la ética personal con la ética social, a manera de auto condena, ya que más temprano que tarde, se vio claro que el modelo de vida personal no puede descansar en la esfera política partidista: es inevitable que hayan discrepancias e incongruencias –del discurso al ejercicio del gobierno – que la gente no tarda en denunciar. Pues, con las reservas debidas, en palabras de Octavio Paz, “en las democracias modernas no hay verdades absolutas ni partidos depositarios de esas verdades. Los absolutos pertenecen a la vida privada”. Mientras que el resto de los partidos dejan en tela de juicio, siquiera, que tengan ética social alguna, tan necesaria en los cuerpos políticos.

¿Que si tenemos ideologías partidistas? Desde luego. Aunque esta no es una respuesta que se aborde de la misma manera por todos los actores y, sin embargo, la respuesta del actor más importante, la que más ausente se encuentra hoy, es la más necesaria: los partidos no nos dicen más – ni nos demuestran – quiénes son, qué piensan, a qué le tiran una vez que consigan el poder.

Las ideologías partidistas en México, más que ausentes, se encuentran en la incredulidad por la incongruencia que los mismos partidos han sembrado en el electorado. Los jóvenes, concretamente, hemos perdido la capacidad de responder a la pregunta del expositor por el empobrecimiento de la política, “porque la política atrae cada vez menos a los mejores, a los más cultos, a los más idealistas, y entonces la clase política va siendo conformada más bien por burocracias poco imaginativas, que son más administradoras de lo existente que creadoras de lo nuevo. Esa democracia no se ha renovado, carece de ideas que la pongan en la actualidad, y además ha experimentado fenómenos como el de la corrupción”, diría Vargas Llosa.

¿Cuál es el suelo común, aquel que no se discute por la evidencia de su presencia, que los partidos políticos comparten por el hecho de ser mexicanos? Definámoslo y, de ahí, a defender la ideología partidista como un cúmulo de tesis a ser puestas en práctica desde el gobierno. Sin ánimos de imposiciones de éticas personales. Sin ausencia de principios éticos sociales necesarios.(Este artículo fue originalmente publicado en Revista Pandecta)

Consejo Editorial Revista Pandecta, alumnos Escuela de Derecho. @JuanPedroFCG. [email protected]