ESCRITORIO DEL EDITOR.
Fachadas rafagueadas por armas automáticas, coches bomba en las inmediaciones y granadas en el lobby…
No describimos a Iraq, simplemente señalamos los últimos hechos de violencia que han sufrido algunos medios de comunicación en nuestro México. A estos terribles hechos debemos de añadir todos aquellos casos que quedan en el silencio por motivos de seguridad.
La realidad es que el periodismo agoniza en diferentes partes del paÃs. Las historias de impotencia y desamparo de periodistas se acumulan de manera vergonzosa. ¿La historia o la vida? Se preguntan periodistas de distintos estados de la República. La mayorÃa busca maneras para no claudicar a la esencia de su oficio, otros simplemente buscan mejores santuarios.
En un contexto donde tan sólo en este año han sucedido ocho asesinatos de periodistas y 13 ataques contra medios de comunicación, sin dejar de lado 10 periodistas desaparecidos en México desde el 2000, es imposible ignorar el factor miedo que existe. Basta preguntar a cualquier periodista que haya conocido a un colega que lo hayan matado, o que haya estado en un ataque a un medio para que les diga cómo esto los afectó y, en consecuencia, su forma de hacer periodismo.
Hoy la violencia supera las respuestas. Hoy hay más información respecto al patrón de violencia en contra de la prensa, sin embargo, las acciones que pueden salvar vidas, la solidaridad que haga frente a la violencia, el compromiso que dé una voz unida sigue siendo una tarea pendiente. Sin renunciar a exigirles a las autoridades que cumplan con sus obligaciones, lo cierto es que en muchos casos, no es falta de voluntad polÃtica y de acción, es simplemente incapacidad. La debilidad de la autoridad ha provocado que ésta lentamente se retire de cumplir con sus obligaciones. Ante dicho vacÃo ha tomado control un para-Estado con el fin de desempeñar tareas que solamente le corresponde al Estado ejercer, como es el cobro de cuotas y hacer uso de la fuerza.
La polÃtica pública en materia de seguridad carece de los elementos básicos para salvaguardar los derechos humanos (incluyendo la libertad de expresión). Asumirlos como daños colaterales o incidentes aislados debilita la credibilidad y la confianza ciudadana. No hay excusa, simplemente no la hay, para actos de opacidad sobre los delitos que agentes del Estado han cometido en perjuicio de la sociedad. Pensar que el número no representa gran cosa es desconocer la importancia de que la ciudadanÃa ejerza sus derechos.
Afirma la autoridad: “…mejor dejen de publicar esas cosasâ€. El consejo es una señal inequÃvoca de la incapacidad de brindar seguridad, tarea fundamental del Estado. La confianza autoridad-gobernado se ha deteriorado de manera importante. Hoy, como en tiempos del régimen prisita, la libertad de prensa está supeditada a intereses meta periodÃsticos. Es el crimen organizado quien ha obtenido tal poder público que busca influir en las lÃneas editoriales de un sinfÃn de medios de comunicación. Hay periódicos que cuentan con una endeble capacidad para continuar haciendo un periodismo independiente y equilibrado. Otros son obligados a cumplir las instrucciones dictadas desde la ilegalidad. Su integridad fÃsica, obvio, está en primer orden. Este hecho nos regresa a la pregunta anterior, ¿qué hace un diario cuando las autoridades claramente no pueden brindar un contexto de seguridad para ejercer su libertad de expresión? Es ahà donde la sociedad comenzamos a perder, donde nuestro derecho a tener información clara, corroborada, equilibrada y oportuna, está siendo vulnerado. Es inaceptable pensar en una resignación por parte de la autoridad para cumplir con su obligación. Esto serÃa como aceptar que el nuevo poder fáctico tiene el mismo poder que el Estado mexicano. Premisa completamente falsa, pero que ofrece indicios sobre la magnitud del reto que se nos presenta.
























