En Nueva York empezó a nevar el día de Navidad por la noche y no paró hasta mediodía del lunes 27. Para entonces cubría la ciudad un manto de nieve que superaba el medio metro de espesor en Central Park y que obligó a cerrar muchas tiendas, guarderías, las Naciones Unidas, paradas de metro, líneas de tren y de autobús. A primera hora de la tarde del lunes ya se habían cancelado más de 6.000 vuelos. Los principales aeropuertos neoyorquinos, entre ellos el JFK, seguían cerrados y no se contaba con su reapertura antes de las 6 de la tarde en Estados Unidos, medianoche en España.

Un desastre para miles de turistas extranjeros pero también para el propio país, ya que la Navidad es una temporada de intenso tráfico interior en Estados Unidos. Familias que viven lejos y ansían reunirse o simplemente pegarse un homenaje en forma de excursión, por supuesto con «shopping» incluido, a la mítica Manhattan. A los comercios de la Gran Manzana les llevará semanas, quizá meses, recuperarse de las ventas que han perdido por culpa de esta nevada, cuyo efecto se dejó sentir en toda la Costa Este norteamericana.

Muchas personas pasaron la noche en las estaciones de tren y en los aeropuertos, donde se habilitaron literas para dormir. Cuando se acabaron las literas hubo que empezar a acampar en el suelo. Por una noche se igualaron ricos y pobres, ya que en estas fechas es costumbre abrir las puertas de Nueva York a los sin techo, con más razón en estas circunstancias.

La peor nevada en 60 años

No es extraño que nieve en abundancia en estas fechas. Pero hacía sesenta años que no nevaba en esta cantidad y con semejante acompañamiento de viento. Hacía horas que los cielos de Nueva York se habían despejado y por las calles seguían danzando torbellinos de nieve como tormentas de arena helada. Las autoridades activaron los planes de emergencia en varios estados y encarecieron a la población a cancelar sus viajes, y, a poder ser, a permanecer en sus casas.

Los 400 pasajeros de un convoy de metro de la línea A en Nueva York se habían quedado atascados en Queens a la una de la madrugada y el atasco duró seis horas. Los autobuses dejaron de funcionar en bloque. Los coches no es que no pudieran circular por las calles intransitables: es que amanecieron enterrados en nieve hasta las ventanillas. Los trenes de la línea Amtrak, la que conecta Nueva York con Washington, raleaban hasta suspenderse en algunos itinerarios, singularmente los que llevaban a Boston, donde la gente había vaciado las tiendas de productos de primera necesidad como el pan y la leche. Quizás lo hacían recordando la experiencia vivida en Washington el año pasado, con la población atrapada días y días en sus casas, cortes eléctricos, etc.

Hay que decir que toda el área de Nueva York tiene una especial resistencia ante los retos y catástrofes naturales. Que el transporte público se viniera abajo no disuadió ayer a algunos neoyorquinos a emprender el largo camino al trabajo a pie, en medio de un decorado de película de catástrofes. Daban igual las enormes dunas de nieve o los vientos de 30 o hasta de 40 kilómetros por hora. Bien es verdad que instituciones como el parquet de Wall Street abrieron con normalidad, sin atender a más turbulencias que a las propias.

Frenesí

A medida que avanzaba el día la situación se iba normalizando y la mayoría de las 170.000 personas que a diario toman el metro al trabajo pudieron hacerlo simplemente arrostrando una media de quince minutos de retraso. En las zonas más laborales y comerciales de Manhattan las máquinas quitanieves avanzaban con frenesí y se arrojaban toneladas de sal a las calles, mientras en los barrios más residenciales eran los propios vecinos los que le daban con vigor a la pala para desbloquear las puertas y las escaleras de sus casas.

Fuera de los límites urbanos de Nueva York todavía era peor. Alrededor de cincuenta personas quedaron atrapadas en dos autobuses turísticos procedentes de Atlantic City, en New Jersey, en la medianoche del domingo al lunes. La policía consiguió desatascar uno de los autobuses de la nieve pero bien entrada la mañana del lunes no había podido desatascar el segundo. Cerca de cincuenta coches habían quedado asimismo inmovilizados cerca de este autobús. La mitad de ellos quedaron abandonados allí por sus conductores, que optaron por escapar a pie.