ESCRITORIO DEL EDITOR.

Cuando  las cosas están mal, ciertamente pueden llegar a estar peor. 

En el caso de México, país con  inseguridad perenne,  con un nivel educativo que nos coloca en los últimos lugares, con un nivel de corrupción que nos ubica en la indeseable compañía de Sudan,  uno pensaría  que las cosas no podrían estar peor. Pero… si se puede estar peor. Simplemente veamos  el estado que guarda la impartición de justicia en México.

El problema de la escalofriante impunidad en México (mas del 95%) tiene varias aristas. Analicemos una, el mediocre estudiante de Leyes, ese que se decide por una carrera tradicionalmente sin mayores exigencias intelectuales; en el caso particular de Morelia se afirma,  mitad en serio mitad en broma, que lo más difícil de Leyes  es atravesar el acueducto. El abogado egresa y obtiene una cédula contando con una preparación en el mejor de los casos discutible ya que no hay verdadero filtro de ingreso y egreso. El “abogado”, sin más limitantes que el tiempo disponible, puede, si así lo desea, evolucionar a penalista, ministerio público o juez, de acuerdo no a su capacidad, sino a sus personales relaciones y conectes. ¿Estructuras que los certifiquen, avalen y vigilen?  Pertenecen al reino de la ilusión.

Los casos de Hugo Alberto Wallace, Fernando Martí y  la hija de Nelson Vargas, entre otros, nos dan una idea exacta del verdadero nivel y capacidad operativa del aparato de justicia mexicano. Y justo cuando se premiaba a Isabel Miranda por su tremendo esfuerzo para llevar a la justicia a los asesinos de su hijo nos revienta en la cara un caso mas de estupidez legal; el asesinato de Marisela Escobedo.

El asesinato de Marisela es altamente emblemático. La señora se manifestaba frente al Palacio de Gobierno en Chihuahua exigiendo justicia para su hija asesinada cuando fue abatida por un sicario a la vista de todos. Marisela intentaba, con los recursos a su alcance,  movilizar una institución en la que se nos ha pedido confiar.  Los sicarios que la ultimaron también nos dan un mensaje, la mataron a las puertas del Poder Ejecutivo de Chihuahua, para desafiar la eficacia de ese gobierno. 

Vale la pena recordar el origen de esta tragedia que inició hace un par de años en Cd. Juárez. Fue ahí donde Rubí Marisol, la hija de Marisela, tuvo la mala fortuna de unirse con  un tipo llamado Sergio Barraza.  Un día, por la razón que sea,  Barraza mató a la joven Rubí, y no tuvo mejor ocurrencia que descuartizarla, quemar los pedazos y tirar a la basura los restos. Ante la desaparición de su hija, Marisela acude a las autoridades. ¿Que paso?,  La regañaron, le gritaron, se burlaron de ella y le dijeron que se pusiera a repartir volantes. Humillada, eso hizo. Fue de esta manera como descubrió que Barraza alardeaba de  su crimen con sus amigos del barrio. La señora lo buscó y lo encontró en Zacatecas.  Detenido, Barraza confesó su crimen y dijo  dónde estaba el cuerpo. Imagino que la señora Escobedo pensó que aquello sería el final de su calvario. Pero no contaba con la estulticia del Ministerio Público ni con la imbecilidad de los jueces de Chihuahua. Los errores técnicos en la investigación pesaron más que la detallada confesión de Barraza. Contra toda lógica,  con un pensamiento esquemático como solo puede tenerlo un juez, el asesino fue absuelto por unanimidad. Con seguridad él más sorprendido debió haber sido el propio criminal, quien, durante el juicio (oral), había ya pedido perdón.

Obviamente después del juicio Sergio Barraza huyó.  Marisela  siguió peleando. Y a pesar de ser tildada de poco menos que loca consiguió que, en una segunda instancia, su yerno fuera condenado a 50 años de cárcel, pero el asesino ya estaba prófugo. La policía fue incapaz de localizarlo, pero Marisela de nuevo consiguió ubicarlo en Zacatecas, Barraza logró escapar y la policía, torpe e inútil, le perdió el rastro. Marisela suplicó ayuda al gobierno de Chihuahua, buscó el apoyo del gobierno federal pero nadie, salvo algunos organismos internacionales, le hizo caso. En algún momento de este año, comenzaron a amenazarla. Ella, ilusa, pidió protección y fue a montar su protesta afuera del Palacio de Gobierno de Chihuahua. La noche del jueves, un hombre se le acercó,  la persiguió hasta los escalones de la sede del gobierno, y la mató de un balazo en la cabeza.  Una víctima más del corrupto e ineficaz aparato de justicia de este país.  La señora Escobedo confió en la justicia…  y  perdió.

Imposible no enfurecerse  al ver ese monumento a la estupidez compuesto por esos tres jueces que exculpan unánimemente al acusado, incluso después de que el propio acusado había pedido perdón a la familia y declarado que sabía que lo que había hecho era irreparable. 

Esos son nuestros jueces, esa es nuestra justicia.