ESCRITORIO DEL EDITOR.

Seamos claros, la gran mayoría de los intelectuales y académicos públicos en México no están acostumbrados a la crítica.

La ven como un ataque personal y no como un intercambio de ideas. No les gusta que les mencionen sus errores, pues se sienten que viven en una torre de cristal desde la cual, en su total pureza, pueden decir incluso barbaridades y éstas les serán aplaudidas sin reparo por sus adictos seguidores. Más aún, en las Universidades, a los alumnos se les enseña esa actitud de origen medieval de no contradecir al “maestro”.

Muchos “profesores” embebidos de egolatría, se atreven a poner en sus programas de materia sólo los textos que ellos han escrito. Varios de éstos y otros más, llevan al absurdo su soberbia de autocitarse sin cansancio en sus supuestas obras académicas. No buscan crear conciencias, sino mantenerlas en la obscuridad, no buscan crear escuela, sino secuaces discípulos. Peor todavía, los alumnos y seguidores creen a pie juntillas que ello es sano. Una situación que se repite más allá de las aulas y se expande en el ámbito de la opinión pública.

Las estampas son muchas, y el caso de Carlos Salinas y sus críticas en su último libro (Democracia Republicana, Debate: 2010) a algunos de los más leídos e influyentes intelectuales en México se suma a tantos ejemplos que se pueden extraer de nuestra triste realidad. Y no porque Salinas sea el más indicado para hacerlo, pues repitiendo una trillada analogía, pedir que escoja entre Carlos Salinas y Enrique Krauze es como pedirme que elija entre darme un balazo en la pierna o en el brazo. Empero, aún no compartiendo toda su crítica –muy a modo- hacia Krauze, ya citado, Lorenzo Meyer, Jorge Castañeda y Sergio Aguayo, era necesario que alguien, fuera quien fuera, bajara de su nube a algunos de los intelectuales en el país, aunque dudo que por mucho tiempo.

Muchas de nuestras stars intelectuales, líderes de opinión pública en México, padecen esa soberbia intelectual que atacó al politólogo estadounidense Samuel Huntignton en la última fase de su vida académica. Para quien lo conozca bien, una cosa es su libro “El orden político en las sociedades en cambio” (1968), una obra rigurosamente fundamentada y metodológicamente bien lograda, y otra “Quienes somos: Los desafíos a la identidad nacional americana” (2004), un panfleto de corte racista disfrazado de argumentos seudopolitológicos que por ser de un académico reconocido, se aplaudió por algunos como una obra de consulta (en México, el sociólogo Fernando Escalante, 2004, se encargó de coordinar un opúsculo que desenmascara las barbaridades de Huntington). De la misma forma, en México muchos intelectuales padecen el síndrome de Samuel Huntington (y no se confunda con la enfermedad neuropsiquiatrica), es decir, que escudándose en su amplia carrera académica, sacan a relucir sus filias y fobias en textos y opiniones que no son más que panfletos viscerales disfrazados de verdades científicas sólo porque quien las escribe tiene un perfil académico y se escuda en ello.

Gran parte de los académicos que hoy son figuras intelectuales públicas, son también culpables de nuestros rezagos, de nuestros mitos que nos mantienen de rodillas y de un aislamiento cultural enorme, que sólo ellos se encargan de negar. Baste señalar el mito, o mejor dicho, mitote, de que México es un actor esencial en la arena política internacional. Que la diplomacia mexicana ha marcado un antes y un después en el concierto internacional. Mito que repiten los políticos hasta el cansancio, pero que los intelectuales y académicos debieran corregir. No, no lo hacen. En las universidades los estudiantes de Relaciones Internacionales sobre todo, quedan con esa imagen. Incluso en los exámenes de ingreso al servicio diplomático les solicitan que se aprendan de memoria los mitos de la diplomacia mexicana (la “Doctrina Estrada”, por ejemplo). Basta ver que cuando se analizan los textos de relaciones internacionales de otras regiones, sobre todo de Europa y Estados Unidos, México no aparece siquiera, quizá y sólo por casualidad, al pie de página. Incluso, hace décadas que México dejó de ser el supuesto “líder” –si alguna vez lo fue- de América Latina, siendo sobrepasado por Brasil, Chile y Argentina, y en los últimos años incluso por Venezuela.

Como ejemplo, en los últimos tratados comerciales realmente eficientes para el comercio regional, ninguno ha sido iniciativa de México, y sobre todo, nuestro país de llegar a participar –como en el Mercosur- los hace de manera marginal. Pero en las universidades se sigue enseñando una historia diferente, que México es “líder” (?) en América Latina, y nuestrasstars intelectuales lo siguen defendiendo, añorando los años de ese supuesto liderazgo inexistente, y repitiendo esa imagen hasta el cansancio en los medios impresos, la radio y la televisión.

Criticar en México está mal visto. Y si un escritor, académico, artista o intelectual famoso dice una sandez, no importa la invalidez del argumento, por el sólo hecho de que él lo dijo, se convierte en verdad absoluta, y se repite hasta el cansancio.

Los casos recientes abundan, pero el ejemplo por excelencia fue el famoso término que acuñó Vargas Llosa, quien con sus amplias credenciales politológicas se atrevió a decir allá a inicios de los años noventa del siglo XX que el régimen priísta era una “Dictadura Perfecta”. Vargas Llosa, quizá sin haber leído nunca un texto de regímenes políticos comparados, o haber consultado las amplias referencias sobre la clasificación de los regímenes de partido dominante, logró incluir en el lenguaje de muchos politólogos mexicanos un término que es un barbarismo científicamente hablando. Incluso una de las “respetadas” politólogas más conocida por sus arengas antipriístas que por su calidad académica se encargó de extender tal barbarismo que hoy muchos lo toman como referencia.

En estricto sentido la “Dictadura” tiene como origen esa capacidad que tenían los cónsules romanos de la antigua república romana para dictar –propiamente dicho- normas que aseguraran el bienestar del Estado sólo bajo ciertas condiciones. El ser dictador era un cargo temporal, César y luego Octavio se encargaron en su época de modificar esa figura adjudicándose a vita tal facultad. En el siglo XX una dictadura se relaciona con aquellos regímenes militares que habiendo accedido al poder por la fuerza y no por el voto popular, sin ningún contrapeso, controlaban los poderes, dictaban las leyes, cancelaban la oposición formal y limitaban o dirigían la opinión pública.

El régimen priísta no era eso, era un régimen de partido dominante, y se comportó en algunos periodos sin duda como régimen autoritario. Pero de allí a ser una dictadura, hay un gran trecho. Pero como lo dijo Vargas Llosa, y lo repitió hasta el cansancio una politóloga que sale en la televisión, entonces una tontería se convirtió en una verdad que nadie se atreve a criticar. Hoy que en Sr. es ya Premio Nobel, prácticamente será imposible desmentirlo.

Pero no sólo los intelectuales deberían rectificar. Aunque reclamarles que se bajen de su nube es como pedirle peras al olmo. No está en su naturaleza. Somos sus lectores quienes también deberíamos estar obligados a ser críticos. Esta condición es más desarrollada en algunos países que en otros, desafortunadamente México no es un país dónde se ejerza con regularidad. Aceptamos y practicamos la crítica fácil: al gobierno. Todo lo malo que sucede en nuestro país es culpa del gobierno, de los malosos, de una mafia, de un complot o de una concertacesión. Bajo esta comodidad mental, la sociedad mexicana gobernada es un ente de pureza que siempre tiene la mala suerte de estar sometida por una élite perversa. Esta imagen mítica-histórica de sociedad sufrida debe o debería ser matizada por nuestros intelectuales públicos, aquellos que dominan la opinión pública en los medios de comunicación, sea la prensa, la radio o la televisión. Los pocos que lo hacen son los menos escuchados u opacados por aquellos que tienen más espacios utilizando sus contactos.

Nuestros intelectuales orgánicos, como los llama Salinas siguiendo a Gramsci, prefieren esta comodidad. Más aun, se asumen como apolíticos –aunque no sea posible serlo- y puristas de la opinión. Enrique Krauze o Aguilar Camín nunca aceptarán ser unos intelectuales que se acomodan a las modas del partido en el gobierno, Meyer, Aguayo o Aristegui nunca aceptarán abiertamente que en el fondo sus opiniones apoyan y aplauden a ese sector que está llevando a la izquierda a un barranco y dejándoles camino libre a la derecha y el PRI, y más casos por el estilo. Los intelectuales de derecha ya los conocemos, lo preocupante es que de los intelectuales que más esperamos prefieran esa comodidad que tanto hace daño a nuestra nación.

En algo que Salinas se equivoca, o no abunda, es que Gramsci no sólo se queda en señalar que es intelectual orgánico. Si una sociedad debe cambiar, no sólo necesita de un líder y de un proyecto (en su caso Gramsci abogaba por el comunismo), sino de intelectuales orgánicos, pero abundaba también en la idea de hegemonía, es decir, el proyecto deseable debía estar en las conciencia social, en cada individuo, en específico en la sociedad civil.

El intelectual orgánico era en todo caso, desde la perspectiva gramsciana, un puente entre el proyecto y la sociedad civil. Salinas se equivoca, a los que él llama intelectuales orgánicos no les interesa crear hegemonía, su interés está en mantenerse como portadores de la verdad (es decir, su verdad) o profetas del fatalismo, pero no comprometerse, mantenerse en su torre de cristal, y en la comodidad de criticar al gobierno pero deseando en el fondo que las cosas no cambien.