No sé quién todavÃa me hizo llegar el siguiente anónimo que figura en la cripta de Westminster de un obispo de 1100 d.C. La cripta reza asÃ: “Cuando era muy joven quise cambiar el mundo hasta que me di cuenta que no cambiarÃa. En mi madurez me resigné en cambiar únicamente a mi familia y seres más próximos. Tampoco ellos quisieron saber nada. Ahora, ya viejo, me doy cuenta que si hubiera empezado por cambiarme a mà mismo, la familia habrÃa seguido mi ejemplo y, tal vez, el mundoâ€.
Si hubiera podido hablar con aquel obispo le habrÃa intentado convencer de que estaba equivocado; de que tenÃa toda la razón al comienzo y que hubiera debido insistir en cambiar el mundo de afuera, en lugar de mirarse a los intestinos como quiso hacer al final.
Los neurocientÃficos nos están enseñando que es muy difÃcil distinguir entre las decisiones conscientes e inconscientes -las más-, de nuestro propio cerebro. Lo importante es la manada de la que formamos parte y no tanto uno mismo. Sugerirle a la manada nuevas maneras de reducir los Ãndices de violencia, de incrementar los de altruismo, de gestionar sus emociones en lugar de dejarse arrebatar por ellas, de trabajar cooperativamente en equipo, de solucionar conflictos en lugar de crearlos, de constatar que hay vida antes de la muerte, de aprovechar el hecho de que la felicidad está en la sala de espera de la felicidad, de que en el mundo globalizado de hoy es imposible liderar sin conocer los ritos de la manada y practicar la democracia. De que por primera vez en la evolución la gente tiene futuro.
Veámoslo juntos en el 2011.























