Uno de los temas que ha ido ganando un lugar irreemplazable en las democracias modernas y en la formación de la opinión pública es el de los medios de comunicación. En la actualidad no es posible describir, explicar o predecir el funcionamiento de la política sin tomar en cuenta el complejo mundo de la comunicación masiva. Para bien o para mal, lo mediático y la democracia forman en el presente una pareja indisoluble.

En torno de los medios de comunicación se puede hablar de muchos temas y de diversas maneras. Lo mediático introduce al mundo de los escándalos, por igual de personajes políticos o artísticos, al “ventaneo” de la corrupción, a la trivialización de los mensajes políticos y al engrandecimiento de lo frívolo. En suma, lo mediático conduce a un mundo temáticamente expansivo.

Al igual que en otras democracias, el examen del papel de lo mediático en la configuración de la ciudadanía tendría que considerarse un capítulo continuamente abierto a la exploración, a el análisis y a la reflexión, máxime si se vive, como en el México de la actualidad, que todos los días nos bombardean con nuevas noticias de enfrentamientos políticos, sociales o criminales.

La condición y el tipo de ciudadanía que queremos construir son el tema central de la nueva etapa de la democratización mexicana y al mismo tiempo el asunto más requerido de continua reflexión, puesto que al internarse en este campo, tarde o temprano, se termina cayendo en la cuenta de que se trata de un territorio vasto y complejo. Es un tema situado en múltiples ámbitos y sometido a continuos cambios. Una de las esferas en que dicha condición está sujeta a poderosas fuerzas es la de la comunicación masiva, especialmente en lo relacionado a la que tiene lugar en medios electrónicos.

Al combinarse democratización reciente e innovaciones en la comunicación los principales impactos sobrevienen en los espacios públicos. La comunicación cohabita con la pluralidad, ello entraña la explosión en la información y la desinformación, así como la implacable competencia para captar la atención y el interés de todo aquello que puede pasar al campo de la comunicación gracias al proceso de convertirlo todo en objetos comunicables.

Así, los medios incluyen sus intereses particulares en el proceso de mediación, transformando inevitablemente el resultado de la información transmitida, es decir, no sólo comunican sino forjan la opinión del receptor de la información.

Bajo este contexto se vuelve muy delicado el papel de los medios de comunicación, la línea entre la información y la apología de la violencia o el crimen es a veces imperceptible, dos casos recientes lo muestran.

Por un lado la acusación vertida por la procuraduría de Quintana Roo en contra del cantante Kalimba que, con inusual rapidez, en menos de un mes acusaron, citaron, culparon y aprendieron al artista, caso que de no ser por los medios de comunicación y la relevancia del inculpado seguramente jamás se habría atendido con tanta atingencia; cual “reality show” todo México siguió las entrevistas a los involucrados, incluso a una menor de edad que por ley debiera estar protegida la difusión de su identidad.

Otro caso exageradamente mediatizado ha sido el del famoso J.J., narcotraficante y supuesto atacante de un futbolista; como si fuera galán de telenovela, vestido con ropa de marca internacional, lo entrevistan en todas las televisoras en un contexto y con preguntas que, sin pretenderlo directamente, promueven un modelo de ciudadano que ha sido capaz de obtener poder, dinero y mujeres, a través de actividades criminales.

Los límites éticos de no pocos medios de comunicación están poco claros en esta época en donde importa más la forma y “rating” del mensaje que la propia esencia del mismo.

Aclaro, no proponemos que se coarte la libertad de expresión pero sí que los medios de comunicación ejerzan con mayor ética la autocensura y reflexionen sobre el tipo de mensajes que están enviando para la formación o deformación de nuestra ciudadanía.

Si tanto hablan algunos comentaristas en la televisión de la conveniencia de cambiar la estrategia en el combate a la delincuencia sugiriendo que, entre otras cosas, ésta se debe basar en la educación en valores y en la prevención, ¿no deberían pugnar también para que los medios de comunicación aborden desde otra perspectiva, más prudente, las noticias que genera este grave problema?