“Cuando se tiene miedo, uno no se hace alcalde”, así lo escribió en el año de 1953 él, por esas épocas, popular escritor italiano Giovanni Guareschi. Se refería, ni falta que hace aclararlo, a ese requisito indispensable  que debe tener todo buen funcionario: Valor para hacer lo correcto.

Un funcionario, un gobernante, está obligado a tomar decisiones. Puede que no le agraden o que sean  impopulares, eso no importa, es su obligación y para eso le pagan. No es alternativa el quedarse paralizado, o transferir la responsabilidad a otro. Eso es de cobardes.  

He leído en algún lugar (ignoro si la historia es cierta) el caso de un  profesor universitario que les planteaba todos los años a sus alumnos un dilema moral: Imaginemos, decía, que usted es un Gobernador Británico en la India, en tiempos del Imperio, y que recibe una información acerca de que en unas horas se va a producir algo que era bastante común en el siglo XIX, el sacrificio humano de una mujer a manos de una secta. Tiene tropas a mano, pero hay poco tiempo para una operación preventiva, y sabe que si envía a los soldados, se producirán muchos muertos entre la secta, ya que resistirán con ferocidad y saña. ¿Que haría usted?.

Contaba el profesor que los alumnos que se presumían “de izquierda”, mayoritariamente se  resistían a tomar una decisión. La respuesta habitual que daban era que, en primer lugar, los británicos no tenían nada que hacer en la India. Esa y otras respuestas por el estilo, eran la mejor solución para no tener que hacer lo que más temían: Tomar una decisión concreta.

El error de estos abstencionistas morales es bien claro: No podemos elegir las condiciones en las que tenemos que tomar nuestras decisiones. Sería ideal, pero lamentablemente, no podemos. Las condiciones nos vienen impuestas. Si  un experto nadador  ve a una persona que se está ahogando en un mar embravecido, puede tomar dos decisiones: Arrojarse por él, arriesgando la vida, o considerar que el riesgo de muerte es muy grande y por lo tanto decidir no hacerlo. Lo que no se puede hacer es justificar la inacción con el argumento  de que, en primer lugar, la persona que se esta ahogando no debería estarse bañando en ese lugar. Se debe tomar la decisión con las condiciones que hay, no con las que nos gustaría que hubiera.

Esa falta de valor se observa mas de lo quisiéramos en nuestro país en el manejo de esa infinidad de problemas, algunos ancestrales, que mantienen hundida a nuestra sociedad: La corrupción en el aparato de justicia, la colosal ineficiencia de las autoridades responsables de la educación en todos sus niveles, la impunidad con que operan la delincuencia pues es bien sabido que si los delincuentes no son detenidos en flagrancia la posibilidad de que comparezcan ante la ley es remotísima, por la elemental razón de que la capacidad de investigación por parte de la policía es virtualmente inexistente, tanto por limitantes materiales como cognitivos, eso sin considerar que algunos están a sueldo del crimen organizado. Para el ciudadano común, ese que padece las ineficiencias del Estado todos lo días, es inaceptable el temor que muestran los supuestos responsables de aplicar la  ley al querer disfrazar su miedo como prudencia. Evitar tomar una decisión dura escudándose en el  sobado argumento de que “en este momento no se dan las condiciones” no es más que una claudicación moral y una cobardía absoluta.

La mayoría de las veces no es fácil tomar decisiones, pero ese es precisamente el trabajo de los funcionarios; hay que elegir la alternativa mas adecuada aceptando las circunstancias como son, no como nos gustaría que fuese.  La táctica del avestruz ignoro si les sirva a los avestruces, pero a los humanos jamas nos ha servido de nada. Solo ha complicado las cosas dejándolas avanzar y empeorar.

¿Cuantas veces hemos visto crecer un problema por no atenderlo a tiempo?.  Situaciones que manejadas inicialmente con la simple aplicación de la ley se podrían haber resuelto a un costo mínimo; por miedo se dejan crecer hasta evolucionar a  prolongados y severos conflictos con costos y pérdidas importantes. Ejemplos en México hay muchos, y en Michoacán mas:  El magisterio “democrático”, la CUL y las casas de estudiante, los asentamientos irregulares, el caos en el transporte público, y el peor y más peligroso, el  narcotrafico, cáncer que ha permeado  todos los niveles. Podríamos añadir mas y más casos que nos llevan a la misma conclusión: El miedo es mal consejero.

¿Tendremos algún dia funcionarios y gobernantes con sentido común, competentes y decididos?. Conociendo nuestros políticos no lo veo posible. Si de algo han dado sobradas muestras es de prepotencia ante el débil, incompetencia supina y temor ante la menor amenaza. Pobre México.