¿A que nunca se lo hubieran podido imaginar? Pues ya ven. Una noche te acuestas pensando que, a pesar de la que está cayendo, eres razonablemente cuerda y optimista y a la mañana siguiente descubres con horror que formas parte de un colectivo de trastornados. Se preguntarán que cómo he llegado a tan inquietante conclusión, asà que trataré de explicarme lo mejor que pueda.
El dÃa uno de enero estaba totalmente decidida a desafiar a los maledicentes y a comenzar el recién estrenado 2011 cargada de esperanza. En diciembre habÃa pasado por taquilla para ver Biutiful y llegando a la conclusión de que, comparada con sus protagonistas, no habÃa persona en el mundo más afortunada que yo, de modo que me hallaba en plena forma para enfrentar cuantas crisis se me pusieran por delante. En un alarde de originalidad sin precedentes, mis propósitos para el Año Nuevo se centraban en neutralizar a los agoreros que escupÃan sin piedad sus peores pronósticos para los futuros trescientos sesenta y cinco dÃas pero, cuando todavÃa estaban los Reyes Magos iniciando la vuelta al desierto, me descubrà frente al televisor, mando a distancia en mano, asistiendo a la avalancha de desgracias pronosticada por aquellos portavoces del pesimismo.
Que si Australia estaba soportando las mayores inundaciones de su historia, que si en Brasil los muertos se contaban por centenares debido a un corrimiento de tierras, que si en el primer aniversario del terremoto de Haità los damnificados se encontraban igual o peor que el dÃa de autos, que si en Túnez habÃan decretado el toque de queda para sofocar las protestas antigubernamentales… De puertas para adentro, el panorama tampoco era demasiado halagüeño. El paÃs sumido en una crisis económica feroz, los fumadores en pie de guerra, un consejero autonómico agredido por los puños americanos de los antisistema, una ministra cuyo extravagante Anteproyecto de Igualdad de Trato pretende castigar el menosprecio al ajeno sobre unas bases altamente discutibles, el colectivo senatorial instalado en su nueva Torre de Babel mientras dilapida los exiguos fondos estatales en traducciones innecesarias…
Sumida en una inexplicable tristeza, apagué la máquina infernal y me dediqué a buscar en la barra de Google el término “felicidad” como un náufrago el chaleco salvavidas. Necesitaba constatar que semejante aluvión de desdichas no habÃa hecho mella en mi estabilidad emocional y fue entonces cuando, por fortuna, reparé en las conclusiones del Primer Congreso Internacional de la Felicidad celebrado en Madrid hace apenas tres meses. Desmontando las teorÃas del psiquiatra británico Richard Bentall, partidario de considerar la felicidad como un trastorno mental, un grupo de expertos tan prestigiosos como Javier Urra, Eduardo Punset, Bernabé Tierno o Alejandra Vallejo-Nágera llegaron a la conclusión de que la felicidad es, ante todo, una actitud que comporta grandes dosis de voluntariedad. Saber que, si se asocia a un trayecto y no a una meta las posibilidades de alcanzarla aumentan considerablemente, consuela y reconforta. Contra todo pronóstico, incluso en épocas de crisis, ser feliz es posible y está al alcance de casi todas las manos. Cada individuo tendrá que descubrir su fórmula personal e intransferible y, aunque los informativos funcionen como trágico escaparate de la convulsa coyuntura actual, deambular entre la decepción y el hartazgo no es la solución. Sólo se vive una vez y, mientras podamos abrazar a quienes amamos, reunirnos con amigos, leer libros, escuchar música, ver amanecer, pasear por la playa o disfrutar de múltiples actividades ajenas al poder adquisitivo, ni el peor de los gobernantes nos lo podrá impedir. Ojalá los telediarios nos lo recordaran de vez en cuando.
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