A un año de la tragedia, en Angangueo parecería que las cosas no han cambiado.

Fueron precisamente a ellos, a los que murieron arrastrados por avalanchas de lodo y agua, a los que se dedicó la jornada de aflicción. Porque siguen presentes en los pensamientos, en los corazones y en los rostros tristes de los anganguenses que hoy se sintieron más damnificados que nunca.

Los nombres escritos de las víctimas encabezaron una de las 2 procesiones que los habitantes de este municipio. Por eso hoy no hubo protesta, sino solo recuerdos de la lluvia incesante, de los cerros que se desmoronaban, de la prisa por poner a salvo la vida, sin importar las posesiones materiales que, de todos modos, se perdieron.

Cobijados por el frío de la tarde invernal, sacudidos por el viento que azotó la cañada en la que se asienta Angangueo, los habitantes del municipio organizaron dos procesiones, con un único fin: no olvidar, para que la tragedia no se vuelva a repetir.

Sin la presencia de las autoridades municipales, estatales y federales -que de todos modos los han dejado solos todo este tiempo, a pesar de las promesas- salió la primera procesión de las comunidades de Dolores y Catingón, dos de las zonas más dañadas.

Llegaron al Sauz, en donde también se perdieron decenas de casas y de vidas. A pesar de los trabajos que se han realizado para desazolvar las corrientes de agua, el tiempo parece no haber pasado porque en general, todo parece igual. Incluso, en los momentos de silencio, aún parecía escucharse el sonido furioso del agua desatada.

    La otra procesión salió del entronque de La Junta, en camiones que al frente tenían tatuados los nombres de los fallecidos. Los vehículos también llegaron a El Sauz, el lugar que hace un año se convirtió en el epicentro de la tragedia que todavía provoca tanto dolor.
    Fue ahí en donde se llevó a cabo la misa por el primer aniversario del desastre de este viejo pueblo minero que, a pesar de todo, no se deja vencer. Familiares de las víctimas se dieron cita y, juntos, en medio de la oración, recordaron a los caídos.

    Al término de la misa, la gente se negaba a retirarse a sus hogares -si es que se le puede llamar así a los lugares en donde muchos de los damnificados se refugian-. Así que se comenzó otro peregrinar por las comunidades de San Pedro, El Melón y calles de la cabecera municipal.
    Instintivamente, la gente siguió el mismo recorrido que el agua de lluvia, furiosa, realizó los fatídicos 2, 3 y 4 de febrero. Mucha gente, pensativa, más que el presente, vivía el pasado, su propia experiencia del día que la tragedia los alcanzó.

    En medio de la reflexión, una coincidencia: la tragedia del 4 de febrero de 2010, que destruyó además Ocampo, Tuxpan, Tuzantla y comunidades de Zitácuaro, será recordada siempre.

Angangueo sigue herido. Pero no, su gente no se da por vencida y, pese a que falta mucho por reconstruir y es poco el recurso disponible, no dejarán, nunca, morir a su pueblo.