Desde la perspectiva universitaria somos educados bajo el canon de lo que el derecho debe ser y de hecho es.

Son muchísimas las tareas que diferentes profesores y autores le achacan al derecho; desde el desarrollo económico estable, la administración e impartición de justicia, la defensa de los derechos humanos o fundamentales o del hombre – o como quiera llamárseles – hasta la más tradicional y común tarea positiva atribuida a nuestra ciencia de la regulación de la sociedad.

Se nos olvida que la Ley, como máxima expresión del derecho positivo de nuestros tiempos, más allá del poder regulador que tiene desempeña un papel educativo como pocos actores pueden desempeñarlo. A menudo las discusiones en torno a la regulación de algún tema controversial, en medio de una falta de liberalismo bien entendido, a los legisladores, consultores y abogados se les olvida cuestionar el efecto educativo que tendrá tal o cual nueva regulación de la realidad. Me explico.

Ayer se conmemoró que apenas hace 57 años las mujeres pueden votar en el país. Seguramente que en esos tiempos las voces de acuerdo con esa discriminación no eran pocas. Me atrevo a afirmar que habían muchas mujeres que así lo creían correcto: limitar la esfera de la política a los varones; ellas tenían otras competencias y tareas en la vida, pensaban. Se hallaba en la consciencia colectiva un pensamiento común que podríamos enunciarlo así (de manera muy reduccionista): la mujer no intervenía en los asuntos de la política y el varón no intervenía en los asuntos del hogar.

La diferencia accidental sexual entre el hombre y la mujer se hacía más grande en la consciencia colectiva de la población al pensar que, en efecto, el hecho de que las mujeres no votaran estaba sobreentendido, muchas veces consentido, y en no pocas ocasiones defendido con el discurso y la pluma supuestamente fundamentados. Poco a poco surgieron mujeres quienes, inconformes con la desigualdad en derechos que vivían, cuestionáronse ese conformismo para salir a las calles protestando su derecho de participar en términos iguales que los varones. Esas pocas mujeres en relación a la mayoría conformista finalmente provocaron el cambio en la legislación: las mujeres podían votar ya. Desde 1953, a 57 años del reconocimiento del voto de la mujer, la consciencia colectiva ha cambiado por completo al respecto. Es completamente inconcebible imaginar hoy una pluma o una voz que niegue la igualdad entre el hombre y la mujer, más allá de la diferencia sexual ontológica que nos distingue.

El enorme poder educativo que tiene la ley logró llevar al pensamiento común la igualdad entre hombres y mujeres.

De la misma forma se defendió la esclavitud en su momento y se consintió en ella, hasta que fuera prohibida y finalmente asimilada, colectivamente, como el grave error que es. Así también el apartheid de los negros en distintos países fue igualmente fundamentado en su gestación y desmentido en posteridad, traducido en una prohibición legal que finalmente transformó la consciencia social para afirmar la innegable igualdad y la prohibida discriminación en razón de color o raza. Estos ejemplos coinciden en que la ley sirvió de herramienta educativa para sacar a la sociedad del error en el que estaban con el cambio de regulación. Sin embargo, también la ley logró la educación de millones de personas para consentir en las supuestas bondades del régimen socialista vivido en el siglo XX en la Europa occidental, o la educación de la Alemania Nazi para consentir en la discriminación hacia el judaísmo defendiendo las estrategias hitlerianas. 

Ejemplos en gestación también existen. Durante las audiencias en la Corte en relación con la permisión del aborto en el DF, los menos radicales entre quienes defendieran al aborto argumentaban que, al final de cuentas, la despenalización del aborto no obligaba a nadie, simplemente habría una opción a quienes quisieran deshacerse de su bebé, y quienes no quisieran que permitieran su nacimiento, sin más. Nada más alejado de la realidad. Se olvidaron del papel educativo de la ley. Actualmente ante un embarazo inesperado o indeseado de nuestros contemporáneos la opción del aborto aparece como uno más de los escenarios posibles en personas que quizá hace algunos años ni siquiera se lo planteaban; ante un embarazo, un bebé y punto, pensaban. Pero la percepción social del fenómeno va cambiando y las conductas permitidas por nuestras leyes son muchas veces asimiladas como correctas por sus destinatarios.

La ley desempeña un papel principalmente regulador, nadie lo duda. Pero el efecto educativo de su papel regulador no es menos importante.

Si bien las tareas del derecho traducido en ley en nuestra sociedad son extensas, a menudo pareciera que el derecho positivo es quien tendrá la última palabra en todos los ámbitos. Parece que vivimos hundidos en la soberbia de que el derecho debe regularlo todo, debe saberlo todo, debe conocerlo todo; meter sus narices en lugares recónditos y desconocidos por falta de humildad frente a la necesidad innegable del auxilio de los expertos en el contenido de la ley. Un derecho positivo omnicompetente: desde las relaciones amistosas hasta las amorosas; desde la creación de la riqueza hasta su distribución; desde la generación de la vida hasta la terminación de la misma. Gracias a la positivización de principios del siglo XIX, sufrimos hoy las consecuencias de la orfandad de contenidos. Donde antaño los abogados echaban mano de la filosofía, de la medicina, de la filología o de las ciencias en general, hoy no son más que técnicos de aplicación de la ley y desde esa trinchera completamente formal pretenden jugar al filósofo, al médico o al filólogo.

He ahí la importancia de que, cuando la ley quiera inmiscuirse en una nueva materia – como comúnmente lo hace – no se olvide del efecto educativo que lleva implícito. Al involucrarnos en materias incompetentes al derecho y al creer que lo podemos todo sin los conocedores de dichas materias, quizá sea demasiado tarde para rectificar cuando veamos a nuestra sociedad pensando acorde con una ley desatinada con la realidad.

La lección y la advertencia son muy claras: la ley educa, para bien o para mal. No vale decir que la ley será simplemente una permisión o una prohibición, pues detrás de la permisión se halla un efecto educativo masivo. La consciencia débil de la gente, más tarde que temprano comienza por compartir lo permitido y aborrecer lo prohibido. De ahí la necesidad de cuestionarse las bondades o maldades en sí mismas de las conductas prohibidas o permitidas.