Uno de los problemas más serios en la actualidad es el de las adicciones, por lo tanto, si es que en realidad deseamos evitar que nuestros niños sean vÃctimas de las mismas debemos de mejorar la calidad de la familia, comenzando por la nuestra.
Formemos familias cuyo fundamento sea un amor auténtico, donde cada miembro sienta que es aceptado, respetado, valorado por sà mismo, simplemente por ser él o ella, por ser persona.
Que cada uno sepa que le agrada a los demás. Que nadie se sienta solo emocionalmente, aunque pueda disfrutar sus momentos de soledad, formemos familias donde sea agradable estar, donde los miembros disfruten de su mutua compañÃa. Donde nadie tenga miedo de expresar sus ideas y sus sentimientos. Donde todos se interesen por los proyectos y logros de los otros y se apoyen en situaciones de crisis o fracasos. Donde cada uno vaya formando criterios sólidos y aprenda a tomar decisiones sanas.
Formemos familias que sean prioridad para cada uno de sus miembros pero no para encerrarse en ellas, sino para aprender a actuar en el mundo siendo responsables y solidarios. Y después, mejoremos la calidad de nuestras familias formando una gran red protectora en la sociedad.
Es necesario diversificar y unir esfuerzos. Por ejemplo, tomar cursos para padres y fomentar que funcionen escuelas para padres en los centros escolares de nuestros hijos y en nuestra comunidad, incluso formarnos para ser instructores de ellas; promover cursos que ayuden a los adolescentes a conocer y evitar el peligro de las drogas, a manejar adecuadamente sus emociones y su sexualidad, a lograr un adecuado desarrollo de su criterio y su creatividad; unir fuerzas para protestar cuando algún medio de comunicación lesione los valores de la familia; promover y participar en actividades recreativas y deportivas que favorezcan la integración de las familias.
Con frecuencia, los cónyuges o padres de personas adictas al alcohol o las drogas buscan ayuda para su ser querido. Con toda sinceridad creen que el problema lo tiene el adicto, pero si verdaderamente tienen disposición para apoyarlo en su recuperación, pronto se dan cuenta que la adicción de esa persona es solamente la punta del iceberg visible de problemas de fondo graves en la familia.
Por supuesto, no es lo mismo si el adicto es el esposo que el hijo. En el primer caso, muchas carencias del adicto vienen desde su familia de origen, que está en el pasado y no se pueden cambiar. El adicto tiene que aprender a dejar atrás su historia y a hacerse responsable de sà mismo en el presente. Pero en el caso del hijo, la familia de origen es y está, en el presente. Y esta familia, hoy, sà tiene posibilidades de cambiar. La familia puede preguntarse por qué este hijo creyó necesitar de las drogas. ¿Para llenar qué carencias? ¿Para huir de qué? Esto claro, sin quitarle la responsabilidad al adicto, quien tiene que responder sus propias preguntas y hacerse cargo de su recuperación, con las ayudas necesarias.
Parte fundamental en la recuperación es que cada miembro de la familia se vea con sinceridad a sà mismo y que cambie lo que tenga que cambiar. El camino no es perseguir al adicto, sino ver cómo estoy yo. No basta con que el adicto deje su adicción, sino que es necesario que cada uno y la familia en su conjunto aprendan a vivir y a relacionarse sanamente.
La codependencia consiste en engancharse en la enfermedad del otro para no enfrentar los propios problemas. Mientras el otro este mal, yo soy la vÃctima inocente, el bueno de la pelÃcula, la madre abnegada. Los demás me admiran y compadecen, y yo puedo esconder asà mis demonios internos, por ejemplo, mis miedos, la pobreza de mi autoestima, mi incapacidad para tomar decisiones o mi intolerancia hacia los demás. Por eso, con frecuencia, aunque conscientemente los miembros de la familia desean y buscan la recuperación de su ser querido enfermo, inconscientemente sabotean su recuperación. Por ejemplo, sacándolo de los problemas en los que se mete, no permitiendo que asuma las consecuencias de sus actos. O cayendo una y otra vez en sus chantajes emocionales.
Hay caminos probados para la recuperación, tanto de los adictos como de sus familiares. Uno de ellos, tal vez el que ha cambiado la vida de más personas adictas y de sus familiares, es el programa de los doce pasos, propuestos por los grupos de Alcohólicos Anónimos, Narcóticos Anónimos y Al-Anón. La condición es seguir fielmente el programa, que es, finalmente, un sabio programa de vida que pasa por la autoderrota, al despertar espiritual, el autoanálisis, la reparación de los males causados, la autoaceptación y el servicio.
























