El nombre de Donald Trump no aparecerá como candidato el próximo 3 de noviembre, pero su gobierno estará presente en cada urna. Las elecciones de medio término en Estados Unidos pueden convertirse en una factura política: cuando el bolsillo aprieta, al ciudadano le importa menos quién domina la conversación que quién responde por lo que cuesta vivir.

Al 30 de octubre, la ventaja demócrata se mantiene. El modelo de Decision Desk HQ, actualizado el día 29, les asigna un 80 % de probabilidad de recuperar la Cámara de Representantes y un 60 % de conquistar el Senado. Son probabilidades, no porcentajes de votos ni victorias aseguradas. El Senado sigue siendo la disputa más incierta.

La diferencia importa. Una ventaja nacional puede traducirse en suficientes distritos para cambiar la Cámara y quedarse corta en las contiendas estatales que deciden el Senado. Hablar desde ahora de una victoria arrolladora sería confundir una tendencia con un desenlace.

La vulnerabilidad republicana tiene una raíz concreta: la evaluación económica. La encuesta de Reuters/Ipsos concluida el 26 de octubre situó la aprobación de Trump en 32 %, un punto por encima de la medición anterior. Esa variación no basta para hablar de recuperación. El 73 % de los votantes consultados considera que su costo de vida va en la dirección equivocada. Detrás de esas cifras aparece una pregunta: ¿estoy viviendo mejor?

Trump construyó parte de su autoridad política sobre la promesa de resolver problemas que atribuía a la incapacidad de otros. Esa promesa eleva las expectativas. Quien proyecta control sobre todo termina recibiendo también la responsabilidad por lo que sale mal.

Sin embargo, el descontento no convierte automáticamente a un republicano en demócrata. Aquí aparece una distinción que suele perderse entre encuestas y titulares: cambiar la evaluación de un presidente no exige abandonar la identidad partidaria.

Un votante puede sentirse decepcionado y seguir rechazando a la oposición. Puede votar por un candidato republicano local al que respeta. También puede quedarse en casa. Por eso, una derrota oficialista podría producirse tanto por transferencia de votos como por pérdida de participación entre quienes hicieron posible su triunfo anterior.

La participación merece especial atención. En esa misma encuesta, el 46 % de los demócratas se declaró muy entusiasmado con las elecciones, frente al 30 % de los republicanos. La diferencia sugiere una ventaja de movilización opositora, pero tampoco garantiza votos. Entre sentirse motivado y acudir a las urnas todavía intervienen decisiones personales y organización electoral.

Para los demócratas existe otra advertencia: recibir un voto de castigo contra Trump no equivale a conquistar una confianza duradera. Si recuperan el Congreso, deberán demostrar capacidad de respuesta. Fiscalizar puede satisfacer a los militantes; mejorar la vida cotidiana determina cuánto dura el respaldo de los demás.

Mi proyección mantiene a los demócratas como favoritos para la Cámara y con posibilidades reales, aunque menos firmes, en el Senado. Iowa, Ohio, Maine, Alaska y Texas figuran entre las contiendas senatoriales competidas en el modelo consultado. Una victoria opositora ampliaría los contrapesos; Trump conservaría facultades ejecutivas y poder de veto. La Presidencia no se decide en estos comicios.

El 3 de noviembre permitirá medir algo más que la fortaleza de dos partidos. Pondrá a prueba cuánto resiste la lealtad cuando las expectativas chocan con la experiencia diaria. Trump puede conservar los aplausos de sus seguidores más fieles y perder los votos que necesita. El bolsillo también vota, aunque no asista a los mítines.