Hace unos días saludé, en la plaza de toros México, al doctor Alfonso Muñoz de Cote quien, acaso sin saberlo, habría de cambiar el destino del país por una indiscreción en la época en la que sólo debía hablar el presidente y eran solemnes sus palabras. Quien se movía –solía sentenciar Fidel Velásquez, el eterno líder obrero quien, al fin, fue vencido por la muerte antes de su centenario-, no podía salir “en la foto”, esto es era para él inalcanzable cualquier posición si le dominaban las ansias precipitándose hacia el abismo. Una y otra vez, figuras con personalidad propia y capacidad de aglutinamiento sucumbieron ante la regla de oro inapelable. Uno de ellos fue, desde luego, Muñoz de Cote.
Trasladémonos a la mitad del periodo de José López Portillo –1976-82-, cuando el mandatario insistía en que los mexicanos deberíamos aprender “a vivir en la abundancia” gracias a las reservas petroleras descubiertas y encubiertas por su antecesor, echeverría –minúsculas-, con el propósito de extender dominio sobre quien habría de relevarlo por amistad pura y santísima en obsequio a una vieja deuda juvenil trazada en la ruta de los Andes. Pese a ello, el ex secretario de Hacienda, López Portillo, optó por mandar a su entrometido y fraternal colega de correrías… hasta Canberra, el sitio geográfico más alejado de México, y al término de su gestión debió confrontar la revancha del rencoroso luis –minúsculas-.
Tal era el clima, con notoria frivolidad, imperante entonces. Y, por ello, no tuvo otro remedio que separar a Ricardo García Saínz de la Secretaría de Programación y Presupuesto por su lento accionar y sus pobres resultados al frente de una dependencia que, al paso de los años, sería embrión de dos jefes de Estado. Pero no, desde luego, para un agotado García Saínz cuya remoción no causó sorpresa alguna como tampoco la llegada de Miguel de la Madrid para ocupar la cartera vacante. Y en este punto comienza el hilo conductor de la historia.
El principal auxiliar de García Saínz era, nada menos, Emilio Gamboa Patrón quien, diligente, fue el único preocupado en entregar las oficinas y expedientes al nuevo secretario; los demás, volaron. Por si fuera poco, una tragedia movía a la misericordia: su esposa Angélica acababa de perder a su primer hijo y el joven matrimonio estaba desconsolado. Por ello, quien se desempeñaba como brazo derecho del señor De la Madrid, precisamente Muñoz de Cote, presionó a su jefe para que dejara a Emilio discurrir “un tiempo” entre el nuevo equipo a fin de no alterarle su presupuesto ni sus perspectivas. Además, en el fondo, Muñoz quería mantener su cátedra en la Universidad Nacional –en donde este columnista lo conoció al frente de una de las materias opcionales, Derecho Aeroespacial-, por encima de cualquier cosa y convino con el secretario De la Madrid llegar a la oficina después de las once de la mañana; mientras, Emilio estaría a cargo de los requerimientos del secretario, en todos los niveles de la lacayunería.
Con todo ello, poco a poco, surgió la que he dado en llamar “cofradía de la mano caída” basada en el reclutamiento de muchachos dispuestos a rendir sus honras en aras de hacer carreras en el apretado espacio institucional suscribiendo, como secreto insondable, las apetencias personales de sus jefes. Poco a poco, el joven Gamboa, además animado por su madre, Doña Josefina, Finita, quien se hizo indispensable en la corte de la “primera dama”, Paloma Cordero, por su extraordinaria afición a contar cuentos subidos de color, impensables en esos cerrados círculos con afanes aristocráticos. Entre dos fuegos, el matrimonio De la Madrid no opuso resistencia hacia sus debilidades y Muñoz de Cote, en vez de entenderlo, se puso la soga al cuello por una indiscreción imperdonable.
Sucede que, dos años antes de la designación del candidato a la Presidencia como si se tratase del derecho divino de los reyes, en un festín nocturno sin límites de ninguna naturaleza, De la Madrid se acercó a su confiable secretario particular, Muñoz de Cote y le hizo la revelación más esperada en esa época por cada uno de los mexicanos: ya tenía el visto bueno de López Portillo para sucederlo en el trono sexenal de la República federal simulada. Y aquello devino en jolgorio, animadísimo, en el que cada uno se sintió posible relevo de su patrón… aunque éste ni siquiera iniciaba su andar hacia Los Pinos. Pero ya era un hecho; él, Don Miguel maestro de algunas generaciones inquietas, sería el ungido. Mucho tiempo después, López Portillo preguntaría a uno de sus amigos:
–Bueno, ¿de verdad Miguel era propenso a la mariconería?
Y el destinatario de la pregunta, sin pensarlo mucho, le respondió:
–Yo no sé si lo sea… pero se los pasa (a los homosexuales) muy de cerca.
López Portillo, ya ex presidente, sin contener la carcajada, se zambulló en la alberca de su mansión de Cuajimalpa. Luego el tema saldría a colación, igualmente, durante las exequias del señalado general Arturo Durazo Moreno, quien fuera jefe de la policía metropolitana acusado de alta corrupción y extraditado a cuenta del erario con gastos superiores al millón de dólares, su más cercano colaborador insistió en que el “general” había sido víctima de una conjura de la “cofradía homosexual” que se había apoderado del país. Tengo la documentación sobre ello y por eso lo expreso sin ningún género de duda.
El caso fue que mientras Muñoz de Cote llegaba a las once y media, Gamboa discurría la manera de quedarse con el puesto y encontró en aquel festín irreverente el elemento sustantivo para delatar a quien le había brindado la oportunidad de quedarse:
–¿Sabe usted, señor secretario? –interrogó a De la Madrid-. Alfonso se extralimitó anoche y contó a todo el mundo que usted será el próximo presidente y él, seguramente, quien le siga. Me parece que es mi obligación decírselo.
Cuando, al filo del mediodía, se apersonó Muñoz a su oficina de Programación, la suerte ya estaba echada: se iría, por un año –se dijo pero fue para siempre-, fuera de la dependencia, a Madrid concretamente, en viaje de estudios. Pero ya nunca más volvió al círculo dorado y Gamboa, en cambio, ganó todas las pleitesías de quien estaba listo a suceder a López Portillo en el cerrado círculo de los colaboradores dorados. Y fue entonces cuando Gamboa patrón comenzó su carrera, misma que ya se extiende a casi treinta y seis años interrumpidos en los altos círculos de la política centralista, en su condición actual de “coordinador de la bancada priísta en el Senado de la República” luego de atesorar un currículo impresionante, sobre todo durante el sexenio salinista –como facturas que se pagan a los amigos claves-, cuando desempeñó la titularidad de la Lotería Nacionalo, Fonatur, Infonavit, el IMSS y, finalmente, la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, clave en la época en la que se dio el primer “boom” del narcotráfico en buena medida por la contaminación de la Policía Federal de Caminos a su cargo. ¿Queda alguna duda de su importancia?
El joven Gamboa se ha hecho viejo sin que se recuerde, en tantas carteras por él ocupadas, alguna aportación de importancia. Al contrario: su acento es deficitario y su circunstancia bastante oscura. Pero, por ganarse la confianza de Miguel de la Madrid, ascendió sin caídas y a base de extender complicidades de todo tipo. Pero cuanto se mencionan los antecedentes enseguida saltan sus panegíricos a pontificar sobre el derecho a la vida privada de los funcionarios públicos. Ya lo he dicho: sólo aquellos actos particulares que tienen repercusión en la opinión pública y en el destino nacional deben ventilarse más allá de los criterios estrechos; y cuanto ha hecho Gamboa rebasa los límites y acorta las esperanzas de un cambio auténtico. Por eso me animé a contar una minúscula parte de su historia.
Debate
Desde su paso por Los Pinos, en la secretaría muy privada de Miguel de la Madrid, Emilio Gamboa se dio a la fecunda tarea de acumular predios y haberes, sobre todo en la costa yucateca y muy concretamente en Telchac Puerto, cerca de Chicxulub –por donde cayó el famoso meteorito-, presionando a los vendedores ahorcándoles en los árboles del poder omnímodo. Ganó millonadas en plusvalía y cumplió así la sentencia de que, en México y acaso en el munco, no se puede aspirar al estrellato político sin una fortuna personal muy bien cimentada.
Pero la ambición desbordada no fue suficiente. Recuerdo una llamada de Lydia Cacho, a quien conocí en Cancún hace más de dos décadas, para preguntarme y confirmar lo que ya sabía de Gamboa antes de entregar su libro, “Los Demonios del Edén” a sus editores:
–Es que este personaje –me dijo- salta por doquier en las declaraciones de las víctimas del pederasta Jean Succar Kuri. Lo mencionan una barbaridad de veces.
Le conté cuanto sabía, entonces, pero ella ya había, de hecho, terminada su propia investigación. Le sugerí tener cuidado porque no hay espacio más riesgoso para los escritores que aquel que transcurre entre la terminación de una obra crítica y su publicación, dependiendo de las interrelaciones entre el poder político y las empresas editoras, ahora también copadas por los intereses millonarios que generan las ediciones de los libros de texto gratuito.
caso es que Gamboa, multicitado en el libro de la bella señora Cacho, ni siquiera ha sido requerido por la justicia bajo la sórdida argumentación de que posee fuero constitucional; una falacia porque parecieran inexistentes los juicios de procedencia destinados, más bien, a cuantos, como Andrés Manuel López Obrador y antes Jorge Díaz Serrano, caen en desgracia dl establishment.
La Anécdota
El primer día. Corría el primero de diciembre de 1982 y Miguel de la Madrid llegó al vestidor de Palacio sólo seguido por su fiel secretario quien, emocionado, sólo pudo piropearlo:
–Señor presidente…¡qué bien le sienta la banda!.
Al escuchar lo anterior el primer mandatario de la nación, sin pensarlo mucho, se despojó de la prenda simbólica y la colocó sobre el pecho de su secretario para significar con ello una profunda unidad de caracteres. Emilio, dicen y contó él mismo, lloró sin poder contenerse. Y la banda se mojó… como cuando calderón –minúsculas-, fuera de tiempo ya,. Optó por besarla como único rasgo de que la había poseído. Sólo para eso.
























