Es tiempo de declaraciones tan patéticas en los últimos dÃas como la de Muammar al Gaddafi de que las revueltas en Libia son a causa de las drogas que Al Qaeda le proporcionó al pueblo a través del café; o la del Cordero de Hacienda al afirmar que con seis mil pesos muchas familias pueden comprar una casa, auto y escuela privada. Estos actos de cinismo o levedad mental me hicieron recordar y querer compartirles otras dos anécdotas de hombres de estado que hasta la fecha cada vez que las recuerdo me provocan mucha risa.
En una ocasión Luis EcheverrÃa hizo una visita de estado al Reino Unido. Entre otros eventos que tuvieron lugar se le organizó a la comitiva mexica una cena de gala, con la reina y toda la cosa. En el devenir de la cena, siguiendo el estricto protocolo inglés, después del retiro de los primeros platos les fue llevado a todos los comensales una bandeja de agua con una toalla.
La verdad, yo tampoco hubiera estado muy seguro de qué hacer con ello, pero definitivamente no hubiera tomado la iniciativa, como don Luis que con valentÃa y naturalidad azteca, y probablemente con un una sed tantálica, tomó el recipiente y se lo zampó de un solo trago y limpió su sonrisilla satisfecha con la toalla que estaba dispuesta para secar los dedos después de que fueran enjuagados en el agua de la bandeja antes de que fuera traÃdo el siguiente plato. Desde luego que sus adláteres no podÃan dejar al señor presidente hacer tremendo ridÃculo (solo), por lo que en una épica solidaridad repitieron el acto de su soberano. Para cualquiera esta escena serÃa suficiente, pero por supuesto que la educación diplomática de Su Majestad y su séquito no podÃan permitirse dejar exhibidos a sus huéspedes, por lo que se vieron forzados a imitar la hazaña de los amigos mexicanos.
La otra historia digna de escuchar es la de Amadeo I, rey de España de 1870 a 1873. A este rey extranjero, al llegar a su nuevo reino en un paseo por Madrid en su carroza saludando a sus nuevos súbditos en el protocolo, uno de sus acompañantes en el recorrido le señala una casa: “Su Majestad, esa que ve ahà es la casa de don Miguel de Cervantesâ€, a lo que Amadeo, muy educadamente respondió: “Aunque no haya venido a verme, iré pronto a saludarloâ€.

























