QUIÉN dijo que los japoneses no lloran? Sà lloran, aunque no se les escuche su lamento. Desde que la Tierra rompió aguas y las escupiera contra el suelo de Japón, todo el mundo está más preocupado por morir debido a radiación de la central nuclear de Fukushima que del propio dolor que sufren los japoneses. Entre los debates humanistas brotados estos dÃas ha quedado patente el carácter del japonés, que no es otro que el de un samurái y de un pueblo que piensa en el beneficio colectivo antes que en el individual. Gente que se reserva la verdad para no ofender y que cuando la vierte es sólo ante sus familiares más allegados. Pero el japonés sà llora. Lo que ocurre es que no le hemos levantado el volumen del sonido para escuchar sus sufrimientos.
Son continuas las imágenes que nos llegan desde la cadena pública japonesa, la NHK. Constantes las secuencias de las columnas de humo que se debaten entre vapor de agua o radiactividad. Humo que calla los gritos de quienes buscan a sus vÃctimas, que se teme sean unas quince mil. El pueblo japonés no es inhumano, pero se potencia su elegancia, discreción y sacrificio ante una de las mayores masacres a las que se enfrenta. Dice Eduardo Punset que los japoneses sienten como cualquier ser humano, lo que nos diferencia es la forma de expresar las emociones. Si acudes a una boda mexicana, la celebración estará llena de vocerÃos, palmas, bailes, risas y algaradas. En un funeral, las plañideras amplifican el dolor fuera del rincón del espÃritu. En Japón se duelen, pero en silencio. Sà lloran. Sà se desgarran. Sà buscan a sus muertos. Se llevan las manos a la cara para tapar el horror que tienen delante de ellos. Escriben en papeles pegados por las paredes de las calles los nombres de los familiares a los que buscan desesperados. Les veo llorar, pero no les escucho, porque el volumen de esas escenas televisadas llega apagado. Pareciera que hubiese un pacto entroncado entre un pueblo con el espÃritu de un samurái.
Hizo falta en EEUU un acuerdo por el cual los medios de comunicación se comprometieron a no emitir los cadáveres de las vÃctimas del 11-S. Y se cumplió. Se respetó que no se publicaran para evitar que miles de trozos de seres humanos quedaran desperdigados por las televisiones del mundo ante quienes observábamos sentados desde el sofá la posible vulgarización de la dignidad de los asesinados. Al menos no están sus nombres en nuestra memoria, porque en nuestro recuerdo queda la colectivización mundial del dolor ante aquel acto terrorista. En Japón, que se sepa, no se ha dado una orden explÃcita de no emitir imágenes de muertos. Pero, como buenos samuráis, ojalá puedan librarse de quienes han callado su voz y brote la libertad vital de expresar sus emociones para ser compartidas.
























