Al igual que a Santiago Nasar, a México lo van matar. Es un hecho por todos conocido. Santiago –personaje principal de “Crónicas de una muerte anunciada”, de Gabriel García Márquez- era el único que no sabía nada sobre su muerte. Todos en su pueblo los sabían, por lo que consideraron innecesario notificarle a la futura víctima de su muerte. Pues todo indicaba que, al ser sabido por todos, Santiago también lo sabría. De haber sido advertido, no hubiera muerto.

México está en la misma situación. Los innumerables problemas que lo acechan son conocidos por absolutamente todos. Pero es tal su evidencia y su necesidad de ser resueltos a la brevedad –so pena de morir, al igual que Santiago-, que pensamos que alguien más los resolverá, o hará algo al respecto. “Era evidente”, nos diremos unos a otros. “Todo mundo lo sabía”, repetiremos sin cesar. Y es que es ese el problema de los hechos obvios, tan conocidos por todos, siendo todos parte del mismo, que nadie toma partido para su resolución, al cabo, alguien más lo hará, pues todo mundo sabe.

Aplicada la circunstancia del libro antes descrito a la situación de nuestra sociedad, la responsabilidad por la inminente muerte de México es de todos. Todos sabemos que lo van a matar. Lo matan los diputados al no aprobar las reformas estructurales necesarias para el país: fiscal, seguridad, laboral, competencia económica. Es urgente que alguien tome acción para evitar la muerte, pero al ser el problema conocido por todos, pensamos, “alguien más lo hará”, al cabo todos lo saben.

Lo matan también las autoridades corruptas, los ciudadanos apáticos, los que no pagan impuestos, los que no respetan la ley, los que destruyen el medio ambiente, etc. Lo matan todos aquellos comportamientos que impiden el país que todos queremos. ¡Sí! QUE TODOS QUEREMOS. Ese gran país desarrollado, en el que se respetan los derechos y permite el desarrollo pleno individual, es deseado también ¡por los mismo que van a matar a México! Esperan –al igual que en la novela de García Márquez- que alguien más tome la decisión. Que alguien más le avise a Santiago, que alguien más impulse las reformas de nuestro país, que alguien más deje de contribuir con la corrupción, al cabo “todos los saben”.

A mi hermana la monja, la única que habló con ella después de la desgracia, le dijo que no recordaba siquiera quién se lo había dicho. “Sólo sé que a las seis de la mañana todo el mundo lo sabía”[1]

La sociedad civil, que todo lo sabe, y lo sabe desde siempre (“sólo sé que a las seis de la mañana todo el mundo lo sabía”), se consuela con la obviedad del problema y la inminente necesidad de resolverlo. Alarmante sería el ser poseedor de información única, puesto única sería la responsabilidad por la inactividad. Pero al saberlo todos, ¿Cómo no habrá de hacer alguien algo? Seguramente alguien le avisará, nos diremos, alguien lo hará.

El remordimiento de nuestra inactividad lo sufriremos después. Tristemente, después de haber acontecido el asesinato. Y eso también, todos lo sabremos.

Todo lo que ocurrió a partir de entonces fue del dominio público. La gente que regresaba del puerto, alertada por los gritos, empezó a tomar posiciones en la plaza para presenciar el crimen.[2]