Largo es el camino recorrido por los investigadores de la conducta humana para desentrañar los misterios de la misma.  Desde épocas mitológicas se han buscado y propuesto diversas teorías  para  explicar los motivos de la violencia entre humanos. 

Tenemos en la mitología griega el descriptivo caso de las Erinias, llamadas también Furias, las tres deidades vengadoras Tisífone (la vengadora del crimen), Megera (la de los celos), y Alecto (siempre encolerizada). Las Erinias son las hijas de Gea y Urano; a veces reciben el nombre de hijas de la Noche. Vivían en el mundo inferior, de donde ascendían a la tierra para perseguir a los malvados. Eran justas pero despiadadas y no atendían a circunstancias atenuantes. Castigaban todos los ultrajes contra la sociedad humana tales como el perjurio, la violación de los ritos de hospitalidad y, sobre todo, los delitos de sangre.

Estas terribles diosas tenían un aspecto horrible, ya que su cabellera estaba formada por serpientes retorcidas y brotaba sangre de sus ojos. Atormentaban a los malhechores, persiguiéndolos de un lugar a otro de la tierra  hasta volverlos locos.

En la Biblia abundan ejemplos sobre la agresividad, desde la ira de Caín, asesino de Abel, hasta los terribles castigos infligidos por Jehová a todo aquel que se atreviera a desobedecerlo.

A finales del siglo XIX, Freud, basándose exclusivamente en su delirante imaginación inventa el psicoanálisis, intentando explicar todo lo relacionado con la conducta. Esta corriente  tuvo su auge en la primera mitad del siglo XX. En la actualidad, después del desarrollo de las neurociencias y con una medicina basada en criterios científicos el psicoanálisis se encuentra en el bote de las pseudociencias. 

El análisis de la agresividad se realiza actualmente desde un punto de vista multidisciplinario, en el que investigadores de la psiquiatría,  neurofisiólogos y neurobiólogos llevan la batuta.  En general, se acepta que toda conducta violenta debe considerarse como un suceso bío-psico-sociocultural siendo el factor biológico el menos conocido y el que mayores interrogantes plantea.

Métodos como la estimulación eléctrica del cerebro han servido para localizar los diversos centros encargados de modular el placer, el dolor o la agresividad.  Se ha comprobado que una corriente aplicada en una zona del sistema límbico puede desencadenar una reacción de furia, de afecto o incluso de hambre. En el campo clínico, los  procedimientos de análisis de imágenes (tomografía de emisión de positrones, resonancia magnético-nuclear funcional, etc.) permiten profundizar en la investigación de la relación entre la estructura y la función del cerebro.

La agresividad es un rasgo biológico del ser humano y constituye una herramienta para la supervivencia de la especie.  Como se ha señalado, las emociones que producen un comportamiento específico se originan en determinadas áreas del cerebro y son el resultado de reacciones electroquímicas. Las emociones están condicionadas por la actividad en el tálamo, en el hipotálamo, en el sistema límbico y en el sistema reticular. Concretamente, las bases neurobiológicas de la agresividad se hallan en la corteza prefrontal y en la amígdala del cerebro, considerada como la estructura dominante en la modulación de la violencia.

  Algunos científicos sostienen que la corteza prefrontal actúa como freno ante los impulsos agresivos y así parecen confirmarlo los experimentos realizados con gatos, que dejaron de atacar a los ratones al recibir un estímulo en esa área.  Resultan también ilustrativas las investigaciones con humanos que relacionan la violencia con lesiones producidas en esa zona. Estas investigaciones concluyeron que personas violentas, psicópatas y gente condenada por asesinato tenían una reducida actividad en la corteza prefrontal. 
  Según se ha demostrado en investigaciones con monos, los niveles de serotonina en el organismo tienen una influencia directa sobre los estados de ánimo. Además de la serotonina, otros neurotransmisores implicados en el gobierno de las emociones son las endorfinas, la acetilcolina, la noradrenalina, la dopamina y el ácido gama-amino-butírico (GABA).  Por su lado, las glándulas endocrinas producen hormonas, que influyen en la conducta, especialmente la testosterona y la vasopresina. 
 Otras sustancias, como el cortisol,  están siendo investigadas; se ha comprobado que niveles bajos de cortisol se relacionan con una conducta agresiva.

 Aún queda mucho por recorrer para entender la relación entre mente, cerebro y conducta. Las neurociencias cobrarán gran protagonismo en los años venideros.