Si existe alguien que deberÃa tener el máximo cuidado al usar las «palabras de la polÃtica» es sin duda el politólogo. La claridad y la limpieza conceptual constituyen el primer y más importante principio de su deontologÃa profesional. La manipulación de las palabras debe dejarse a los polÃticos, la desmitificación a los politólogos.Entre unos y otros, empero, se contraponen los ambiciosos comentaristas de la polÃtica, periodistas de los más disparatados géneros, e inclusive agudos estudiosos de otras disciplinas que poco o nada tienen que ver con la ciencia polÃtica y que cotidianamente reciben la distinción de «politólogos» y no se preocupan de desmentirlo. De hecho, debe decirse que se complacen con arrojo de ello. Si con ésta distribución del apelativo «politólogo» el análisis de la polÃtica en Italia o en el mundo hiciese apreciables avances, no existirÃa ninguna objeción.
Por el contrario, los politólogos de los diarios y la radio, de fácil y pronta opinión, regularmente provienen del trash y terminan en el chisme, despreciando o decretando el fin de la privacidad e imaginando escenarios que con la polÃtica, con su estudio y su comprensión, poco a nada tienen que ver. En sÃntesis, usurpan el tÃtulo de politólogo, pero nada tratan de aprender y nada tienen que enseñar.
Aquà no se trata ni de defender la materia, la ciencia polÃtica, ni de preservar la pureza de una profesión que deberÃa saber hacerlo por sà sola gracias a la capacidad y prestigio de sus cultivadores. Es necesario por tanto, afirmar algunos puntos en relación al análisis de la polÃtica con el objetivo de hacer un servicio útil a aquellos que tienen un genuino interés en comprender un poco más. Es probable que un buen análisis de la polÃtica sirva también a un noble objetivo: difundir, acrecentar y fortificar el raro y escaso sentido cÃvico de los italianos. Con éste objetivo parece oportuno empezar desde las ideas de dos de los más importantes politólogos italianos de la posguerra: Norberto Bobbio y Giovanni Sartori.
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No propiamente «politólogo», e incluso para nada deseoso de ser definido como tal, empero Bobbio decidió, y no por casualidad, de escribir las voces PolÃtica y Ciencia PolÃtica en el famoso Diccionario de PolÃtica. Su acercamiento hacia la ciencia polÃtica fue ambivalente. Reconoció la importancia y la relevancia asà como el envejecimiento del pensamiento polÃtico italiano, pero «sentÃa» que habÃa algo, en particular en la ciencia polÃtica de los Estados Unidos, hoy cuantitativamente dominante, que no lo convencÃa. Más preciso, Bobbio considera que la ciencia polÃtica, que nace y prospera en los regÃmenes democráticos, no era la adecuada para indicar las vÃas de la transformación y las soluciones a conseguir. Quizá, en extrema sÃntesis, la ciencia polÃtica existente permanecerÃa confinada «en un contexto social e ideológico» en el cual prosperarÃa solo «una polÃtica no ideologizada». Dicho por un filósofo de la polÃtica, igualmente crÃtico de su disciplina, cuando los filósofos se aventuraban a delinear el mejor de los mundos posibles, y de las ideologÃas, especialmente del marxismo, su crÃtica parece un cumplido a la ciencia polÃtica. En los hechos, Bobbio pone como tarea de la ciencia polÃtica «el de poner bajo análisis, y eventualmente poner en cuestión, la misma ideologÃa de la polÃtica cientÃfica […] poniendo en relieve sus lÃmites y las condiciones de su actuar e indicando las eventuales lÃneas de su desarrollo». Como sea, aún cuando la ciencia polÃtica fuera interpretada de manera un tanto reductiva como la ciencia de y en (incluso también de las) democracias (y no necesariamente solo de éstas) pacÃficas, se abrÃa la cuestión del porqué los regÃmenes totalitarios y autoritarios y, hoy, naturalmente, también los regÃmenes y movimientos fundamentalistas, no se limitan solo a obstaculizarla, sino también que traten de derrotarla.
El fascismo tuvo una vida relativamente fácil al impedir el desarrollo de la investigación politológica italiana, que de su parte, una vez completada la teorÃa de la clase polÃtica habÃa dado ya señales de desaparición. Por el contrario, el nazismo tuvo que eliminar u obligar al exilio a todos los politólogos existentes en la República de Weimar que, evidentemente y a su modo consideraba un peligro consistente. Obviamente, el marxismo-leninismo, que no es una «ciencia de la polÃtica», ni mucho menos su versión momificada y oficializada que se practicaba en los regÃmenes comunistas de Europa centro-oriental y en la Unión Soviética (y más allá como en China y Cuba) no es compatible con la ciencia polÃtica. Todos éstos son hostiles a la ciencia polÃtica. En un afortunado y breve ensayo, Bobbio se pregunta porqué el marxismo no desarrolló una teorÃa del estado. Escapando de las vagas elaboraciones de los intelectuales comunistas en ese entonces orgánicos a su partido, la respuesta es simple: porque ni siquiera la más amplia de las versiones del marxismo logra observar la ciencia de un fenómeno, en éste caso la polÃtica, que trata de destruir.
Cuando a mitad de los años 50’s con la publicación de un libro fundamental, Democracia y definiciones, Giovanni Sartori inicia su actividad como cientÃfico de la polÃtica, su respuesta fue al corazón de la manipulación del lenguaje y de su uso polÃtico-ideológico.
Responsable de la introducción del término «politólogo» con el objetivo de contraponerlo verticalmente al término de «sociólogo», Sartori trató de conseguir dos objetivos. El primero, diferenciar clara y convincentemente la ciencia polÃtica de todas las otras disciplinas que legÃtimamente se dedican con diversas maneras y métodos a analizar la polÃtica: la historia polÃtica, la filosofÃa polÃtica, la sociologÃa polÃtica y el derecho, en manera particular, el derecho constitucional. El segundo objetivo fue el de fundar y utilizar la ciencia polÃtica como un saber aplicable, un conjunto de conocimientos y de cuasi-teorÃas que no permanecen estancadas y ajenas de la realidad, si no que tratan de explicarla y, en la medida de lo posible y del deseo, a cambiarla.
Naturalmente cualquier comentario polÃtico puede ser plausible, empero, su validez se mide en su capacidad, primero, de explicar los hechos, después, de prevenirlos, y finalmente, sobre la posibilidad de sugerir posibles lÃneas de intervención operativa. Para tener éxito, Sartori sostiene que es indispensable recurrir al método comparado. Solo quien conoce las reglas, los procedimientos, las instituciones de una pluralidad de paÃses, tiene la capacidad de entender las diferencias y similitudes, de valorar las incidencias, de prever las consecuencias y eventualmente proponer la imitación. Bajo determinadas condiciones, la ingenierÃa constitucional comparada ofrece significativas oportunidades de conocimientos polÃticos aplicados. Sartori mismo lo ha convincentemente practicado en su versión crÃtica de las propuestas y las reformas, en particular, las electorales, que los aventurados hombres de la polÃtica italiana han desconsideradamente efectuado a partir de 1994.
La ciencia polÃtica aplicada funciona en base a una simple proposición que delinea la formulación de teorÃas probabilÃsticas. Disponemos de una teorÃa probabilÃstica cuando tenemos la posibilidad de sostener que «cada vez que existen/aparecen las condiciones a, b, y c, es probable que se presenten los fenómenos x, y o z». Las teorÃas probabilÃsticas, que son estructuradas como previsiones, pueden ser fácilmente sometidas a verificación y eventualmente reformuladas.
Aquà es necesario subrayar que los comentaristas y los periodistas llamados «politólogos» no recurren nunca, ni siquiera implÃcitamente, a explicaciones/previsiones formuladas como relaciones entre condiciones y efectos. Regularmente, además, definen su objeto de manera imprecisa y desarrollan sus consideraciones teniendo como único referente el caso italiano (o en otras latitudes, sólo la realidad de su propio paÃs) por ejemplo, descubriendo en un modo extraño e inexistente un «premier» que se basa en la elección directa del primer ministro. Estos «politólogos» permanecen siempre en el recinto doméstico de los casos y fenómenos aparentemente excepcionales que, sin embargo son «provincianos», que en éste ejemplo, es cuanto ha sucedido en la mayor parte del análisis de la transición de la primera fase de la República a la fase actual iniciada en 1994, obviamente sin ninguna construcción teórica.
Responsables del deprimente resultado, no fueron los modelos y tecnicismos de los politólogos profesionistas, comenzando por Giovanni Sartori, regularmente acusados de haber excedido las crÃticas pero nunca haber puesto a prueba las propuestas. Fue memorable la primavera de 1998 cuando D’Alema, presidente de las Cámaras, invitó a «politólogos» con el objetivo que hicieran sus enmiendas al texto de reforma electoral aprobado por la comisión. Los politólogos escribieron y sometieron. Pero D’Alema no les tuvo después en cuenta, y los trabajos de la comisión fracasaron miserablemente. Son los polÃticos, por el contrario, los responsables, de la mixtura de particularidades e ignorancia politológica, de las dos leyes electorales, mattarellum (v.) y porcellum (v.) que han signado la hasta ahora incompleta transición institucional. Cuando la mayorÃa de los politólogos italianos que se dedican al estudio de los sistemas electorales sugerÃan fuertemente la adopción de la segunda vuelta electoral tipo francés, los polÃticos eligieron, primero, un sistema mixto en el que prevalece el plurality, con una bizarra cláusula para la obtención (ricupero) de escaños proporcionales, además de una inédita representación proporcional por listas regionales cerradas con un premio de mayorÃa y cláusula de acceso al parlamento. La consecuencia ha sido hasta ahora una tremenda desilusión y negatividad prevista por los politólogos profesionales.
Casi por todas partes los cientÃficos de la polÃtica, europeos y occidentales, no solo politólogos, analizan y critican el funcionamiento de sus instituciones y de sus partidos. Desde hace tiempo, y no debiera sorprender, analizan y critican la Unión Europea, sugiriendo nuevas formas de operación. Sin embargo, desde hace poco por todas partes se manifiesta una lÃnea divisoria dentro de la ciencia polÃtica.
De un lado están aquellos que consideran no solo muy difÃcil, sino incluso peligroso para la ciencia polÃtica, tratar de buscar que sus conocimientos sean aplicables. Hay que controlar muchas variables y, en definitiva, se considera que la intervención operativa corresponda sólo a los polÃticos que manipulan y se equivocan, o que simplemente deben oponerse. En una forma más precisa, si los cientÃficos polÃticos tienen el saber, es decir, el conocimiento abundante, confiable y verificable, los hombres de la polÃtica tienen el poder. Son ellos quienes deciden que cosas, cómo y cuando aplicar el saber politológico.
Por otro lado se ubican los cientÃficos polÃticos que consideran que su trabajo serÃa trunco si no logra inmiscuirse en al menos sugerir formas de operación polÃtica, presentándolas y ofreciéndolas en forma transparente no sólo a los hombres de la polÃtica, sino también a la opinión pública y a todos aquellos, dirigentes de partido y a los lÃderes de las asociaciones y movimientos que quieran aprovecharlas. Si no funcionara la ciencia polÃtica de ésta forma serÃa una disciplina que vendrÃa a menos en su objetivo, que desde Aristóteles a Maquiavelo, y de Tocqueville a nuestros dÃas, de mejorar la polÃtica y la calidad de los sistemas polÃticos en la medida de la credibilidad de sus análisis comparados y sobre la aplicabilidad de sus propuestas.

























