Harta razón tiene Humberto Moreira Valdez cuando subraya que México vive un escenario de subalimentación, derivado del incremento cotidiano a los precios de combustibles y productos de la canasta básica.

Al fenómeno también contribuye el estancamiento de salarios y, por supuesto, la falta de empleos.
Ello genera más pobreza.

Y así lo advierte el estudio más reciente (que corresponde al mes en curso) elaborado por el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), al revelar que actualmente hay 50.5 millones de pobres en México y 19.4 millones sufren pobreza extrema.

Obvio es que la estadística mucho desagrada al señor de Los Pinos, quien ayer respondió al dirigente priísta que “la pobreza se combate con hechos y no con palabras” –durante la gira de trabajo que éste realizó en uno de los municipios más pobres de Chiapas (Santiago El Pinar)–, pues otros tuvieron mucho tiempo para aminorar el problema y no lo hicieron.

De cualquier modo Felipe Calderón Hinojosa, al abordar el tema que Humberto Moreira Valdez alude para incomodarlo y exhibir la ineficiencia de su administración en materia político-social, ha caído en la trampa del priísta y eso, lector amigo, le resta credibilidad a él y a su partido (Acción Nacional) de cara a la sucesión adelantada, que abiertamente se juega ya con la tolerancia y/o animación del propio jefe del Ejecutivo Federal, como bien puede confirmarse en los anales periodísticos.

Asignatura incómoda

Los temas de la pobreza y la subalimentación del pueblo mexicano son dos asuntos que el Gobierno Federal no ha querido abordar a fondo –quizá porque sus funcionarios están más distraídos tratando de ocultar la intromisión yanqui en los asuntos internos de México que en rediseñar estrategias anticrisis que en verdad impacten a favor del conglomerado nacional–, pero de que le tienen qué entrar, ¡claro que están obligados!, a menos que admitan no saber cómo enfrentar la crítica de Moreira en su interés de acrecentar la clientela priista con miras al 2012.

De tal forma que como blindaje a las controversias mediáticas y en el pancracio político-electoral, es válido el recurso, pero no cuando ha sido el mismo Presidente Constitucional de México quien una y otra vez anuncie con bombo y platillo que habrá seguridad alimentaria mediante seis acciones para mantener los precios de la canasta básica, y al mismo tiempo diga que no tolerará abusos de especuladores ni acaparadores.

En teoría se escucha bonito el mensaje del señor de Los Pinos, pero en la práctica éste asoma desconocimiento total de lo que ocurre en el campo –que es el sector más desprotegido de nuestro país–, ya que él dice y sostiene que estarán libres de impuestos granos como el maíz y el sorgo, así como los fertilizantes, sus colaboradores que atienden las diversas áreas de la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (Sagarpa) –encabezadas por Francisco Mayorga Castañeda–, malinterpretando los programas del Plan Nacional de Desarrollo, alientan una espiral inflacionaria que más temprano que tarde tendrían desastrosa repercusión entre la población mexicana.
Palabra incumplida
Se lo comento porque hace días el propio Mayorga Castañeda y sus panegiristas, también con bombo y platillo, anunciaron un incremento a los precios del maíz y el sorgo, que en estricto apego a la realidad es una medida que atenta contra la economía familiar.
Ejemplo de ello es que mientras un productor de cualquiera de los dos granos aumenta el precio de éstos, el consumidor directo, como son los ganaderos o los industriales de la masa y la tortilla, de inmediato incrementan el precio de sus productos; el coyote igual aumenta su precio; los expendedores de alimentos para el ganado (que como materia prima utilizan los granos) y los tortilleros, a su vez, elevan precios y el consumidor, que no tiene la mínima intención de cargar con el aumento, encarece también las tarifas de sus servicios, ocasionando la espiral inflacionaria en comento.
Por otra parte, es difícil evitar el acaparamiento y la especulación de los granos, como temerariamente lo sugiere Calderón Hinojosa, pues no se requieren estudios de escritorio ni planeaciones a control remoto para saber y entender que esta práctica se da en todos los rincones de la geografía nacional, provocando desánimo entre los productores y por supuesto un mayor encarecimiento del producto.
Basta conocer un poquito del campo para entenderlo, convivir con los agricultores y ganaderos, sembrar, cosechar y tratar de vender el producto, para entender el complejo problema al que nos enfrentamos cotidianamente y que el señor Calderón Hinojosa trata de borrar con un simple decreto, tal vez porque nunca ha sentido lo que es el hambre y jamás, en su vida, se ha rozado siquiera con los hombres y las mujeres que hacen producir nuestra tierra.
Promesas vanas
Las promesas que Felipe Calderón Hinojosa hizo al pueblo de México durante su búsqueda del voto que lo convirtiera en sucesor de Vicente Fox Quesada, fueron eso: simples promesas.
Tan así lo advirtió (en tiempo y forma) la mayoría del electorado que se reservó el derecho de acudir a las urnas –ahí está el escrutinio que no admite lugar a dudas–, pero finalmente Luis Carlos Ugalde –el ahijado de Felipe que en ese entonces controlaba el Instituto Federal Electoral (IFE)–, decretó el triunfo (harto cuestionable, por cierto) de quien apadrinó su boda.
Hago esta referencia porque de la sarta de mentiras ofertadas por el hoy señor de Los Pinos, sobresalen al menos seis:
1) Que una vez instalado como jefe del Ejecutivo Federal, en México no habría más problemas económicos;
2) Que la pobreza sería erradicada;
3) La crisis vencida
4) Que el país recobraría la capacidad de un auténtico desarrollo nacional;
5) Que la seguridad pública sería una realidad; y
6) Que se generarían miles de fuentes de empleo para enfrentar la globalización financiera.
 Pero es obvio que ninguna de estas promesas se ha cumplido, aun cuando ya transcurrieron más de cuatro años de su administración.
 En principio porque la política económica (de Calderón Hinojosa) empuja a México a la peor crisis de su historia; y luego porque ésta genera tal pobreza que ahora hay más de 70 millones de mexicanos afectados y la pérdida del poder adquisitivo la padece el grueso de la población.
 Caro han pagado quienes votaron por el Partido Acción Nacional (PAN) en julio del 2006 –y lamentablemente también los que sufragamos por otros membretes–, ya que el sueño de Felipe de tener un país de primer mundo sólo existe en su mente.
 Con hechos que de ningún modo generan progreso, la Nación ha servido de laboratorio al señor de Los Pinos para experimentar en materia política, económica y social, pues lo mismo agudiza conflictos hacia el interior de su gabinete que el enriquecimiento de un reducido grupo de inversionistas.
 Así, Felipe Calderón Hinojosa (igualito que Fox Quesada) rebasa en mucho la ineficiencia registrada en los regímenes de Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría Álvarez, José López Portillo, Miguel de la Madrid Hurtado, Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo Ponce de León, cuando menos, que como él instrumentaron una versión moderna del pasado: la del porfiriato.
 Vicios ancestrales
 En el actual contexto, donde se agita la República Mexicana merced al enorme ruido que hacen los grupos de interés y la ineficiencia del titular del Poder Ejecutivo Federal –quien no logra colocarse a la altura de las circunstancias, y, muy al contrario, exhibe su proclividad hacia la confrontación con todo aquel factor de poder que no comulgue con su ideología y visión de gobierno–, es cuando se afianza la necesidad de que la política sea dignificada.
 No es posible que se continúe promoviendo un clima de confrontación desde la Presidencia de la República en virtud a que estamos llegando a límites peligrosos; y ya en algunos rincones de la patria empieza a enseñar su rostro la ingobernabilidad, cuya presencia perjudica a todo el sistema.
 De ahí que resulte propicio distender el ambiente y dar paso a los buenos oficios de personajes que antepongan el interés del país por encima de camarillas y grupúsculos, que con su actitud dañan al tejido social de manera torpe e irresponsable.
 Por ello hacen falta auténticos líderes o promotores de la paz y la reconciliación nacional.
Entiéndase bien: políticos de nuevo tipo que liguen la palabra con la acción y den resultados; a la par que generen un clima de confianza y sana convivencia en un marco de pluralidad.
 Sólo así podría avanzarse en la consolidación de la democracia y lograr que tentaciones anarquistas y autoritarias sean desactivadas en bien de los millones de mexicanos que aún creemos en la posibilidad de un país más justo y equitativo, donde se acabe con los grandes rezagos sociales que, por desgracia, aún persisten.

 Em@il:
[email protected] [email protected]

Juan Sánchez-Mendoza

Ha ejercido el periodismo por más de tres décadas; es autor del libro “68. Tiempo de hablar” (que refiere pormenores del memorable movimiento estudiantil); Premio Estatal de periodismo en dos ocasiones; escritor de los ensayos “Yo, chavo banda”, “50 años de sucesión presidencial” y “El avance de la ultraderecha en México”; reportero de investigación en medios impresos de comunicación masiva, desarrollando trabajos en toda la República Mexicana, Irlanda, Francia, Inglaterra, España, Estados Unidos, El Salvador, Guatemala, Cuba, Nicaragua, Jamaica y otros países, y desde 1997 radica en Tamaulipas, donde publica la columna “Golpe a golpe”, cuyo título rescata la vieja práctica de que cada letra significa, precisamente, un golpe… y no un impacto físico. Subalimentación de los mexicanos, una realidad.(Hoy Tamaulipas)