Un artículo publicado en el periódico español El País revela que hace ya 35 años, en un aislado reino del Himalaya llamado Bután, un carismático rey decidió que era más importante la felicidad interior bruta que el producto interno bruto.

En efecto, esta población de 700,000 habitantes, tiene como régimen de gobierno una monarquía constitucional y como líderes, personas bastantes peculiares. Así, Jigme Singye Wangchuck, educado en el Reino Unido, casado con cuatro hermanas y padre de 10 hijos, inició en 1974 la dinastía en aquel país.

Pero no lo inició como cualquier otro gobierno monárquico. En él no se podrán observar lujos y cosas ostentosas, sino que por el contrario, desde el comienzo de su mandato el Rey acuñó un término que hoy es objeto del debate al que se han apuntado los premios Nobel Joseph E. Stiglitz o Amartya Sen y líderes occidentales como Nicolas Sarkozy o Gordon Brown.
“La felicidad interior bruta es mucho más importante que el producto interior bruto”, dijo el Rey en su discurso de coronación.

De esta forma, la idea butanés es que el modo de medir el progreso no debe limitarse al flujo de dinero, sino que el verdadero desarrollo de una sociedad tendrá lugar cuando los avances en lo material y en lo espiritual se complementan y se refuerzan uno a otro. Como lo afirma el depuesto Rey Singye Wangchuck, cada paso de una sociedad debe valorarse en función no sólo de su rendimiento económico, sino de si conduce o no a la felicidad.

En específico, este concepto de la felicidad interior se sostiene sobre cuatro pilares, que deben inspirar cada política del Gobierno: a. Un desarrollo socioeconómico sostenible y equitativo; b. La preservación y promoción de la cultura; c. La conservación del medio ambiente y; d. El buen gobierno. En el mismo sentido, el gobierno del que he venido hablando organiza periódicamente una encuesta a una buena parte de su población cuyo resultado sea el índice para medir la felicidad.

Derivado de lo anterior, se realizan 180 preguntas agrupadas en nueve dimensiones: 1. Bienestar psicológico; 2. Uso del tiempo; 3. Vitalidad de la comunidad; 4. Cultura; 5. Salud; 6. Educación; 7. Diversidad medioambiental; 8. Nivel de vida; 9. Gobierno. Así, algunos de los ejemplos de las preguntas son las siguientes. “Definiría su vida como: a) Muy estresante, b) Algo estresante, c) Nada estresante, d) No lo sé”. “¿Ha perdido mucho sueño por sus preocupaciones?”. “¿Ha percibido cambios en el último año en el diseño arquitectónico de las casas de Bután?”. “¿En su opinión, qué tan independientes son nuestros tribunales?”. “¿En el último mes, con qué frecuencia socializó con sus vecinos?”. “¿Cuenta usted cuentos tradicionales a sus hijos?”.

Incluso, la Constitución de aquel reino contiene la siguiente disposición normativa: “El Estado se esforzará en promover las condiciones que permitan la consecución de la felicidad interior bruta”.

Visto lo anterior, y no obstante que Bután sea una de las economías más pequeñas del mundo basadas en la agricultura principalmente, en donde la tasa de alfabetización es de 59.5% y la esperanza de vida de 62.2 años, el resultado de la política pública de la felicidad fue que Bután es considerado desde 2007 como la segunda economía que más rápido creció en todo el mundo. En esencia, un país feliz y próspero.

En México, no hay política pública que vea a la felicidad como una vía de crecimiento económico, aunque sería interesante que alguna administración planteara esta idea que por un momento pudiera llegara a sonar descabellada. ¿Qué dirían el PAN, el PRI o el PRD respecto de una reforma que incluya la felicidad interior bruta? ¿Qué tan electorera pudiera llegar a ser?
Fuera de lograr impulsar una reforma de esta calidad, es mejor preguntarnos en nuestro país qué tan felices podemos ser en una sociedad tan dividida en cuanto a las clases sociales, tan dividida por ideas y corrientes políticas irreconciliables, por una matanza generalizada gracias a políticas que lo último que procuran es la felicidad de sus habitantes, por políticas educativas poco funcionales y desadaptadas a la época en la que vivimos.

Cuando nos preguntemos –alumnos de la Libre, del ITAM, de la UP, del CIDE, de la UNAM, abogados, ingenieros, gobernantes, politiqueros, filósofos, doctores, y un sinfín de etcéteras- si nuestras preocupaciones nos quitan el sueño, y si aquellas preocupaciones tienen que ver con las ideas para cambiar México, sólo hasta ese día se justificará la finalidad de la frase acuñada por Germán Dehesa: ¿Qué tal durmió?