Desde hace un par de meses que regresé a la ciudad de México, acostumbro trabajar un par de horas por las mañanas en un café situado en la esquina de Georgia y Pensilvania, en la colonia Nápoles, desde cuya terraza se alcanza a ver el parque de enfrente.

Su clientela matutina se compone de jubilados, amas de casa y deportistas irredentos. Por la noche, el local se vuelve bullicioso y familiar: se llena de parejas, grupos de jóvenes y familias con niños que corren entre las mesas. La imagen misma de la medianía trivial que solemos identificar con un mundo en paz.

Sin embargo, esta imagen cotidiana se vio súbitamente interrumpida el viernes pasado. A eso de las diez de las noche, el café de Georgia fue escenario de un tiroteo. Los reportes de la prensa abundan en imprecisiones (uno de ellos describe el café como un «restaurante de antojitos»), pero, hasta donde se puede sacar algo en claro, un tipo armado con una Uzi acribilló a un hombre de origen venezolano, sentado en una de las mesas que da a la calle. La policía encontró una docena de casquillos de 9 mm regados por el suelo. Por extraño que parezca, el hombre en cuestión sobrevivió: sólo recibió un rasguño bajo la axila, pues logró parapetarse detrás de una de las mesas. Las esquirlas hirieron a cuatro mujeres que estaban cerca de él.

 Mi reacción inmediata, tras enterarme de lo sucedido a la mañana siguiente por la llamada consternada de un amigo que conoce mis hábitos parroquiales, fue la sorpresa de descubrirme súbita e inopinadamente en la vecindad del peligro. Tras la constatación más bien ingenua de que estas cosas realmente suceden, mi siguiente reacción fue atribuir los hechos a los azarosos designios de la fortuna. Un simple y aislado ajuste de cuentas, me dije, algo que pudo haber sucedido en cualquier lugar del mundo. Un rápido vistazo a los periódicos en busca de información arrojó un par de tiroteos de peores consecuencias en lugares tan disímiles como un centro comercial holandés y una escuela brasileña. La violencia puede estallar en cualquier sitio y no obedece a ley alguna, pensé para tranquilizarme.

 Sin embargo, pronto caí en la cuenta de que, al menos en lo que respecta a México, el error radica en suponer tal cosa como una cotidianidad apacible, una calma chicha sólo perturbada por agentes siempre externos y aislados. Esta suposición, que nos permite conjurar el terror y llevar vidas más o menos funcionales, tiene por consecuencia convertir la violencia en un imponderable: algo que, históricamente, ha sido necesario achacar al demonio, al mal, a la psicología criminal o, recientemente, al crimen organizado. La noción misma de «ajuste de cuentas», tan presente en el discurso Estatal y en la prensa, permite constreñir la irrupción de la violencia a un asunto privado entre individuos. Al  desdeñar a los criminales abatidos en pugnas entre cárteles de su caprichoso conteo de las bajas, el propio Calderón juega a menudo con la idea de que estos crímenes privados cumplen la función de una suerte de justicia trágica, que restaura el orden simbólico de la Polis: los criminales asesinados de formas horripilantes pagan el costo de haberse extralimitado de una legalidad que se asume en todo punto justa, pacífica y benigna. 

El problema, empero, radica en el hecho de que, en México, no existe tal cosa como una normalidad legal y pacífica. La cotidianidad más trivial, el nicho más humilde de la economía, el trato más intrascendente con el Estado, la interacción más elemental entre ciudadanos, están ya atravesadas de una sorda violencia. Una de las cosas que más me han impresionado tras mi regreso a México después de muchos años en el extranjero, es la presencia cada vez más cínica de la corrupción en todas las esferas de la vida. Cada quien tendrá sus historias que contar pero, en mi experiencia, hasta la más superficial participación en las ceremonias sociales de la clase media lo exponen a uno a un interminable anecdotario que ilustra cómo la medra en este país está invariablemente entintada de corrupción e ilegalidad.

 Es un dislate pensar que en México la violencia se compone exclusivamente de la suma de los actos delictivos, por más cruentos que estos sean. En su libro sobre la violencia, el filósofo esloveno Slavoj Zizek muestra como el discurso liberal-estatal sólo es capaz de comprender una «violencia subjetiva», encarnada en actores y sujetos concretos, pero es del todo incapaz de comprender la «violencia objetiva», estructural y constitutiva, que constituye su verdadero sustrato. En nuestro país, por ejemplo, la llamada «normalidad democrática» es en sí misma una forma domeñada de violencia: la violencia de la desigualdad social, la marginación y el racismo, a las que se añaden los canales de cooptación clientelar heredados del Estado priísta y dejados intactos por el panismo, así como la mecánica generalizada de la corrupción. La normalidad mexicana supone ya una sistemática violentación de todo orden legal y pacífico. La violencia criminal es uno más de los cauces preestablecidos desde las entrañas de un sistema podrido.
 Diversos analistas han señalado la presencia de mafias y grupos corruptos en prácticamente todas las esferas de la economía y la vida púbica. En un horizonte así, que involucra lo mismo a los ciudadanos de a pie que al gobierno, es natural que los «ajustes de cuentas» surjan cada tanto y la sorda violencia objetiva se subjetivice en el crimen. Como ha demostrado sistemáticamente Edgardo Buscaglia, pese a sus fachada legaloide, el gobierno de Felipe Calderón no ha hecho el más mínimo esfuerzo por interrumpir el ciclo virtuoso de la corrupción, de la que él mismo ha obtenido cuantiosos réditos. Como dice el experto argentino en seguridad, un sólo tribunal independiente, valido de las elementales armas de la investigación patrimonial, habría bastado para desarticular el sistema de linfático de corrupción que constituye el caldo de cultivo del crimen organizado.
 Sin embargo, Felipe Calderón decidió construir una gobernabilidad firmemente asentada la ilegalidad potencialmente violenta, como demuestra su cercanía con muchos de los sectores más rancios del Antiguo Régimen. Su gobierno recurrió desde el principio al expediente de la guerra para decretar un velado estado de excepción, que conlleva el encumbramiento de una violencia ilegal y paralegal como forma de Estado. La estela de sangre que permanecerá como su legado no admite dudas al respecto.
 Mientras concluyo estas líneas frente al café de Georgia, que permanece acordonado y exhibe el macabro espectáculo de un instante de fuego detenido, numerosas patrullas vigilan la zona. La presencia del Estado y su autoridad, en nuestro país, se ha vuelto retrospectiva y evanescente: una presencia estéril sin más fines que recordarnos que sigue ahí, impotente, atendiendo solícitamente a sus propias exequias.
hc / 11 de marzo de 2011
Adenda:
Hoy lunes, a primeras horas de la mañana, asesinaron a un hombre de 35 años de dos tiros en la cabeza a escasas dos calles del café de Georgia y una calle atrás de mi casa. Nuevamente, me enteré por la llamada consternada, en este caso, de mi padre. Estoy casi seguro de que a esas horas yo corría en el parque cercano. Hasta este momento no se ha dicho si ambos incidentes está vinculados, pero es de esperarse que así sea.