ESCRITORIO DEL EDITOR

En los últimos 30 años se puso de moda la filosofía de dejar en libertad absoluta a los dueños del gran capital. Se dijo que no había que cobrarles impuestos para que invirtieran; se dijo que había que gravar el consumo y a los trabajadores para mejorar la productividad y competitividad empresarial; se dijo que había que eliminar todo tipo de regulaciones y controles para que nada obstaculizara la creación de riqueza; se dijo que había que facilitar los despidos y reducir los costos laborales para aumentar el empleo. Y se llegó a poner precio a todo, hasta la vida misma: cualquier cosa se compra y se vende. Es decir, se erigió al mercado en la virtud suprema de la sociedad. Se entronizó al becerro de oro, se diría en la tradición bíblica.

En el sexenio pasado, Vicente Fox regaló al gran capital la renta petrolera en devolución de impuestos, suma estimada en 600 mil millones de pesos por la Auditoría Superior de la Federación. Desde los años 80 se eliminaron la mayoría de las regulaciones, muchas innecesarias; los sueldos se comprimieron y los impuestos se cargaron a los asalariados; se inventó la figura del outsourcing para abaratar más la mano de obra. ¿Cuál fue el resultado? La gran desigualdad: México se convirtió en fábrica de pobres y el paraíso fue un infierno; se puso precio a todo y se subvirtió la escala de valores, de manera que sólo importa hacer dinero, cueste lo que cueste. Así, el lado formal de la economía engendró a los súperricos y, la informalidad, al Chapo Guzmán et al. Y como el único valor es el becerro de oro, la vida no vale nada; ergo, sobrevino la matazón.

Los teóricos que pregonan la libertad absoluta de los ricos, de los mercados libres, están disolviendo a la sociedad, como sostiene Paul B. Farell, exejecutivo de Morgan Stanley y columnista del diario del capitalismo salvaje, The Wall Street Journal, quien previene del riesgo de guerra civil en Estados Unidos, a causa de la desigualdad. Ya Montesquieu advertía del leitmotiv de la democracia en Del espíritu de las leyes: “…lo que llamo virtud en la república es el amor a la patria, es decir el amor a la igualdad… es la virtud política. Y ésta es el resorte que hace mover a la república. Así pues, he llamado virtud política al amor a la patria y a la igualdad”. ¿Qué significa esto? Nada más y nada menos, que las democracias sólo son posibles ahí donde la igualdad es la virtud suprema. La gran desigualdad en el mundo de hoy nos lleva a la ruina. ¿Habrá tiempo para corregir? En México se va en reversa: la elite quiere sus “reformas estructurales”.