Sin duda estas fechas -Semana Santa y Semana de Pascua- encierran un significado que resulta trascendental para todos los cristianos y un enigma para los no creyentes. Por esto, en esta ocasión les compartiré la visión religiosa de alguien que sobrevivió la terrible experiencia de haber sobrevivido a cuatro campos de concentración -incluido Auschwitz-, donde murieron sus padres y otros familiares, durante la segunda Guerra Mundial.

Víctor Frankl nació en Viena el año de 1905, después de incursionar en organizaciones juveniles socialistas alcanzó el doctorado en Medicina y en Filosofía, fue discípulo de Freud y Adler, especialista en neurología y psiquiatría fue el fundador de la Logoterapia, que algunos autores denominan “la tercera escuela vienesa de psicoterapia” (las dos primeras son el psicoanálisis y la psicología individual), su obra es extensa y reconocida en todas las latitudes.

La concepción  antropológica de la realidad humana es el sustento que sirve al vienés para abordar el tema de la religión. Para Frankl el ser humano individual es una totalidad corpóreo-anímico-espiritual, cuyo rasgo esencial es la responsabilidad. Lo que define al hombre es el ejercicio de la libertad. El hombre es un ser que decide y responde permanentemente en una situación particular concreta, personal intransferible e incomunicable, que implica la acción en el aquí y ahora.

El método o camino que propone este autor para conocer lo humano es el análisis existencial como reconocimiento de una autonomía espiritual. Este análisis no es planteado como un análisis de la existencia, sino sobre la existencia en cuanto “sentido de responsabilidad”. A la vida, o dicho de otro modo, a nuestra existencia hay que responderle. Nos aclara que no es el hombre el que interroga a la vida, sino es la vida la que cuestiona indefectiblemente al hombre. Este, si responde verdaderamente como hombre al hacerlo domeñará  sus impulsos; es entonces que se muestra realmente libre.

Concede a Freud el gran mérito del reconocimiento del inconsciente, sin embargo para Frankl no se trata solamente de impulsos, sino también de algo espiritual.  La persona se realiza en la libertad y toda libertad tiene un “de qué” y un “para qué”. De qué se es libre: de los impulsos; para qué: para ser libre. Libertad de ser impulsado, para ser libre. Al prescindir del impulso se es consciente, se tiene conciencia.  

Así, sopesa Frankl la conciencia de responsabilidad como el primer elemento que nos permite acercarnos a la descripción de la religiosidad humana. Considera a la conciencia esencialmente intuitiva y secundariamente racional; habla de la conciencia como un instinto ético en contraposición al instinto animal.

Desde esta perspectiva “ser libre” no tiene sentido sin un para qué y tampoco cobra sentido sin un ante qué. Para explicar la condición humana de ser responsable no hay más remedio que remitirnos a la trascendentalidad de “tener conciencia”. El hombre irreligioso no es sino aquél que ignora la trascendencia de la conciencia. No se cuestiona ni por el ante qué de su responsabilidad, ni por el de dónde de su conciencia. Prefiere ponerse una “venda en los ojos” con tal de no renunciar a dejar de “estar parado” sobre algo firme que su razón comprenda.

De esta manera el análisis existencial descubre dentro de la espiritualidad inconsciente algo así –dice Frankl- como una religiosidad  inconsciente. Esto quiere decir  que siempre hay en nosotros una tendencia inconsciente hacia Dios. Por ello habla de “la presencia  ignorada de Dios”  (título de uno de sus 32 libros).

Este médico y filósofo nos propone que el ser humano es un ser de por sí ya orientado a un sentido, aunque apenas conozca este último y esta especie de “preconocimiento” o premonición constituye la base de lo que llamamos “voluntad de sentido”; lo quiera o no, lo reconozca o no, el hombre cree en un sentido desde que comienza a respirar. En la vida no se trata de dar sentido, sino de encontrar sentido. La vida, así entendida, no es ningún test de Rorschach, sino un cuadro enigmático. Entonces se comprende que el hombre que no es  capaz de encontrar un sentido a su vida, como tampoco de inventarlo, busque la manera de refugiarse de su creciente sentimiento de falta de sentido ya en el absurdo, ya en un sentido subjetivo.

Finalmente es digno de resaltar el lugar en que ubica nuestro autor al amor en su reflexión sobre la religiosidad humana. Nos dice que así como la conciencia descubre “lo uno necesario”, el amor a su vez descubre “lo único posible”. El paso realizado por la fe hacia la dimensión ultrahumana se fundamenta  en el amor. Considera al amor como en verdad lo primero y único que está en condiciones de contemplar a una persona en su singularidad, de verla como el individuo absoluto. Le reconoce una fundamental función cognoscitiva y hace alusión al uso que hace el hebreo de la misma palabra para designar el amar y el conocer.