“No mas sangre”, reza una popular sentencia de reciente manufactura  propalada por obtusos malquerientes del Presidente Calderón y del Gobierno Federal; malquerientes representados por amanuenses del “Periódico Objetivo”, un monero de apolillados lauros, algunos “intelectuales” de medio pelo  y una revista semanal señalada como receptora del dinero del narco.  “No mas sangre”: Estribillo destinado a cultivar el miedo, que ubica  a todo aquel que acríticamente la hace suya, como persona de  escasa o nula información.

 Nada es más cómodo que dejar que otros piensen por nosotros.  Verdaderamente grato hacer a un lado la tarea de reconocer errores y transferir la culpa a otro. Todo eso es muy bonito… pero no resuelve nada.

  El origen la violencia debemos rastrearlos en el México de la “dictadura perfecta”, en el México carente de democracia del priísmo, cuando, por la codicia y miopía de muchos funcionarios se dio el florecimiento y proliferación del narcotrafico.

  Todo el país sufre las consecuencias de la corrupción priísta, pero algunos estados mas que otros, veamos el caso de Tamaulipas, verdadero “estado fallido”.   Desde los tiempos del legendario contrabandista Juan N. Guerra, solapado por los gobernadores Enrique Cárdenas González y Emilio Martínez Manatou, se permitió el crecimiento del crimen organizado que, al paso de los años, encumbró a uno de los narcos mexicanos más emblemáticos: Juan García Ábrego, cabeza del cártel del Golfo, sobrino de Guerra, y hoy preso en una cárcel de EU.

 Con el reacomodo de los cárteles, Osiel Cárdenas se erigió en el número uno del cártel del Golfo, al amparo de los gobernadores Manuel Cavazos Lerma, Tomás Yarrington  y el inútil  Eugenio Hernández, ahijado político de Elba Esther Gordillo.

  En sus años de poderío, siempre cobijado por los gobiernos en turno, Osiel ordenó la creación de un grupo de protección personal. Así surgieron Los Zetas, encabezados por Arturo Guzmán, El Z-1, muerto en 2002. Desde entonces, El Lazca asumió el mando. Los Zetas, caracterizados por su violencia extrema, dominan Tamaulipas, vastas zonas de Veracruz, sobre todo durante el gobierno de otro priísta: Fidel Herrera. 

“Cuando el PRI gobernaba, El Chapo estaba en prisión, y ahora que el PAN gobierna, está en las calles”, acusa el líder priísta Humberto Moreira.  Pésima memoria la de Moreira,  El Chapo creció al amparo de los años dorados del PRI, al igual que infinidad de barones de la droga, como Caro Quintero, García Ábrego, Osiel Cárdenas, Juan José Esparragoza El Azul, los Arellano Félix, a quien el presidente priísta Carlos Salinas tuvo en la Nunciatura Apostólica y dejó escapar, y muchos más.

  Tanto el gobernador de Tamaulipas como todos los presidentes municipales de los poblados en conflicto son priístas.  Las autoridades en Tamaulipas están rebasadas.   Están esperando a que la Federación, es decir las Fuerzas Armadas, intervengan para recuperar este territorio. Pero ¿por qué el Senado no propone la desaparición de los poderes en Tamaulipas?.  Muy sencillo: porque a los priístas no les conviene la imagen de pérdida de un estado que supuestamente gobiernan. Menos ahora que estamos en vísperas de la elección presidencial.

  Es obligado recordar que durante décadas, los dirigentes priístas mexicanos, en su infinita insensatez, quisieron creer que México era tan solo un “lugar de tránsito” entre los productores sudamericanos y los consumidores norteamericanos. Con una absoluta falta de sentido común y previsión  no calcularon que los criminales terminarían por controlar a políticos, jueces, gobernadores, policías, medios de comunicación y estructuras financieras usando su enorme poder económico.

 Cierto que el presidente Calderón al atacar a los carteles, desencadenó su violenta respuesta. Pero igual de cierto es que, de no haberlo hecho, el secuestro del Estado mexicano por parte de los criminales hubiese sido completo. Los críticos del Presidente quieren ignorar la necesidad de eliminar la infiltración criminal del Estado.  ¿Que preferirían? ¿ Un “narcoestado”?.

 Lamentablemente, muchos mexicanos, seducidos por las falsas promesas de un regreso a la calma “si se negocia con los carteles”, han decidido abdicar en su necesidad de razonar.  El combare al narcotrafico atañe a todos, no solo al gobierno federal.

  Termino con un comentario de  Luis González de Alba en reciente articulo: “Vemos a la inteligencia mexicana sumida en una crisis patológica de imbecilidad. Y todo avivado por el soplador de todos los fuegos, Manuel Andrés López Obrador. Una pregunta de absoluta mala fe: ¿De qué vive ese desempleado, cómo paga a su hijo tenis de 14 mil pesos y, lo principal: cómo a podido recorrer el país y tener, dice, 2 millones 200 mil representantes?”