En el comedor de la empresa donde ambos trabajábamos, discutí con el exalcalde de un municipio asturiano sobre el poder que tenían los regidores de cualquier ayuntamiento. Como es costumbre en la política, él negaba este poder, diciendo que era un mandado de las exigencias del pueblo que lo había votado y de los dictámenes de los gobiernos regional y estatal. De ahí derivaba todo, al parecer, para que pudiera enviar a sus policías municipales a que me llevaran esposado; que la grúa me secuestrara el coche y me obligaran a pagar una multa por el rescate. O que me embargaran, si no pagaba impuestos; y, en caso más extremo todavía, el lógico o caprichoso trazado de una nueva avenida podía expropiarme la vivienda. El que fuera alcalde sólo se reconocía como un eslabón más de la cadena en el entramado político de una democracia. O sea, el eterno latiguillo de todos los que ejercen el poder, excepto de aquel que se nombró a sí mismo, y decía ser caudillo de España por la gracia de Dios. Ahí queda eso.

Eduardo Punset me dio la pauta en su último libro, ‘Excusas para no pensar’, sobre quién soy yo y quién es el alcalde. En su deriva antropológica, en la pluma de Punset nos encontramos con el chimpancé más fuerte y más astuto del grupo -esto es, el alcalde o cualesquiera que mande- y el último mono de la tribu, o sea, yo. Como él es el más fuerte, y yo soy el último mono, si le apetece puede empezar a darme patadas, metafóricamente hablando. Ahora bien, yo, como ciudadano, tengo la Constitución y las leyes que me amparan, desde mi escalón de último mono. Para ello, si me considero pateado por el poder, debo acudir a un abogado para que me ilustre y me defienda, al que he de pagar con mi dinero, porque puedo ser el último mono sin ser lo bastante pobre como para tener justicia gratis. La justicia gratuita, digámoslo así, está en manos del homínido del poder, que pleitea contra el último mono, o sea, yo, con su escuadrón de letrados que tiene a sueldo, remunerados con los impuestos que pago. En este caso, desde su divina afasia, que ellos llaman silencio administrativo, pueden recurrir sentencias hasta que al último mono se le acabe el dinero o se le agote la paciencia.

Así como Jean Cocteau saludaba a los niños franceses -fiándose de las estadísticas- con un, ¡hola, muertitos de la próxima guerra!, un amigo gijonés de hace medio siglo se dirigía a los chavales, augurándoles que cuando vinieran los chinos iban a tener que regar Castilla a pan y agua. Como se ve, se está cumpliendo la profecía, y el último mono ya sabe de quién va a depender en un futuro inmediato. En cuanto a esta tierra, en la que el augur se expresaba, los chinos podrán dar sus patadas a través de cajas de ahorro y bancos; y también en la que en otro tiempo fue nuestra emblemática hidroeléctrica, puesto que compraron deuda portuguesa. Menos mal que nos queda nuestra también emblemática siderurgia, en manos de los indios. El que no se consuela es porque no quiere. Y ya se sabe que los chinos son muy suyos, y los conflictos graves, con el último mono, los resuelven dando un tiro en la nuca. Y pasan luego a la familia la factura para que pague la bala.