Cuando escuchamos la palabra “valentía” nos vienen a la cabeza una serie de imágenes clichés, propias de las películas de Hollywood, que generalmente tienen que ver con un caballero en armadura, un soldado en la guerra, con Brad Pitt en “Troya” o Silvester Stalone en “Rambo”.

No obstante, el valor es una virtud que va mucho más allá que esto. Tiene cabida en nuestro vivir diario, en nuestro trabajo, en nuestra escuela y, sobre todo, en nuestra familia. La virtud del valor no es algo que sólo se ponga en práctica en momentos de guerra o de peligro externo: en el ambiente hogareño hay un sinfín de oportunidades para ser valiente, aún cuando no sean situaciones que generalmente consideraríamos como dignas de un héroe de epopeya.

Tener valor no significa ser un vegetal que nunca siente temor; consiste en afrontar las situaciones con firmeza, a pesar de la turbación y de la duda. Es comprender que existen cosas más importantes que el miedo, que la vergüenza y que el ridículo. La valentía es adueñarse de los sentimientos más oscuros de nuestra alma, aceptar que están ahí y controlarlos para poder hacer lo que se espera de nosotros.

La mayor parte de los conflictos que requieren de valor no tienen que ver con amenazas externas, sino con lo que pasa dentro de nosotros. ¿Qué mejor lugar para ponerlo en práctica que el hogar, con las personas que nos son incondicionales?

¿Cuándo se es valiente? Existen varias situaciones en familia que no se podrían solucionar correctamente si no se practica esta virtud. Algunas de ellas se mencionan a continuación.

Una oportunidad para ser valiente es reconocer un error: el valor significa aceptar que se ha cometido una equivocación. Si un miembro de la familia olvidó cerrar la puerta, si tomó algo que no era suyo, si perdió o rompió algo importante para alguno de sus padres o hermanos, será valiente si acepta su falta y se hace responsable de sus actos.

Probablemente habrá represalias, enojos, incluso hasta castigos; sin embargo, siempre es mejor decir la verdad. Las mentiras son como un pesado laberinto: una vez que entras, es difícil salir.

Una persona también es valiente en su hogar cuando no espera a que todos a su alrededor manifiesten sus posturas y opiniones para expresar la suya. Defiende cortésmente sus convicciones y respeta las del resto de su familia.

No es convenenciero: no toma partido por el más fuerte a la hora de las discusiones de la casa y defiende a aquel que ha sido víctima de una injusticia. Supera sus propios rencores para llegar al mejor consenso para todos.

Otra manifestación de la valentía en la familia es la humildad. Un padre valiente deja que sus hijos le den lecciones de vida, porque ser humilde es el reto por excelencia en una sociedad en la que todos desean sobresalir. Una familia con humildad no teme confesar que le falta mucho por aprender: no le da miedo hacerlo y se esfuerza por animar a sus miembros a perfeccionarse.

El valor en familia también se muestra en momentos de crisis, de dolor. La valentía se traduce en la fortaleza para permanecer juntos, aún en las circunstancias más adversas de la vida.

En tiempos difíciles se vale enojarse, gritar, sentir que la convivencia entre padres e hijos ya no es posible, llorar y buscar desesperadamente la soledad. Sin embargo, los miembros valientes siempre lucharán por la unión de su hogar, porque saben que sólo así podrán hacer frente a la tristeza, a los conflictos, al dolor y a la muerte.

La virtud del valor se caracteriza por estar enfocada hacia un ideal. Los verdaderos héroes son capaces de entregar el alma y su propia vida con tal de defender una buena causa. En este sentido, una familia es valiente cuando ésta es fiel a sus principios, cree en ellos y enseña a sus hijos a defenderlos.

Es valiente también cuando instaura en su casa el amor por los ideales, y busca tener un impacto en la sociedad. Vota, se hace escuchar, es partícipe de la toma de decisiones en el país, y se encuentra informada de lo que sucede en su entorno.

Otro caso de valentía en la familia es el sacrificio por el otro, así como la capacidad de entregarse sin reservas a los seres queridos. Si un miembro está gravemente enfermo, necesita del sacrificio de sus familiares: necesita de cuidados, de cariño, de protección y, sobre todo, de tiempo.

No es fácil enfrentar el sufrimiento de un padre, de una madre, de un hermano o hijo. Se necesita de gran fortaleza para ver por un familiar que ya no puede valerse por sí mismo, ya sea por estragos de la edad o por enfermedad.

Atreverse y superarse son otros dos ejemplos de valor en familia. No se trata sólo de intentar cosas nuevas sin sentido, se trata de instaurar en casa una cultura de superación. Una familia valiente aprovecha las oportunidades que le vida le pone en frente, se arriesga, se actualiza, se prepara e intenta cosas cada vez más difíciles. Se pone retos cada vez más altos.

La familia valiente denuncia. Sus miembros alzan la voz ante las injusticias y la corrupción: no importa si los otros vecinos se roban la señal de televisión o la luz, si dan mordidas o si se estacionan en donde no deben.

El valor también significa mantenerse firme, sin dejarse llevar por lo que los demás hagan o por las modas. La familia valiente es honesta y se enfrenta y denuncia a quienes no lo son.

Finalmente, unos hijos y padres valientes están conscientes de sus sentimientos y se expresan su amor. No se dejan apabullar por la vergüenza o por el miedo al ridículo, confiesan sus emociones y despojan sus corazones de máscaras y escudos. Se dejan ver tal y como son.

Al final de cuentas ser valiente significa vencer el miedo, entregar todo lo que somos, y tener esperanza de que con ello dejaremos huella en este mundo.